Coches, por Javier Reverte

Muchos de los viejos coches los enviamos a Latinoamérica o África. Por esos lares no hay avería que no puedan reparar.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Creo que fui uno de los primeros jóvenes de mi generación -allá a principios de los años 60 del pasado siglo, con 18 años- que tuvo carnet de conducir y un coche utilitario que compró mi padre. El coche era familiar, de segunda mano, pero el único conductor fui yo hasta que mis siguientes hermanos tuvieron la edad necesaria para obtener el carnet. Así que, aunque ejercía de chófer familiar, también lo utilizaba para mis salidas con amigos y para pasear con mi novia.

Recuerdo un Madrid sin apenas tráfico, un Paseo de la Castellana medio vacío a casi todas horas. Se podía aparcar en muchos lugares, por supuesto que no había contadores de parking y casi nadie, ni siquiera los ricos, tenía garaje. Creo que más de una vez llegué a detenerme en la Gran Vía y dejar un buen rato el automóvil arrimado a la acera. Y, por supuesto, detenía el auto en la puerta misma de la facultad de Filosofía en donde estudiaba. Cuando salía de clase y subía a bordo, mis compañeros me miraban con admiración. Y, sobre todo, me miraban mis compañeras. En las noches de fin de semana tenía cola de amigos para la farra. Eso sí, como ya he dicho, a menudo me tocaba ejercer de conductor para mi padre, o para mi madre. Pero merecía la pena el peaje.

Salir a las carreteras en aquel tiempo era algo desolador. Apenas circulaban coches privados y sí autobuses de línea cochambrosos. Y el lamentable estado de las carreteras, sumado a la poca fiabilidad de los vehículos, ofrecía un panorama de cine neorrealista italiano. Recuerdo que eran muy numerosos los automóviles que encontrabas averiados al lado de la carretera, con el capó abierto y el conductor mirando sin entender nada, con los brazos en jarras y actitud perpleja, ante un motor que expelía una espesa humareda negra. Yo era con frecuencia ese tipo de conductor. Y es curioso que a menudo aparecía algún listo que detenía el coche a mi lado, miraba el motor y me decía: "Eso es la tapa del delco". O bien: "La junta de la culata". Nunca he sabido qué eran la tapa del delco y la junta de la culata. Y nunca soporté bien a los listillos solidarios que, al final, nunca te sacaban del apuro; pero, por supuesto, te colocaban su discurso sapiente, a ser posible delante de su señora, que solía mirarles con cara de aburrida cuando ellos hinchaban el pecho como pavos.

Lo cierto es que, a la postre, te pasabas un buen puñado de días en el taller. Pero, al menos y por fortuna, los coches volvían a andar, sin necesidad del tipo que aconsejaba sobre el delco y la culata.

Ahora los coches no se estropean porque son electrónicos. Y cuando se averían, o es para siempre o tiene que venir la grúa porque nadie los puede arreglar. El asunto tiene sus ventajas, desde luego. Pero he reparado en que, para los países no desarrollados, es un verdadero inconveniente. Muchos de los viejos coches los enviamos a países pobres de África o Latinomérica, en donde ganan siete vidas cuando aquí ya los hemos desahuciado. Abres un capó en el Congo, por ejemplo, y lo verás lleno de esparadrapos y alambres. O encuentras en Haití los radiadores remendados con parches de plástico. Por esos lares no hay avería que no pueda ser reparada.

¿Qué harán ellos cuando ya solo les enviemos viejos vehículos de motor electrónico? Pues cruzarse de brazos, perplejos, ante un coche con el capó abierto que echa humaredas por el motor.