Chiquitos, el reverso de la Conquista, por Carlos Carnicero

En la provincia boliviana de Chiquitos sobrevive aún la cultura de las misiones jesuitas que fueron fundadas en el siglo XVII.

Carlos Carnicero

Bolivia es una realidad plural, fracturada por diferencias que parecen insalvables. En el altiplano, las etnias quechua y amaira sostienen su mirada recelosa hacia los blancos (españoles y criollos) que les han estado explotando desde hace 500 años. Ahora les toca su turno y no saben muy bien cómo administrar una revancha que les pertenece, pero que probablemente no permite una salida ni para ellos ni para Bolivia.

En el Oriente boliviano, en Santa Cruz, los recelos se sustentan en los intereses de la oligarquía boliviana, que lleva desde 1825 (fecha de la independencia de España) sustituyendo la labor de los conquistadores por una explotación quizá más perversa, porque se sujetaba en el patriotismo supuesto de los hijos de los libertadores.

Pero en Bolivia hay también un remanso del pasado para reconciliarse con la historia: se trata de Chiquitania o Chiquitos, zona asentada en la frontera con Paraguay y Brasil, vecina a un hermosísimo pantanal, en donde sobrevive la cultura de las misiones jesuitas fundadas en el siglo XVII. A diferencia de las que se asentaron en lo que hoy es Brasil, Paraguay y Argentina, las bolivianas siguen dinámicas y activas, constituyendo un modelo de organización social comunitaria con rasgos admirables de modernidad que está sustentada en unas tradiciones que no se han quedado obsoletas.

Visitando Chiquitos, que es un ejercicio absolutamente recomendable antes de que el turismo invada este oasis de tranquilidad, se entiende que Carlos III, desde su miopía histórica, expulsara a los jesuitas, porque lo que allí ocurrió y perdura es una auténtica revolución que libró a los indígenas de la esclavitud de las minas de Potosí, les enseñó la agricultura y la ganadería y organizó una industria comunal que vendía cueros y sebos para las velas de las minas y comerciaba con las principales ciudades coloniales.

Las misiones -San Ignacio, San Javier, Santa Ana, Concepción, San José...- forman una isla de organización social al margen de las corrientes dominantes en Bolivia, en donde los milagros de la alquimia de la historia y la coincidencia de hombres excepcionales, en generaciones distantes pero continuas, han hecho posible que la cultura en medio de la selva se consolide como una mixtura entre tradiciones ancestrales y modernidad comunitaria. La vida está construida alrededor de las iglesias. Son verdaderas catedrales edificadas con madera y adobe, que presentan puntales, en ocasiones de más de 15 metros, sustentados en columnas de troncos de una sola pieza. La decoración recuperada en pinturas originales demuestra la introducción del barroco indígena.

Todo fue posible por algunas coincidencias admirables. En primer lugar, la llegada a Chiquitos del padre jesuita suizo Martín Schmid (1694-1772). Arquitecto, escultor, luthier, músico y tallador, desarrolló una labor ingente, construyendo y diseñando las iglesias de cada comunidad, enseñando música a los indígenas y fabricando los objetos musicales con unas técnicas que todavía siguen vivas.

La obra de Martín Schmid, el carácter de su trabajo sistemático, está en la base de dos prodigios coincidentes: unas huellas culturales que han permanecidos vivas y vigentes, y el hecho de que lo intrincado -sobre todo en aquella época- de la selva boliviana permitiera sustraerse a las misiones de los ataques de los bandeirantes y mamelucos brasileños y de las tropas del rey de España que materializaron la expulsión de los jesuitas.

Visitando Chiquitania uno puede respirar profundo, porque después de comprobar la crueldad con la que los españoles explotaron las minas de Potosí, el reverso de la conquista es la formidable obra que realizaron los jesuitas y que sigue aún vigente. Hay pocas cosas más recomendables que un viaje tranquilo y sosegado por estas huellas vivas del pasado. Volveré.