Conversaciones en La Habana por Carlos Carnicero

Cuba despierta tantas pasiones encontradas que determinar el punto de equilibrio de una observación objetiva no es una tarea fácil.

Carlos Carnicero
Calor tórrido, esperanzas difusas, turismo de contingencia nostágica para observar la única revolución de Occidente que ha conseguido traspasar los umbrales del siglo XXI.Como siempre hay cola en La Flor de Loto, un reducto mestizo de comida china y cubana en el corazón de La Habana. Casi todos los clientes son cubanos que pueden permitirse abundantes raciones, aire acondicionado fuerte y precios razonables. La Habana camina despacio en la era de las tecnologías. Hay una cierta confianza en que las medidas aprobadas por el congreso del Partido Comunista Cubano liberalicen la economía y permitan el afloramiento de una incipiente clase empresarial. Raúl Castro es un pragmático que entiende que los principios, sin un universo donde puedan resolver los problemas de los ciudadanos, solo sirven para alimentar la pretensión de gloria. Las reformas, que aquí se llaman adecuaciones, necesitan tiempo. No solo porque el Caribe es un espacio tórrido donde la velocidad adquiere el riesgo de promover agotamiento. También porque desarrollar el mercado, establecer las normas de la vida en libertad y que no se disparen las desigualdades es un reto que el desmerengamiento -término acuñado en Cuba- de la Unión Soviética enseñó que conduce a horizontes sin retorno. Se está produciendo una institucionalización que determinará que la ley defina los comportamientos; hasta ahora eso ocurría desde la arbitrariedad de una administración que decidía la permisividad de las conductas. Ahora las instituciones empiezan a ser más importantes que la personas.Quienes reprochan a Raúl Castro sus silencios -no habló durante la fiesta por excelencia de la Revolución, el pasado 26 de julio, como tampoco lo había hecho el año anterior- no entienden que sus modos, sus prioridades y sus gestos son esencialmente distintos a los de su hermano mayor Fidel. Raúl nunca quiso ser número uno. Y Raúl marca las diferencias con gestos que son de una lectura obligada para entender lo que está ocurriendo. Un país como Cuba despierta tantas pasiones encontradas que determinar el punto de equilibrio de una observación objetiva no resulta una tarea fácil. El camarero de La Flor de Loto pregunta por los problemas de la política española disociándose de su propia realidad cubana, y nos pide explicaciones de los fracasos de Zapatero. Todo esto es muy complicado de explicar en La Habana. Aquí la crisis es eterna desde la caída del Muro de Berlín; tener casa es un milagro y pensar en el día de hoy por la tarde la máxima prioridad para conseguir alimentar la despensa. Por eso el camarero de la Flor de Loto tiene problemas de comprensión de lo que ocurre en España. Él, como la mayoría de los españoles, le echa la culpa a Zapatero. "Son cosas de la democracia", le sentenciamos. Existe una verdadera eclosión del turismo en Cuba, tanto por la afluencia de extranjeros como por la apertura del turismo al mercado interno. Muchos cubanos residentes en la ciudad de Miami mandan ahora a sus hijos de vacaciones a Cuba. La administración Obama permite un flujo de patriotismos antes separados por el estrecho de La Florida. Las cosas están cambiando. Por la noche, en el malecón habanero, se reencuentran la Cuba del exterior y la del interior. Ya no queda casi ron "chispa de tren", el licor casero que mataba el estómago en los noventa. Los paladares -restaurantes privados- eclosionan al ritmo de la apertura económica. Fuera, en la calle, hay candela -expresión que utilizan los cubanos para todo lo que quema, sea la política, el fuego de la cocina o el verano- y cruzar el umbral del aire acondicionado entraña la diferencia entre el cielo y el infierno. Las cosas, la mayoría de las veces, resultan más sencillas en La Habana de lo que parecen. Solo hay que saber observar sin prejuicios. La Flor de Loto constituye un buen observatorio, lejos de los hoteles y de los turistas en busca de emociones.