Cervantes, espía en Argelia, por Luis Pancorbo
Algo le obliga a regresar a Argelia, a espiar. Era como su retorno al infierno, a volver a jugarse la piel y el otro brazo.

Cervantes, espía en Argelia, por Luis Pancorbo / Ximena Maier
En 1581 Cervantes volvió a Argelia en calidad de espía, la parte biográfica menos conocida del genio. Cierto es que daba bien el perfil de agente secreto, y mucho antes de que Graham Greene y John le Carré idearan sus ambiguos personajes. A sus 34 años Cervantes conocía el mundo desde los palacios hasta las fondas de mala muerte. Sabía de la Roma vaticana, de sus intrigas y molicies, habiendo sido a los 22 años camarero del monseñor Acquaviva. Y sabía lo que era en Italia la aperreada vida de un soldado de fortuna cuyos alicientes podían reducirse a hundir tenedores en la pasta y espadas en cuerpos ajenos. Donde su suerte le abandonó fue en Turquía. De Lepanto fue a convalecer de sus heridas a Mesina (Sicilia), y quedando manco de la mano izquierda fue apresado por los corsarios berberiscos y debió tirarse cinco años en los baños de Argel.
Pero el destino de Cervantes, más que estar escrito, se comporta de forma evasiva, como la propia diosa Fortuna, la que a veces se encarna en Atrox Fortuna y retuerce el cuello y el avatar. Cervantes intenta fugarse cuatro veces de unos baños, o corrales, para nizarani, unos cristianos más enflaquecidos que engordados. Por fin lo liberan por el procedimiento de que alguien apoquine el rescate. Ya de vuelta a Lisboa, entonces capital de España, él mismo se mete en un jardín y le mandan a Argel, esa vez como agente secreto al servicio de Felipe II.
Cervantes no es un stoyk mujic al estilo del campesino estoico que protagoniza admirablemente Mark Rylance en El puente de los espías, de Spielberg. Miguel de Cervantes es un espía sutil y resbaladizo, muy lejos del prototipo de un patán sentencioso. Conoce el mundo, hipocresías, glorias y corrupciones, y ya ha encontrado su desahogo moral y personal en las letras, su tablón de náufrago entre tantos descalabros. Y, sin embargo, algo le obliga a hacer de tripas corazón y a regresar a la antigua Argelia, y encima a espiar. Era como su retorno al infierno, a volver a jugarse la piel y el otro brazo.
Aunque desembarca en Orán, su mayor misión se desarrolla en Mostaganem (Mostagán), un puerto del noroeste cuyo peculiar alcaide, Felipe Hernández de Córdoba, era un musulmán converso al cristianismo y pagado por España. Aparentemente Cervantes recabó informaciones sobre los movimientos de Uluch Alí (el Uchali Fartax o Renegado Tiñoso del Quijote), un calabrés que había llegado a beylerbey, gobernador de Argel, y almirante de la flota turca.
El Gobierno español pagó a Cervantes por sus servicios un centenar de escudos, cosa que no le daba para retirarse a una dacha donde escribir el Quijote. Tampoco hay constancia de un posible informe escrito por el agente secreto Cervantes, algo que podría interesar tanto o más que El gallardo español, El trato de Argel o Los baños de Argel.
Lo indudable es su conocimiento del mundo multiétnico y multicultural de su tiempo, y especialmente de moriscos, y de renegados de ambos bandos, y de gentes de frontera. Cervantes diferenciaba a los tagarinos, los moros originarios de Aragón, de los mudéxares, como se llamaba a los moros de Granada, si bien en el reino de Fez a esos mudéjares se los conociera como elches. Y desde luego sabía moverse libre o cautivo por Argel, por Orán y hasta por Mosta, abreviatura familiar de Mostaganem, hoy capital de Dahra, región montañosa beréber donde el Atlas se derrama casi a los pies del Mediterráneo. Tierra de olivas y de polémicas uvas, como a las que fue el padre del Quijote.
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