Charles Wiener, explorador del mundo inca

El explorador y diplomático austro-francés estuvo a un paso de descubrir el Machu Picchu cuando viajó a Perú y Bolivia para estudiar las misteriosas culturas prehispánicas del antiguo Imperio Inca.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay

Poco o nada se sabía sobre las culturas precolombinas cuando Charles Wiener (1851-1919) viajó en 1875 a Sudamérica. Nació en Viena, pero tendría unos 15 años cuando la madre enviudó y la familia se trasladó a Francia. Ejercía como profesor de Inglés y Alemán; en su currículum no había grandes incursiones científicas por destacar; sin embargo, le bastó dedicar a los incas un ensayo para que el gobierno galo le mandara de arqueólogo a los Andes. Estuvo dos años entre Perú y Bolivia, siguiendo las crónicas de la Conquista. Excavó y recorrió el sitio de Ancón, Chan Chan, las huacas mochicas del Sol y de la Luna, Cajamarca -donde Pizarro fue hecho prisionero por Atahualpa-, el Chavín de Huántar, Cuzco... En Ollantaytambo le hablaron del Machu Picchu, pero no se dirigió nunca al antiguo poblado andino y el resto del mundo tuvo que esperar hasta 1911 para redescubrir con Hiram Bingham la ciudad perdida. Los campesinos locales hacía tiempo que la conocían -quizá lo que no sabían es que era una Maravilla-. Wiener regresó de los yacimientos con mapas, fotografías y más de cuatro mil objetos que se exhibieron en la Exposición Universal de 1878. El éxito fue tal que se creó un museo etnográfico y condecoraron al explorador con la Legión de Honor y un puesto de diplomático en Ecuador. Relataba sus viajes en conferencias y reportajes, sin contar, no obstante, que algunas de las antigüedades las compró para fingir expediciones que nunca realizó. Ascendiera o no al Illimani, visitara o no la isla de Koati, hoy se puede viajar hasta la civilización incaica con la colección que se trajo a París, expuesta en el Museo du Quai Branly.

"He sido feliz en el Perú [...]. ¡Hice excavaciones! He colectado como para llenar media sala del Louvre"

Ninguna ciudad del Perú, ni siquiera Lima, me había parecido ofrecer un carácter tan original y tan imponente. El Cuzco, o propiamente Ccozcco, está exclusivamente edificado de piedra. El espectador juzga instintivamente el esfuerzo obrero, y siente que la personalidad del constructor de esos monumentos gigantescos se afirma de una manera grandiosa. Las construcciones no están hechas de piedra de talla, sino de materiales graníticos, de dioritos, de pórfiros, que se rompen con la mayor dificultad; y, en casos muy raros, de greda extremadamente resistente. La mayoría de esas piedras son de un gris oscuro o negras; tienen, a menudo, reflejos azulados, y, en muchos sitios, los cristales que ellas contienen brillan al sol. El efecto del conjunto tiene, pues, según el término tan pintoresco de los hombres del oficio, mucho colorido. El Cuzco es, sin duda, la Roma de la América del Sur. Las razas se han sucedido sobre esta tierra, y cada una de ellas ha edificado sus monumentos al costado de los vestigios de sus antecesoras y, a menudo, sobre las mismas ruinas del pasado. Y así como ha existido una Roma legendaria, una Roma de los reyes, una Roma republicana, una Roma de los césares, una Roma universal de los Papas y que hoy existe una Roma italiana, nosotros encontramos en el Cuzco la ciudad ciclópea, la ciudad de los purhuas, la ciudad de los amautas, la ciudad de los incas, la ciudad de los españoles y de los peruanos, cada una perfectamente caracterizada, y formando, a pesar de todas sus diversidades, ese conjunto que caracteriza una ciudad eterna. [...]

Los santuarios del Cuzco, célebres en todo el Perú, son numerosos y merecen su reputación, tanto por la riqueza de su arquitectura como por la disposición interior que encierra trabajos de escultura de primer orden. [...]

El altar mayor de la iglesia del Templo, que es de mármol blanco, y el de la Catedral, que es de plata maciza, son trabajos más lujosos que realmente artísticos. La Catedral encierra, sin embargo, dos objetos dignos de atención. Uno es la gran campana de la Catedral llamada la María, el otro un Cristo llamado el Señor de los Temblores. Existe una leyenda encantadora sobre la campana María. Se la fundió en Anta, cuando la edificación de la Catedral, al mismo tiempo que una segunda campana destinada a la segunda torre. Esta segunda campana llevaba el nombre de la Magdalena. La fundición se hallaba al borde de un lago, y cuando estas dos obras de aleación de cobre y de oro estuvieron terminadas, se las cargó con gran esfuerzo de brazos sobre dos almadias para transportarlas a la otra orilla, más cerca al Cuzco. Un ciclón se desencadenó e hizo zozobrar la almadia que llevaba la Magdalena. La María llegó a buen puerto y pronto llamó, de lo alto de su morada, a los fieles. Desde entonces los indios pretenden que, cada mañana, al primer golpe de la campana, que vibra a través del aire, la Magdalena contesta, desde el fondo del lago, con un sonido quejumbroso, a la voz cristalina de su hermana.

La leyenda del Señor de los Temblores no es tan poética: a mediados del siglo XVI, precisamente en la época de la llegada de los españoles al Perú, hubo un temblor bastante violento en esa ciudad. Carlos V ofreció entonces a la ciudad acongojada esa estatua bendita por el Papa. Desde ese instante no se volvió a sentir remezones en el Cuzco, y la fe popular atribuye a la imagen venerada esa especie de milagro negativo.

Ese Cristo inspira a las mujeres y a los indios del Cuzco un temor y un respeto tales que no está permitido a nadie ponerle la mano. [...] Un día, monseñor Ochoa, un obispo del Cuzco hasta 1875, quiso remozar la imagen bien querida. Encargó a un pintor que preparase sus más hermosos colores y sus mejores pinceles para esa construcción sagrada. Una buena mañana el pintor instaló sus escaleras delante del altar para volver a dar al dulce Jesús sus colores desaparecidos. Al punto, el ruido de lo que se llamaba una profanación se extendió en la ciudad. Se iba, decían algunos, a vender al Señor de los Temblores a la ciudad de Arequipa, donde hay un temblor todas las semanas. Se iba, decían otros, a despojarle de su virtud poniéndole la mano. Varios centenares de indios aglomerados delante de la iglesia pidieron que no se tocara a su Cristo. Para calmarlos, se les arrojó las escaleras del pintor. Ellos las rompieron, y no contentos aún, pidieron que se les entregara al artista. Para protegerlo, el obispo hizo cerrar la Catedral. Entonces la indiada, la masa de los terribles creyentes, se revolucionó. Los indios se trasladaron, gritando, al palacio episcopal: "¡Bebamos esta noche la chicha en el cráneo del obispo!". Los fanáticos se arrojaron enseguida contra la puerta, que cedió, bajo la presión de esa ola humana. Entretanto, el obispo había podido huir y escaparse atravesando el seminario, que comunicaba por puertas secretas con el palacio episcopal. Fue uno de los raros y terribles despertares de esa raza, cuyos salvajes instintos guerreros parecen dormir durante un siglo para estallar durante una hora en toda su intensidad.

Texto extraído de "Perú y Bolivia: Relato de viaje", de Charles Wiener.