La ciudad con las raíces de Antonio Banderas (65 años) es una joya de la Costa del Sol con alcazaba y teatro romano: "El proyecto de mi vida"
Antes de Hollywood, antes de Almodóvar, antes de los Globos de Oro, hubo un teatro de piedra de hace dos mil años donde un adolescente malagueño entendió que ese mundo era el suyo.

Una ciudad que le vio crecer como persona y como artista. / Istock
Cuando Antonio Banderas sale a saludar al escenario del Teatro del Soho y la sala se le viene encima, está a poco más de un kilómetro del lugar donde aprendió a hacer exactamente eso: recibir el aplauso de los suyos. El actor español más internacional -primer compatriota nominado a los Globos de Oro, a los Tony y a los Emmy, Goya y Premio del Festival de Cannes al Mejor Actor por Dolor y gloria- podría vivir en cualquier parte y, de hecho, ha vivido en muchas. Pero el hilo de toda esa carrera, si se tira de él hasta el final, no termina en una alfombra roja: termina en las gradas de un teatro romano excavado en la falda de una colina, en pleno casco antiguo de Málaga, donde con dieciocho años recién cumplidos se vestía de centurión para representar a Eurípides y a Esquilo durante las noches de verano.

Una ciudad preciosa que enamoró a Antonio Banderas. / Istock / Arpad Benedek
Él nunca ha disimulado de dónde viene ni ha fingido haberse marchado del todo. "No he dejado nunca de sentir que sigo viviendo en España aunque de hecho viva en el extranjero", ha dicho, y ha añadido que ha estado siempre muy vinculado a su país incluso desde Estados Unidos. Esa frase, que en otro actor sonaría a coletilla de entrevista, en Banderas tiene una traducción física y costosa: ha plantado un teatro en su ciudad, ha puesto su nombre y su dinero a trabajar en ella, y ha hecho de Málaga -capital de la Costa del Sol y una de las ciudades que más se ha transformado culturalmente en este país en los últimos veinte años- el centro de gravedad de su madurez profesional. Esta es la historia de esa ciudad contada a través de un hombre que, en el fondo, no se fue.

Adriana Fernández
El verano en que un teatro de dos mil años fue su escuela
Para entender a Banderas hay que entender a quién tuvo enfrente. Ángeles Rubio-Argüelles, condesa de Berlanga y esposa del escritor y cineasta Edgar Neville, fue durante décadas la gran mecenas del teatro malagueño: fundó la compañía ARA con sus propias iniciales, sostuvo la actividad escénica de la ciudad pagándola muchas veces de su bolsillo y, sobre todo, puso en marcha en 1959 el Festival de Teatro Greco-Latino, que llevó a los clásicos al escenario más antiguo que conserva Málaga, el Teatro Romano levantado en el siglo I a.C. bajo el reinado de Augusto, a los pies de la Alcazaba. Aquel festival se mantuvo hasta 1982.

Vista de la ciudad de Málaga. / Istock
Ahí, en esas gradas de piedra, se formó el joven Banderas. Llegó al teatro por la vía popular y callejera de la compañía Dintel, se fortaleció en la Escuela de Arte Dramático del barrio de El Ejido -con un expediente, dicho sea de paso, lleno de notables y sobresalientes- y acabó actuando en los montajes del Greco-Latino como actor en la órbita del Teatro ARA de Rubio-Argüelles. Cuatro veranos seguidos. En 1978 hizo Las fenicias de Eurípides y Rómulo el Grande de Dürrenmatt; en 1979, Alcestes; en 1980, La numantina de Cervantes y Prometeo encadenado de Esquilo. Y, bajo la dirección de Luis Balaguer, encarnó a Marco Antonio en el Julio César de Shakespeare sobre ese mismo escenario romano. No era un gran teatro con focos y palcos: era un yacimiento arqueológico, casi anónimo entonces, con el público sentado donde lo había estado el público de hace dos milenios. Es difícil imaginar una primera escuela más a la medida de lo que vendría después.

Vidrieras del Mercado de Atarazanas, en el casco antiguo de Málaga / Istock
El momento de partir llegó al rozar los veinte años. Su madre, Ana Bandera, le preguntó a Ángeles Rubio si aquello de marcharse a Madrid era buena idea, y la mecenas le contestó que Antonio había nacido para ser actor, una sentencia que tranquilizó a la familia y empujó al chaval. Cogió un tren con 15.000 pesetas y una maleta. Lo que pasó después -Almodóvar, Hollywood, el Zorro, Broadway, la nominación al Óscar- es de dominio público. Lo que casi nadie recuerda es que todo arrancó en un teatro de piedra que sigue ahí, intacto, esperando a cualquiera que quiera subir las mismas gradas.
El regreso: levantar un teatro donde otros levantan una placa
Hay artistas que, llegados a la cima, dejan en su ciudad natal una calle con su nombre y poco más. Banderas hizo lo contrario: en el momento de mayor proyección internacional, decidió devolver. Y devolvió en grande. El 15 de noviembre de 2019 abrió en Málaga el Teatro del Soho CaixaBank, un proyecto que él mismo impulsó para colocar a la ciudad en la primera línea del mapa escénico nacional, con vocación declarada de jugar también fuera. No lo levantó en Madrid, ni en Nueva York, ni en Londres, donde reside buena parte del año. Lo levantó en su tierra, sobre el antiguo Teatro Alameda, en pleno corazón de la ciudad. "Siempre me he sentido muy ligado a mi tierra, y este proyecto tiene que ver con eso y con depositar en mi ciudad lo que he aprendido a lo largo de mis 40 años de trayectoria profesional", explicó al inaugurarlo. En Instagram fue más rotundo: lo llamó "el proyecto de mi vida".

Vista de la ciudad de Málaga. / Istock
La carta de presentación fue una declaración de principios. Eligió estrenar con A Chorus Line, la primera gran producción de ese musical en español, y no se quedó entre bambalinas: se subió al escenario a interpretar a Zach, además de producir y codirigir. Desde entonces el Soho no ha parado -Company, que ganó el Max al mejor espectáculo musical en 2022, Gypsy, Godspell, estrenado bajo su dirección el 30 de octubre de 2025- y se ha consolidado como un núcleo de creación, exhibición y formación que late durante todo el año. El reconocimiento al personaje también ha ido a la par: en 2024 fue nombrado Académico de Honor por la Academia de las Artes Escénicas de España, una distinción que recogió en Valladolid en enero de 2025.
Y hay un gesto que cierra el círculo con una precisión casi poética. El Teatro de los Jóvenes Artistas de la Escuela Superior de Artes Escénicas de Málaga, inaugurado en 2017, lleva su nombre. Es lo mismo que Ángeles Rubio-Argüelles hizo por él medio siglo antes: dar un escenario y un voto de confianza a una generación que aún no sabe lo que vale. Banderas, que recibió ese empujón en un teatro romano, se lo devuelve ahora a los críos malagueños que sueñan con lo que él soñaba. La semilla que plantaron en él la ha vuelto a sembrar.

Plaza de la Merced en Málaga. / Istock
Cómo seguir su rastro (y comerse un espeto por el camino)
Llegar es de las cosas fáciles del viaje. El aeropuerto de Málaga-Costa del Sol es uno de los más conectados del país, y el AVE deja en la ciudad desde Madrid en unas dos horas y media. Una vez allí, el casco histórico se hace andando y concentra casi todo.
La parada obligada, la que de verdad explica al personaje, es el conjunto de la Alcazaba y el Teatro Romano, uno junto al otro frente a la Plaza de la Aduana. La Alcazaba, fortaleza palaciega de origen islámico del siglo XI, es una de las mejor conservadas de Andalucía, con sus dobles murallas y sus jardines escalonados trepando hacia el Castillo de Gibralfaro, al que estuvo unida por una coracha defensiva; la entrada conjunta de ambos monumentos sale a cuenta.

Academia de la Catedral de Málag / Istock / Jan van der Wolf
Y a sus pies, el Teatro Romano, el escenario real de los primeros pasos de Banderas, hoy visitable y con su centro de interpretación. Desde ahí, la ruta escénica se completa con el Teatro Cervantes, sede histórica de las artes en la ciudad, y, por supuesto, el Teatro del Soho CaixaBank, con programación de musicales y teatro a la que conviene mirar antes de viajar para reservar entrada. Quien quiera arte de otro siglo tiene a tiro el eje museístico que ha cambiado la cara de la ciudad: el Museo Picasso -Picasso nació aquí en 1881-, el Carmen Thyssen, el CAC y el Centre Pompidou, primera sede del museo parisino fuera de Francia. Y la "Manquita", la catedral del XVI con su torre sur eternamente inacabada, para entender el desparpajo malagueño de no terminar las cosas y presumir de ello.

Vista aérea del Ayuntamiento de Málaga / Istock / Diego Grandi
Para comer, Málaga juega en casa con el mar por delante. El plato emblema es el espeto de sardinas: las sardinas se ensartan en una caña y se asan sobre brasas de leña en la propia arena, y se comen con los dedos mirando al Mediterráneo. Antes, un ajoblanco bien frío -almendra, ajo, miga de pan y aceite, la madre de todos los gazpachos- y un buen pescaíto frito. La parada con firma es El Pimpi, taberna andaluza instalada en una casería del siglo XVIII con una de las bodegas con más solera de la ciudad: es el sitio favorito de Banderas, del que además es copropietario, y donde el actor se deja caer a tomar un vino y una tapa. Para rematar, un dulce de los vinos de la D.O. Málaga, tradición vitivinícola de la zona. Y si todavía queda tarde, la Playa de la Malagueta, la más cercana al centro, pone el cierre natural a la visita: la misma orilla donde un día se asaron los primeros espetos y donde, a unos minutos, un adolescente subió a un escenario de piedra sin saber que iba a tardar cuarenta años en bajar del todo.
- El pueblo de 350 habitantes ideal para escapar del calor: en el corazón del Valle del Roncal, cerca de la frontera con Francia, está rodeado de infinidad de rutas de senderismo
- El refugio de Juan del Val y Nuria Roca (55 y 54 años) es un pueblo abulense donde sueñan con envejecer: 'Esta casa es mi lugar favorito del mundo ahora mismo
- El refugio de Rosario Flores (62 años) es una pedanía gaditana de 480 habitantes: caminos de tierra, dunas vírgenes y el Faro de Trafalgar como único vecino en el horizonte
- El refugio de Rozalén (40 años) es el 'pueblo de las cascadas' al que ha vuelto a vivir tras frenar su carrera: 'Necesito estar en mi pueblo, con la gente que quiero
- El refugio de Sandra Barneda (50 años) es el pueblo de su padre, escondido en el Empordà: 'He pasado muchos veranos de mi vida aquí; le tengo un gran cariño
- El pueblo de Girona con una playa de agua dulce en plena montaña: casas de piedra, balcones de madera y uno de los rincones más refrescantes del Pirineo catalán
- El pueblo de 800 habitantes en Asturias ideal para huir del calor extremo: conocido por su tradición quesera, conserva una iglesia de origen románico y sirve como puerta de entrada a los Picos de Europa
- El refugio de Malú (44 años) en verano es un maravilloso pueblo de origen medieval: en el corazón de la Sierra de Gredos, tiene un impresionante patrimonio histórico y un castillo del siglo XV