Cristina Fernández (74 años) vivió medio siglo en el faro más peligroso de la Costa da Morte: "No vivo solo en el faro, también vivo para él"
En Camariñas ya nadie recuerda el faro sin ella dentro. Cristina Fernández Pasantes pasó 48 años en el Vilán, se jubiló en 2022 y aun así sigue hablando de aquel torreón octogonal como quien habla de un cuerpo que conoce mejor que el propio.

El Faro de Camariñas destaca por su espectacular belleza en la Costa da Morte gallega. / Istock
La niebla llega al Vilán antes que las palabras. Se cuela por el túnel de piedra que une la torre con el antiguo edificio de servicio, más de 150 escalones que Cristina Fernández Pasantes recorrió durante casi medio siglo, primero a diario y luego, con los años, ya casi de memoria. Cuando el temporal apretaba, la sirena antiniebla sonaba en código morse la letra V de Vilán, y sus hijos crecieron confundiéndola con una nana. "El Vilán es mi vida. No vivo solo en el faro, también vivo para él", declaró entonces a Vice.

Adriana Fernández
Fernández, natural de Camariñas, entró en el oficio por amor antes que por vocación, aunque acabó siendo lo segundo con creces. Se enamoró a los 13 años del hijo de un farero, Antonio Alonso, con quien se casaría más tarde. Fue él quien le avisó de que la oposición de 1972 iba a abrirse por primera vez a mujeres. Ella la aprobó con 22 años, junto a otras dos compañeras, y se convirtió en la segunda farera de España. Su padre no lo entendió: "¡Estás completamente loca, eres un bicho raro!", le espetó cuando se lo contó. Ella lo cuenta hoy entre risas, como una anécdota más de una trayectoria que nunca fue fácil de explicar en un pueblo pesquero de los años setenta.

Cabo Vilano en Camariñas / Istock / Juan Carlos Cantero
De novia de farero a farera del Vilán
Convencer a su familia costó más que aprobar el examen. El oficio estaba pensado para hombres, y una mujer viviendo dentro de un faro remoto, casada o no, resultaba una rareza que incomodaba a todos menos a ella. Se instaló en el Vilán con Antonio y allí criaron a sus hijos, para quienes el faro no era un destino turístico ni un símbolo, sino la casa donde la sirena marcaba las horas de mal tiempo. Enviudó con los años, y llegó a estar a punto de dejarlo entonces, aunque se quedó.

Vista del pueblo de Camariñas / Istock
En 2022, ya jubilada, recibió la medalla Emilia Pardo Bazán por su contribución a la igualdad, un reconocimiento que ella misma relativizó: siempre insistió en que no fue la única, que otras dos mujeres aprobaron la oposición el mismo año que ella. Antes de dejar el faro se encargó de salvaguardar buena parte de su memoria material, piezas que hoy se conservan en el centro de interpretación instalado en el propio edificio donde vivió. En 2002 fue testigo directo de otro episodio que marcó la costa: el hundimiento del Prestige, cuando el mar frente al Vilán se llenó de chapapote y ella, como el resto de Camariñas, vio cómo el desastre llegaba hasta la puerta de casa.
El faro que nació de un naufragio inglés
Antes del Vilán actual hubo otro faro, el Faro Vello, levantado en 1854. Era pequeño, funcionaba con aceite, apenas alcanzaba 10 millas de luz y, por no estar situado en el punto más alto del cabo, dejaba una zona de sombra que el mar aprovechaba sin piedad. Se intentó corregir volando parte de la roca con dinamita. No sirvió de nada.

Faro de Cabo Vilán / Istock
El punto de inflexión llegó por mar, y de la peor manera posible. En 1890 el HMS Serpent, un torpedero de la Royal Navy, se estrelló contra las rocas del cabo en plena tormenta camino de África. Murieron 173 hombres, enterrados en el que hoy se conoce como Cementerio de los Ingleses, a un paso del faro. Tres años después, el naufragio del Trinacria terminó de convencer a las autoridades de que aquel tramo de costa necesitaba algo más que un faro de cuarto orden. El proyecto de un faro de primer orden ya se había aprobado en 1885; los dos naufragios aceleraron las obras.
El Vilán actual se encendió el 15 de enero de 1896. Fue el primer faro eléctrico de España, con una torre octogonal de piedra de 25 metros que eleva la luz hasta 104 metros sobre el nivel del mar y un alcance de 28 millas náuticas. La luz se producía entonces mediante un arco eléctrico entre dos electrodos de carbón, una tecnología que en su momento resultaba casi experimental. En 1933 el enclave fue declarado Sitio Natural de Interés Nacional, y en 1962 se reformó la óptica y se añadió la sirena antiniebla que tantas noches de temporal acompañó a Cristina.

Cabo Vilano y playa de la Reira en Camariñas en Camariñas. / Istock
Qué queda hoy del Vilán
El antiguo edificio donde vivió la familia Fernández-Alonso alberga hoy el Centro de Interpretación de Naufragios, Faros y Señales Marítimas da Costa da Morte, con piezas reales del propio faro, entre ellas su primera óptica de 1896. La entrada es gratuita. La torre y el túnel, en cambio, no son visitables por motivos de seguridad, así que la experiencia se queda en ese edificio de servicio y en el paisaje que lo rodea.
Se llega en coche, con aparcamiento junto al propio faro, a apenas 5 kilómetros de Camariñas. Cerca queda el Cementerio de los Ingleses, la Ruta de los Naufragios hasta Santa Mariña y la Praia do Trece, además del islote Vilán de Fóra, colonia de aves marinas que se ve desde el mismo cabo. El tramo forma parte de O Camiño dos Faros, la ruta que hoy conecta este rincón con el resto de la Costa da Morte y que la propia Cristina y su familia han apoyado desde sus inicios.

Cementerio de los Ingleses, Camariñas / Istock
Del oficio que ella ejerció casi queda poco. El Vilán fue uno de los últimos faros españoles con alguien viviendo dentro de sus muros, y hoy la señalización marítima se automatiza y se gestiona a distancia. Cristina Fernández Pasantes lo resumió mejor que nadie el día que le preguntaron por su despedida: no hablaba de un trabajo que dejaba atrás, sino de una vida que seguía ahí, en la piedra, aunque ella ya no subiera cada noche por el túnel. "El Vilán es mi vida. No vivo solo en el faro, también vivo para él."
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