Cinco territorios mágicos en la Sierra del Rincón

A menos de una hora de  Madrid, entre el Puerto de Somosierra y la Sierra de Ayllón, se esconden estos pueblos de gran diversidad biológica.

Irene González
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Foto: Irene González

La Sierra del Rincón se ha convertido en Reserva de la Biosfera porque durante siglos sus vecinos han utilizado con sabiduría sus recursos, y los han mimado con desvelo. A menos de una hora de Madrid, en su esquina noroeste, asombra la Sierra del Rincón y su entorno natural. Entre bosques, puertos y sendas recorremos Prádena del Rincón, Horcajuelo de la Sierra Montejo de la Sierra, la Hiruela y Puebla de la Sierra, cinco territorios cercanos pero desconocidos.  

Son pueblos de pizarra y piedra, que entre el Puerto de Somosierra y la Sierra de Ayllón, gozan de una gran diversidad biológica, un rico patrimonio natural, y una belleza paisajística sin igual. Después de contemplar de soslayo el recinto amurallado de Buitrago de Lozoya, y de dejar atrás la llamativa estación de seguimiento de satélites de Gandullas, nos adentramos en territorio del Rincón.

1 Prádena, la puerta hacia el Rincón.

Prádena del Rincón es la puerta de entrada a la Sierra del Rincón, que guarda entre sus tesoros una joya natural, el Hayedo más meridional de Europa. En Prádena, el primero de los cinco pequeños pueblos de la Sierra del Rincón, las casas son de piedra y pizarra, y casi todas desembocan en huertos, que desde siempre, han servido para el autoabastecimiento familiar. Su trazado urbano está condicionado por el clima, sus casas construidas muy cerca las unas de las otras, tienen cerca las construcciones típicas de los antiguos oficios que aquí se practicaban. Por las calles de Prádena lucen sus potros de herrar, fraguas y chozos.

Pero sobre todo deslumbra su magnífica iglesia con un gran pórtico mudéjar, uno de los mejores de toda la comunidad de Madrid. Desde Prádena salen increíbles senderos  como la Laguna de Salmoral, o el pequeño bosque con enormes arces de gran porte.

Irene González

2 Horcajuelo de la Sierra

A menos de 4 kilómetros está Horcajuelo de la Sierra donde pasear por sus calles es una delicia ya que los vecinos han respetado su construcción autóctona. Muy interesante su iglesia dedicada a San Nicolás de Bari, con una interesante capilla gótica. En Horcajuelo es imprescindible la visita a su completo Museo Etnológico, una puerta al pasado donde se entiende la forma de vida tradicional de los habitantes de la Sierra del Rincón. De entrada gratuita es el mejor resorte para entender la vida en la Sierra. Además, en Horcajuelo de la Sierra resulta obligado  un paseo por sus calles y recovecos, donde se disfruta de la arquitectura autóctona de esta Sierra poco conocida, y en algunos casos, insuficientemente valorada.

3 Montejo de la Sierra

A tan solo 7 kilómetros está Montejo de la Sierra, en medio de un terreno montañoso, rodeado de praderas y bosques.  En Montejo el agua es generosa, se puede observar en la cantidad de antiguas fuentes que posee y en los nombres de sus calles: De la Casa de la Fuente, Del Pozo, y Calle del Río entre otras. En la Plaza de los Tres Caños fluye la vida, es el centro de reunión de los vecinos. Interesantes los curiosos machacaderos,  maderos de gran grosor en las puertas de las casas, que hoy en día sirven para sentarse a tomar el fresco en los cálidos veranos, pero que antaño servía para machacar el lino que, junto a la lana, eran excelentes y abundantes en la zona.

En Montejo está el Centro de Recursos e Información de la Reserva de la Biosfera del Rincón, cuajada de aroma, sabor, color, sonidos y tradición. En el Centro se pueden adquirir directamente, si no se han agotado, las entradas al emblemático Hayedo de Montejo, visita gratuita y siempre guiada y para un máximo de 20 personas. El hayedo, el más meridional de Europa, es un paraje húmedo cuajado de hayas que conviven robles y acebos. Tampoco podemos salir de Montejo sin entrar en la Panadería Nani, que tras 25 años elaborando delicias, ahora regenta su sobrina Alicia. Sensacionales los cojonudos, las rosquillas de sartén, las empanadas y los preñados de picadillo de matanza.

4 La Hiruela

Tras Montejo nos dirigimos a La Hiruela, uno de los pueblos con más encanto pero menos conocido. A algo más de 12 kilómetros por unas de las más bellas carreteras paisajísticas y cruzando el Puerto de La Hiruela, cuyo alto alcanza los 1.478 metros sobre el nivel del mar, se llega a La Hiruela donde parece que en esta pequeña población serrana el tiempo se ha detenido. En un paraje de cuento, en las faldas del alto de Bañaderos, rodeado por los Picos de La Morra de la Dehesa y Cabeza del Burrial, en un accidentado terreno que discurre entre bellos prados y robledales, se extiende el pequeño municipio.

El pintoresco paisaje ofrece espectaculares formaciones de esquistos que se fragmentan en delgadas capas utilizadas en las construcciones tradicionales de la Sierra del Rincón. Su mágico aspecto proviene del brillo de la mica y el talco, entre otros minerales. Al coronar el puerto, los 5 kilómetros de descenso hasta La Hiruela discurren por una sinuosa y estrecha calzada. La Hiruela se conserva prácticamente igual desde el siglo XVIII con sus edificios de piedra, barro, adobe, carpintería de roble y anchas puertas de madera. Singular el cultivo de árboles frutales se remonta a tiempos inmemoriales, donde el más famoso es una exquisita variedad de manzana llamada pero.

Irene González

5 Puebla de la Sierra

A unos 20 kilómetros de divertida conducción está Puebla de la Sierra uno de los más bellos, aunque el más desconocido y aislado por su revirada pero bellísima carretera de acceso. Puebla de la Sierra, fue agrícola y ganadera, y hoy conserva intacta su arquitectura tradicional y parte de sus antiguos oficios. Se puede visitar, pidiendo la llave en el Ayuntamiento, la fragua de 1 570 que ha funcionado hasta que hace poco falleció el herrero, uno de los oficios más importantes del pueblo. Exclusivo  y sorprendente el Valle de los Sueños, un itinerario escultórico al aire libre con casi 100 obras. Y no hay que dejar de visitar el paraje donde se observan las buitreras, que desde su increíble mirador, casi se pueden rozar con la mano.