Ciudades y mercaderes por Carlos Carnicero

Carlos Carnicero

También porque las concepciones cristianas y socialistas niegan el merecimiento en la creación o la transformación de la mercadería, pero no es ciert los mercaderes, los comerciantes, los marchantes, son los consignatarios de los sueños de las personas y los esparcen en las vidrieras de las ciudades. Al principio las metrópolis se originaron sobre tres cultos: a los dioses, a los muertos y a los mercados. Si uno quiere conocer el alma profunda de una ciudad hay que visitar sus iglesias, sus mercados y sus cementerios. En estos tres centros de la vida pública se descifran casi todos los enigmas de una urbe consolidada. Siempre están en el casco viejo, escondidos por el maquillaje con que el tiempo disimula los orígenes para dotarles de un aire, muchas veces ficticio, de modernidad. El tiempo estigmatizó los inicios y los ocultó en suburbios centrales, encapsulados en el desarrollo de las ciudades, creyendo, desatinadamente, que éstas, sin su referencia iniciática, podrían sobrevivir. Ahora ha llegado la hora de recuperar las ciudades a partir de sus embriones primigenios, los rincones en los que empezaron a crecer.

Fue Nueva York la pionera en la recuperación de los viejos espacios olvidados. El Bajo Manhattan fue el origen de la urbe y desde allí se esparció, siguiendo el paralelismo de sus avenidas en un movimiento sinuoso en el que las áreas de lujo y la marginalidad se suceden para dejar brillar lo bello y esconder lo sórdido. Al sur se establecieron las comunidades de los que llegaban en oleadas sucesivas que aterrizaron en la tierra de las ensoñaciones que les permitió, además, mantener sus identidades originarias. Los neoyorquinos de origen chino, italiano, griego, irlandés... siguen manteniendo la idiosincrasia de sus barrios; la gran metrópoli pactó estas ínsulas de nostalgia y ellos se acomodaron al crecimiento, sumando la identidad de quien se iba incorporando.

En Greenwich Village y el Soho, a partir de sus viejas edificaciones industriales, se acomodaron diseñadores y artistas para emerger la esencia dormida en espacios de modernidad, antes trasnochados. Los loft neoyorquinos son la eclosión de una condición utilitaria de viejos conceptos que sólo la imaginación y el mercado podían transformar. Ahora forman parte de la vanguardia conceptual del urbanismo de Nueva York.

Pero la moda adquirió vida propia y una materialización acomodada a la concepción de cada ciudad. Los docks londinenses, en la orilla del Támesis, se enlazan con la New Tate Gallery a través del Puente del Milenio, dando sentido al viejo corazón herido de la capital inglesa. En Madrid, el distrito de Chueca, en tiempo desahuciado entre escombros de jeringuillas, ha adquirido una dinámica propia en donde ya no queda un metro cuadrado por rehabilitar. En París, los negocios de Le Marais presumen de no cerrar los domingos porque saben que los transeúntes y los forasteros necesitan el pálpito de los comercios abiertos para sentir que la ciudad está viva. Buenos Aires, que es la gran ciudad europea de América o la gran ciudad americana de Europa, tiene sus refugios especiales en los barrios de Palermo y de San Telmo. En realidad, Palermo es el mayor distrito de Buenos Aires que, sumido en los aires de grandeza en que envuelven sus reliquias los porteños, se ha subdividido en distritos peculiares y diferentes entre sí: Palermo Chico, Palermo Viejo, Palermo Soho y Palermo Hollywood. Y San Telmo, castigado junto al Río de la Plata por su connivencia con la fiebre amarilla, espera remozar sus calles antiguas y destartaladas.

Las ciudades necesitan rescatar sus orígenes desde rincones olvidados. Y son siempre los mercaderes, tantas veces vituperados, los motores sociales y económicos de estas transformaciones. Por eso los domingos, en Occidente, parece que las ciudades están muertas o, por lo menos, dormidas. Todo porque las talanqueras de todos los establecimientos se cierran al sonar a misa las campanas de las iglesias católicas, que recuerdan que la única vez que Jesucristo montó en cólera fue para expulsar, a zurriagazos, a los mercaderes del templo.