Cuadernos de Mallorca de George Sand

La escritora romántica desafió las normas de su época fumando, vistiendo como un hombre, cambiando su nombre y sintiéndose libre para vivir, amar, escribir y viajar por tierras de Francia, Italia y España.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay

"No he conocido placer más ardiente en este mundo que el de atravesar mares y montañas, lagos y valles. Pero ¡ay! mis viajes más hermosos y dulces los he hecho en una esquina de mi chimenea, con los pies dentro de la ceniza caliente y los codos sobre los brazos raídos del sillón de mi abuela". George Sand -o Amandine Aurore Lucile Dupin, 1804-1876- se refiere al castillo de Nohant, donde se crió. Su padre, un oficial de la Armada Imperial, murió cuando era pequeña, y su madre, una sombrerera de clase media, vivía en París por desavenencias de alcurnia con la suegra, así que a la niña la educó una abuela adepta a Rousseau. De ahí las ideas revolucionarias de esta autora que empezó a vestir ropas de hombre porque eran más cómodas y baratas que seguir la moda femenina en Francia. Tenía que ahorrar si quería ganarse la vida separada del marido y con dos hijos; por eso empezó a escribir, después de probar varios oficios, instalada en una buhardilla del Barrio Latino. "No me sentía a gusto en el París moderno (...), pero sí en el París pintoresco y romántico de Víctor Hugo". Liszt, Delacroix, Verne o Flaubert figuraban en su lista de amistades. Por respeto a su intimidad, solo nombraremos dos amantes: con Musset visitó Venecia -"Era la ciudad de mis sueños, y todo cuanto había imaginado acerca de ella resultó pálido al verla"-, y con Chopin, Mallorca -"No había para mí comparación posible con ningún paraje conocido"-. La escritora se inspiraba viajando por su país, por Italia y por España; aunque hay lugares en sus novelas -Prusia, Praga, Suecia- que los recorrió solo con la imaginación, desde aquel raído sillón.

George Sand viajó a Mallorca en busca de un clima suave que mejorase la salud de Chopin, por entonces su amante. Los muy desvergonzados vivían en pecado, en una celda de la cartuja de Valldemossa donde ya no se escuchaban rezos monásticos. Encima, él era tísico y ella republicana; vestía mal, fumaba y sus hijos no iban a misa los domingos por la mañana. De ahí los desencuentros con los devotos habitantes de la isla: "Ya escribiré sobre mi viaje, pero no puedo dar nada a la imprenta mientras viva en este país. Me quemarían viva". El siguiente texto corresponde a un fragmento de su libro Un invierno en Mallorca (Editorial José J. de Olañeta, 2000).

"No se trata tanto de viajar como de partir", George Sand.

Llegamos a Palma el mes de noviembre de 1838, con un calor comparable a nuestro mes de junio. Habíamos dejado París quince días antes con un tiempo extremadamente frío; fue para nosotros un gran placer, tras haber sentido los primeros embates del invierno, dejar atrás al enemigo. A este placer se unió el de recorrer una ciudad de gran carácter y que posee varios monumentos de primer orden en cuanto a belleza y en cuanto a rareza.

Pero pronto empezó a preocuparnos la dificultad para establecernos, y vimos que los españoles que nos habían recomendado Mallorca como el país más hospitalario y más fecundo en recursos se habían hecho muchas ilusiones, igual que nosotros. En tierras tan cercanas a las grandes civilizaciones de Europa, no esperábamos en absoluto que no fuésemos a encontrar un solo albergue. Esta ausencia de posada para viajeros debería habernos hecho ver, por aquel simple hecho, lo que era Mallorca en comparación con el resto del mundo, y decidirnos a regresar de inmediato a Barcelona, donde al menos hay una mala fonda enfáticamente llamada el Hotel de las Cuatro Naciones.

En Palma hay que estar recomendado y haberse anunciado a veinte personas de las más notables, y que haga muchos meses que lo esperan a uno, para confiar en que no se va a dormir al raso. Todo lo que se pudo hacer por nosotros fue conseguir dos habitaciones amuebladas, o mejor dicho, desamuebladas, en una especie de antro en el que los extranjeros pueden considerarse satisfechos de encontrar cada uno un lecho de cuerdas con un colchón tan blando y mullido como una pizarra, una silla de paja y, por lo que a alimentación se refiere, ajos y pimienta a discreción.

En menos de una hora quedamos convencidos de que, si no nos mostrábamos encantados con aquella recepción, nos mirarían con malos ojos, como impertinentes o remilgados, o como mucho nos mirarían compasivamente como a unos locos. ¡Pobre de aquel que no esté contento con todo en España! La más insignificante mueca de disgusto que hicierais al encontrar piojos en las camas y escorpiones en la sopa os ganaría el desprecio más profundo y levantaría la indignación universal contra vosotros. De modo que nos guardamos bien de quejarnos. [...]

Era imposible encontrar en toda la ciudad un solo piso que fuese habitable. Un piso en Palma se compone de cuatro paredes absolutamente desnudas, sin puertas ni ventanas. En la mayoría de las casas burguesas no utilizan cristales; y cuando uno quiere procurarse esta delicia, tan necesaria en invierno, hay que mandar hacer los marcos. Cada inquilino, cuando se muda (y no suelen mudarse mucho), se lleva por tanto las ventanas, las cerraduras e incluso los goznes de las puertas. [...]

-Pero, entonces, ¿no hay nada para alquilar?

-¿Alquilar? ¿Qué es eso? ¿Alquilar unos muebles? ¿Es que sobran, para alquilarlos?

-Pues, si no, ¿no hay para vender?

-¿Vender? Haría falta que hubiese muebles acabados. ¿Es que uno tiene tiempo de sobras de hacer muebles con anticipación? Si usted quiere muebles, hágalos traer de Francia, ya que tiene allí tantas cosas.

-Pero para mandar traer cualquier cosa de Francia hay que esperar seis meses como mínimo, y pagar los derechos. Entonces, cuando uno comete la estupidez de venir aquí, ¿la única manera de repararla es irse?

-Es lo que le aconsejo, o bien tenga paciencia, mucha paciencia; mucha calma, es la sabiduría mallorquina.

Íbamos a aprovechar este consejo cuando nos hicieron, seguramente con buena intención, el mal favor de encontrarnos una casa de campo para alquilar. Era la quinta de un burgués rico que, por un precio muy moderado para nosotros, pero muy alto para el país (unos cien francos al mes), nos cedió toda su vivienda. [...] Los primeros días que pasamos en este refugio los dedicamos al paseo y al suave vagabundeo, a lo que convidaba un clima delicioso y una naturaleza encantadora y completamente nueva para nosotros.

Yo no he estado nunca muy lejos de mi país, pese a que haya pasado una gran parte de mi vida por los caminos. Era, pues, la primera vez que veía una vegetación y unos aspectos de terreno esencialmente diferentes de los que ofrecen nuestras latitudes templadas. Cuando viví en Italia desembarqué en las playas de la Toscana, y la idea grandiosa que me había formado de aquellos parajes me impidió saborear su belleza pastoral y su gracia placentera. A orillas del Arno, me creía a orillas del Indre, y fui hasta Venecia sin sorprenderme ni emocionarme por nada. Pero en Mallorca no había para mí comparación posible con ningún paraje conocido. Los hombres, las casas, las plantas, y hasta los más pequeños guijarros del camino, tenían un carácter aparte. Mis hijos estaban tan entusiasmados que hacían colección de todo, y pretendían llenarnos los baúles con aquellos hermosos adoquines de cuarzo y de mármoles veteados de todos los colores que bordean todos los cercados con taludes de piedras secas. Así, los campesinos, viéndonos recoger hasta las ramas secas, nos tomaban por boticarios los unos, y los otros nos miraban como a verdaderos idiotas.