Ciudades tóxicas por Jesús Torbado

Antes de comprar el billete resulta imprescindible informarse de a dónde pretende ir uno y qué hay o falta en ese lugar.

Jesús Torbado
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Foto: Raquel Aparicio

Ningún viajero auténtico perderá tiempo investigando o mirando siquiera cualquiera de las muchas listas que a finales de año suelen divulgarse en torno a las excelencias e insignificancias de los destinos turísticos. Pues un viajero auténtico va allí donde le pide el cuerpo, donde le empuja la curiosidad, donde le lleva la pasión. Contra viento y marea, si se tercia.

No así el turista raso o de cofradía, que habrá de ponderar con esmero docenas de detalles antes de adelantar el pie y soltar el euro. De hecho, cada país (por no hablar de instituciones menores) ofrece regularmente una lista de sitios a los que por una razón o por otra no conviene acercarse. Hasta ya se informa de lugares que no merecen que se gaste en ellos un dólar. Si el gobierno venezolano, por ejemplo, retiene y maltrata en sus aeropuertos a ciudadanos españoles con cualquier disculpa o sin ella, y los devuelve a casa de mala manera, ¿es justo que acudan allí turistas españoles a dejar su óbolo y su saludo? Si las autoridades cubanas o marroquinas tantas veces reciben con malos modos a los transeúntes españoles, ¿son dignas sus tierras de que se les curse visita?

Países y ciudades numerosos no merecen que se gaste en ellos ni un solo maravedí, ciertamente. Pero hay otros que se convierten en rincones de riesgo real. Y ni siquiera es necesario leer las estadísticas y ojear las páginas de los periódicos -que mucha gente no se toma la molestia de hacer- para saber adónde no hay que ir. Quien en estos momentos se empeñe en viajar a países como Siria o Egipto, sabrá bien lo que hace. Y que no venga luego lamentándose y pidiendo que le ayuden o le rescaten, como ha pasado con tantos. Italia ya ha establecido el ejemplo de cobrar el gasto que suponga ayudar a los descerebrados que se lancen a cruzar los Alpes en el mes de enero con una camiseta playera por todo abrigo, es un decir.

Dos consultoras privadas han establecido recientemente listas de ciudades más o menos tóxicas para el viajero no precavido. Es decir, aquellas a las que resulta más razonable no acercarse a pasear, por muy tentadoras que parezcan. Si en algunas como Madrid o Londres apenas ocurren uno o dos asesinatos por cada cien mil habitantes al año, en otras ese porcentaje se multiplica por mil o por más. He aquí las campeonas en peligrosidad: Detroit, El Cabo, Kinshasa, Bagdad, Karachi, Beirut, Caracas, Ciudad Juárez, Acapulco, Nueva Orleans, Kandahar, Tegucigalpa, Medellín, Kingston, Río de Janeiro... (Se ve que donde el bulto es mayor es en la América ahora llamada Latina).

Otra lista pareja ha establecido las urbes en las que la calidad de vida -conforme a los estándares occidentales- resulta más precaria. Es decir, las que están en el borde contrario a Viena, Zúrich y Auckland, que encabezan el apetitoso listado de la excelencia. Es decir, las más cutres e inhóspitas son Jartum, Puerto Príncipe, Yamena, Bangui y Bagdad, según los notarios de esas cualidades.

Naturalmente que nadie debe sentirse obligado, inclinado siquiera a aceptar o asumir estas calificaciones fruto del consejo de jueces desconocidos y sin contraste alguno. Pero ahí está ese rosario de opiniones en apariencia nada mediatizadas. Por otro lado, cada viajero es bien capaz de añadir o eliminar los nombres que sus experiencias le aconsejen, de aceptar o rechazar. Y si uno analiza las opiniones de otros, sería para quedarse pálidos del susto, especialmente cuando se expresan en medios de comunicación que son más publicitarios que informativos. Lo que en este contexto importa es realmente otro asunto. Antes de poner el pie en el estribo, antes de comprar el billete, resulta imprescindible informarse a dónde pretende ir uno y qué hay o qué falta en ese lugar. Yo he visto en Tombuctú a mujeres intentando caminar en la arena sobre tacones de doce centímetros de altura.