Ciudades y bares, por Javier Reverte

Cuando era adolescente aspiraba a que me conocieran en algunos bares y a caminar sin mapa por las ciudades.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Cuando era un adolescente, con la cabeza y el alma cargados de poemas, novelas y películas de las que dejan huella, aspiraba secretamente a dos cosas: una, que me conocieran en algunas tabernas y que, al entrar, me dijera el camarero del bar de turno "¿Lo de siempre, Javier?"; y la segunda, poder caminar por las ciudades más importantes del mundo sin necesidad de guiarme por un mapa. Me puedo considerar un triunfador porque he conseguido de largo ambos objetivos. En buena medida, muchos nos pasamos la vida luchando para contentar al niño caprichoso que llevamos escondido dentro de nosotros: pues ya se sabe que el niño, si no le das lo que pides, lo mismo se pone a patalear y a berrear. De modo que el mío ni berrea ni patalea.

En el año 1971 partí como corresponsal de prensa a vivir en Londres y mi oficina estaba en una estrecha calle adyacente a Fleet Street, que era por entonces la calle periodística de la City, el área en donde se concentraban las oficinas de los grandes periódicos y agencias informativas. Todas las tardes acudía a la oficina a enviar la crónica y, a eso de las ocho, terminado mi trabajo y despachada mi información por teletipo -no existían entonces ni el fax, ni mucho menos Internet y el teléfono salía muy caro-, me bajaba con algún compañero periodista a un pub de la esquina a tomarme una pinta de cerveza de barril, tipo bitter, mi favorita en Inglaterra. No llevaría en Londres dos meses cuando una de esas tardes el camarero se acercó a mi taburete del mostrador y me dijo: "¿Lo de siempre, mister Javier?". Casi me caigo del asiento. Me habían hecho la pregunta que tanto anhelaba y, además de eso, en un pub londinense. Estuve a punto de llamar esa noche a varios amigos para contárselo. Ya era casi como Bogart en Casablanca. "¿Lo de siempre, Rick?". En los años siguientes... París, Roma, Lisboa, Nueva York, Roma, Estambul, Andalucía... y, claro, Madrid. Tantos bares del mundo con "¿Lo de siempre, Javier?". Por otra parte, yo no había salido nunca de España hasta los 25 años. Y mi primer lugar extranjero fue Londres. Desde entonces, mi trasero decidió que le gustaba más cambiar de asiento que ocupar siempre el mismo y no he parado. Y he corrido a pie muchas ciudades del mundo.

Es la mejor manera de conocer las ciudades: caminándolas. Es la única forma de lograr entender el sentido de sus distancias y su manera de concebir el tiempo. Me ufano de no precisar de mapa urbano para pasear a pie en París, en Lisboa, en Nueva York, en Roma y en muchas otras. En Nueva York, como en Madrid, hay que caminar mirando los tejados; en París, admirando el horizonte de las grandes avenidas, y en Roma, contemplando el rostro de la gente. Visitar los museos, las catedrales y los grandes monumentos está bien. Pero no hay mayor placer que un paseo en solitario bajo el aire fresco, con espíritu deambulador, el ojo de quien contempla al tiempo que reflexiona y no tiene prisa por llegar a ninguna parte, porque en el fondo no desea llegar a ninguna parte. Esa es la mejor forma de acabar por conocer el alma de una ciudad. Todo buen flâneur prefiere caminar sin compañía para escuchar las voces y los sonidos desconocidos de la nueva ciudad. Y, si se cansa, siempre puede entrar en un bar amigable en donde le digan: "¿Lo de siempre?".