Cinco joyas del Sudeste Asiático

Es la región de las sonrisas, un deslumbrante rincón que exhibe la fuerza de un paisaje único: playas idílicas, laberintos de formaciones kársticas y vestigios de piedra empapados de historia.

Noelia Ferreiro
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Foto: nevskyphoto/iStock

No son todos, claro está, pero sí algunos de los tesoros de este rincón al sur de China y al este de la India tocado de magia y exotismo. El Sudeste Asiático encierra todo cuanto en el imaginario entendemos por paraíso. Por sus maravillosos paisajes, por su barniz cultural, por su atmósfera apacible… o porque sonríen siempre.

1. Bahía de Halong (Vietnam)

Un sugerente puzle de canales e islas, una explosión de formaciones calizas como centinelas de piedra que emergen del mar esmeralda. Así es esta maravilla natural que se disemina sobre las aguas más pacíficas del mundo, en un recodo del Mar de China.

Más de tres mil islas tapizadas de vegetación, esculpidas por el viento y las olas, dejando al descubierto lagunas recónditas y cuevas como Hang Dau Go, a la que apropiadamente se ha llamado la Gruta de las Maravillas.

Por el día, el silencio se rompe con el trajín de las embarcaciones cargadas de turistas que recorren la bahía a bordo de unas barcazas llamadas juncos. Por la noche, en una paz infinita, el horizonte se cubre de sombras fantasmagóricas. Por ello conviene  demorarse al menos un par de jornadas para admirar las aldeas flotantes que se cruzan en el camino; o para fondear junto a una cala y remojarse en las aguas cálidas; o simplemente, para disfrutar de la navegación por este enclave, el más turístico de Vietnam, sí, pero también el más deslumbrante, encumbrado como Patrimonio Mundial de la Unesco y como una de las Siete Maravillas Naturales del Mundo.

2. Angkor (Camboya)

Este conjunto de templos son el mayor testimonio de la grandeza jemer, el epicentro de su civilización, una espectacular simbiosis de espiritualidad, simbolismo y simetría, de lo que fuera el dominio de los dioses, de lo sublime. También son el corazón, el alma y el orgullo de Camboya, el principal motivo que justifica su visita a pesar de que este discreto país tiene mucho más que ofrecer.

Hacen falta varios días para abordar todo lo que brinda Angkor como un regalo esotérico: el descomunal Angkor Wat, con el canal que lo circunda como un foso y la luz que se cuela entre las piedras para teñir de cobre las esculturas; Angkor Thom, la ciudad fortificada por imponentes murallas que es hoy un esqueleto de estructuras religiosas de una belleza sorprendente; Bayón, con sus 54 torres góticas y sus más de 200 rostros gigantescos; la Terraza de los Elefantes y la Terraza del Rey Leproso con la pompa propia de las ceremonias públicas… Y así hasta abarcar este intrincado entramado de palacios, torres y templos, este acervo monumental devorado por la selva, asfixiado por árboles centenarios, recubierto de musgo y plantas trepadoras.

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3. Krabi (Tailandia)

Pese a que este rincón a orillas del mar de Andamán se cuela en el top ten de los destinos mundiales más visitados, pese a la masificación en ciertas temporadas, nada empaña la belleza de esta costa con sus más de 150 islas desmigajadas por la bahía en un armónico desorden de formaciones kársticas.

En Krabi el vocablo paraíso es más que un mero cliché. La prueba está en la naturaleza salvaje de la península de Railay, abrazada por acantilados de color óxido; en el escenario idílico de sus islas, encabezadas por la más popular, Ko Phi-Phi (son en realidad dos islotes: Phi-Phi Leh y Phi-Phi Don), que esconde tras la espesa jungla bonitas calas de arena blanca; en el ambiente desenfadado del pueblo de Ao Nang y también ¿por qué no? en la exquisitez de sus fantásticos hoteles, máximos exponentes del lujo asiático.

4. Bagán (Myanmar)

Visitar este brutal yacimiento, uno de los más impresionantes del mundo, supone repasar la historia de las dinastías de la antigua Birmania a una escala sobrenatural: 42 kilómetros cuadrados a orillas del río Ayeyarwadi, cubiertos de ruinas campaniformes que encierran reliquias de Buda y recogen el esplendor de la que fuera la capital del país entre los siglos XI y XIII.

Caminar entre estos templos es una experiencia sobrecogedora. Tanto como elegir uno para encontrarse a solas. Hace falta atravesar el umbral, trepar por una escalera y descubrir una sorpresa en cada interior hueco: deidades femeninas que contorsionan sus caderas, animales fantásticos que se devoran, rostros apacibles que meditan con los ojos cerrados… Pero lo que crea una atmósfera magnífica es la estática visión del conjunto, sobre todo al atardecer, con las agujas a contraluz sobre la bruma.

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5. Borobudur (Indonesia)

El mayor monumento budista de todos los tiempos es, para muchos, la octava maravilla del mundo. Una joya que data del año 750 de nuestra era y cuyo origen, finalidad e historia perviven envueltos en misterio. Borobudur dejó de existir en el mapa cuando quedó sepultado por las cenizas del volcán Merapi, que selló su condena al olvido. Abandonado y decrépito, nada se supo de él hasta 1814, cuando tuvo lugar su redescubrimiento.

Este famoso lugar de peregrinaje es, en realidad, una estupa gigante, una mole imponente, bellísima, con su perfecta geometría de planta piramidal y sus seis bases cuadradas coronadas por estructuras circulares como símbolo del infinito. De cerca, a través de corredores que conducen a la cima, lo que fascina son sus paneles tallados en relieve con una representación el universo budista, de las leyes del karma, del largo y agotador camino hacia la iluminación.