Cruceros y glamour, por Mariano López

Gracias al éxito de la barra libre en un barco averiado nacieron los primeros cruceros divertidos.

Mariano López

Durante los últimos diez años, la industria de los cruceros ha crecido más que ningún otro sector del turismo. Nadie duda de la buena salud del sector, tampoco en España donde, en diez años, la demanda ha crecido un 275 por ciento. Solo hay una nube, un posible problema: ¿han perdido glamour? El auge de los cruceros de vacaciones guarda relación con la memoria de la elegancia que acompañó al Titanic, pero ante los temores que despierta la pérdida de su heredado glamour, la industria debería reconocer que la clave de su fortuna nació gracias a tres días de barra libre. En 1971, la empresa naviera Carnival, en la actualidad la más importante del sector, poseía dos barcos y se encontraba en la quiebra. El negocio era una completa ruina. La mayoría de los pasajeros sobrepasaba los 65 años de edad. Los pasajes eran caros, los periplos largos y la navegación aburrida. Todo cambió cuando uno de los dos barcos de Carnival, el Mardi Gras, embarrancó, por desgracia, en un banco de arena poco tiempo después de haber zarpado de Miami. No había manera de recuperar de inmediato la movilidad del barco. Los expertos calcularon días de reparación. La solución aportada por el capitán para calmar las cada vez más enfurecidas reclamaciones de los pasajeros fue decretar barra libre, gratuita, mientras durara la avería. Los periódicos de Miami destacaron la experiencia, con titulares como Mardi Grass on the Rocks. Finalizado el crucero, la compañía preguntó a los pasajeros, como era su costumbre, qué les había parecido la navegación. Carnival esperaba hasta demandas judiciales, pero, contra su pronóstico, la práctica totalidad del pasaje dijo que había sido el mejor crucero de su vida. Ted Arison, propietario de Carnival, se apoyó en la experiencia para transformar completamente la industria de los cruceros de ocio. Ajustó el tiempo de navegación a un máximo de siete días, abarató los precios, multiplicó las actividades a bordo y promocionó los atractivos de los primeros fun ships, los cruceros divertidos. La iniciativa fue un completo éxito. En 1970, el número de estadounidenses que viajaba en crucero no superaba los 500.000; diez años después se acercaba a los tres millones. Carnival salió de la ruina, encargó el primer navío fun ship a los astilleros, se benefició del éxito de la serie de TV Love Boat -en España, Vacaciones en el mar- y es, ahora, la principal naviera del mundo, con 23 buques con su marca y la mayoría de acciones de Seabourn, Holland, Swan, Costa Cruceros, Ocean Village, PO y Cunard Line. El hijo de Ted, Micky Arison, el actual responsable de la compañía, fue quien decidió invertir millones de euros en la reforma del Queen Mary 2, de Cunard, para que fuera capaz de emular al Titanic.

Además de crecer en barcos y rutas, la industria, ahora, se diversifica. Hay cruceros inspirados en películas de los años 40, los cincuenta y los sesenta; barcos dedicados al vino, a las bodegas californianas o a la gastronomía polinesia; buques para solteros, mujeres solas o divorciados; semanas para naturistas, que viajan desnudos; periplos dedicados a la música clásica, con filarmónica a bordo, y un reciente crucero para amantes de la música heavy que ha contratado a la veterana banda española Obús.

No es de extrañar que una mujer de 86 años, Lee Wachtstetter, haya elegido vivir en un crucero mientras pueda permitirse pagar los 164.000 dólares al año que le cuesta su pasaje. Lo sorprendente es que no viajemos más en los cruceros. Incluso el día en que no paren, ya, en ningún puerto y hayan perdido por completo su glamour.