Chelsea Hotel, por Javier Reverte

Espero que en el hilo musical de la galería comercial del actual Chelsea Hotel suene la canción de Cohen dedicada a Janis Joplin.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Nunca he alquilado una habitación en el Chelsea Hotel de Nueva York, jamás he bebido una copa en su bar, en ninguna ocasión he tomado el ascensor para intentar encontrarme con el fantasma de Janis Joplin y tratar de tocarle el culo, como hizo Leonard Cohen una noche en que estaba borracho -al día siguiente le pidió disculpas- y ella le rechazó con una risotada. Ni siquiera me he asomado a su vestíbulo. Por una razón: la última vez que pasé por la puerta, hace tres años, el local estaba en obras. Pero me ha producido una cierta desazón enterarme por una amiga que vive en la ciudad de que, tras la rehabilitación, el famoso establecimiento se ha convertido en un centro comercial. Y me desazona porque soy de los que creen que los mitos nunca deberían morir. En el Chelsea residieron, a menudo por temporadas, entre otros Mark Twain, Henry Miller, Jack Kerouac, Mary MacCarthy y Tom Wolfe. En una de sus habitaciones, el poeta galés Dylan Thomas entró en coma después de ingerir 18 whiskies -"todo un récord", fueron sus últimas palabras- para ir a morir en un hospital cercano. Y en otra habitación, creo que la número 100, el cantante Sid Vicious mató a su novia después de una noche de 1978 en la que ambos consumieron barbitúricos a espuertas. Comparado con tales acontecimientos, lo de tocarle el culo a la Joplin parece cosa de niños. En todo caso, Cohen compuso una hermosa canción tras el asunto:

"...I remember you well in the Chelsea Hotel,
you were famous, your heart was a legend...".

De modo que imaginarse, en el lugar en donde se alza el edificio del hotel, una galería con una sucesión de tiendas con relojes de última moda, peluquines al último grito y zapaterías en donde se vende calzado de vivos colores no deja de tener algo de sacrilegio, aunque el asunto genere menos muertos. Es como si en el campo de Maratón, en donde se libró la famosa batalla entre griegos y persas, se inaugurase hoy un campo de golf. O encontrarse un local de McDonald''s en un rincón de la Plaza de San Pedro del Vaticano.

Cierto es que Nueva York es una ciudad cuyo sentido íntimo reside, en buena parte, en su transformación vertiginosa como urbe. Todo cambia de un año para otro y, en donde hubo ayer una tienda de libros viejos, hoy han abierto una farmacia; y en donde se encontraba un excelente restaurante japonés hace seis meses, hoy se exhibe el escaparate de una galería de arte. En Nueva York apenas existe sentido de lo permanente, sino que permanece muy arraigado el sentido de la futilidad. A Heráclito le hubiera gustado esta ciudad en la que no te puedes bañar dos veces en el mismo río, por más que tenga dos inmensos: el East y el Hudson.

Así que entonar un réquiem por el Chelsea Hotel es una cuestión baladí y sospecho que a la mayoría de los neoyorquinos el asunto les importa un bledo. "El muerto al hoyo y el vivo al bollo", podrían decir si conocieran el refranero español.

¿Quién se acuerda en estos días del barrio de Little Italy de los años 20 del siglo pasado y del que ahora apenas quedan otras huellas que las trattorias? ¿Y quién añora la imponente Penn Station, derribada para construir una de las estaciones modernas más feas de la Tierra?

Yo espero que, en todo caso, en el hilo musical de la galería comercial del actual Chelsea Hotel suene de cuando en cuando la bonita canción de Cohen:

"I remember you well...".

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