Catedrales, por Jesús Torbado

En Europa, una ciudad que carece de catedral parece vacía, inexistente, desdeñable, inútil...

Jesús Torbado
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Foto: Raquel Aparicio

Recuerdo haber oído hace años a un hombre viejo sentado frente a la fachada de la catedral de París una sentencia comprometida: "Nadie puede ser completamente dichoso si no ha nacido a la sombra de una gran catedral". Debía de ser nativo de la ciudad, ciertamente, pero no carecía por completo de razón. Cualquiera de las personas que entonces estábamos en aquella explanada junto al Sena, los que habían estado en los siglos anteriores y los que estarán a partir de hoy sentían y sentirán una emoción parecida y tan dichosa.

Las grandes catedrales europeas, sean católicas, anglicanas, luteranas o de cualquiera otra confesión cristiana, sean románicas, góticas (especialmente éstas), renacentistas o modernas, no representan solo el ejemplo y el símbolo de una cultura de más de mil años sino la raíz misma de esa cultura: su esencia, su testimonio, su misterio, su ser. "No son únicamente los más bellos monumentos de nuestro arte, son los únicos que viven su vida integral, los únicos que permanecen en relación a la finalidad para la que fueron construidos", decía Marcel Proust. Es decir, una belleza asentada, henchida, grávida, fecunda.

Estamos tan habituados a la suntuosa presencia de las catedrales que apenas nos damos cuenta de ellas; en realidad, constituyen ya un rasgo de familiaridad solo porque forman parte de nosotros mismos. En Europa, una ciudad sin catedral parece vacía, inútil, desdeñable, inexistente. Y aquellas que poseen una, es decir, el sitio de la cátedra, de la ciencia, de la sabiduría, de la fe, incluso más allá que la simple sede del poder del obispo, pueden sentirse orgullosas de sí mismas, ya que son también el símbolo de su existencia misma. Por tal razón, también esas poblaciones que antaño fueron sólidas sedes episcopales y ahora solo son villas grandes alcanzan dignidad más alta si conservan su catedral. Por ejemplo, en España, Astorga, Ciudad Rodrigo, Calahorra, Tortosa, Tudela, Burgo de Osma, Albarracín y tantas otras.

En el resto de Europa, docenas más. En los meses pasados, y como súbita recuperación de desidia e indiferencia, se han publicado tres muy valiosos libros sobre catedrales, además de media docena de novelas que a ellas se refieren. A sus respectivos autores les cayó encima el mismo arrobamiento que hace cien años padeció el autor de El misterio de las catedrales, el misterioso Fulcanelli. Y cada uno de ellos, como es natural, se fija o insiste más en un aspecto de los muchos que cualquier catedral ofrece.

Julio Llamazares actúa sobre todo como escritor viajero, para lo que ha demostrado siempre mucho talento. En Las rosas de piedra explora casi medio centenar de estos templos de la mitad septentrional de España, y también sus aledaños y sus gentes. Parece que publicará otro libro, ojalá, con el resto meridional de las grandes iglesias españolas.

El segundo libro es del historiador y catedrático José Luis Corral, y presenta un título relativamente engañoso, El enigma de las catedrales. Porque no es un libro de hermetismos, de alquimia y de magias, asuntos muy imbricados en las catedrales, por cierto, como se vio con el citado Fulcanelli, sino de arquitectura y de explicación de asuntos mal conocidos, como es la intervención de mujeres en la construcción de los grandes edificios góticos, que son los que preferiblemente estudia el autor.

La tercera obra tiene un carácter más ecléctico y argumentalmente elástico y, si vale el palabro, más entrañable. Casi como un maridaje de los dos libros anteriores. La luz y el misterio de las catedrales, se titula, y es obra del arquitecto, dibujante y humorista José María Pérez. O sea, Peridis. Solo recoge, y es una lástima, explicaciones y halagos de siete grandes templos, algunos tardorrománicos, y son textos literariamente muy ricos, urdidos en torno a una serie de películas televisivas.

Es razonable motivo de gloria y de alegría que sigan vivasnuestras fastuosas catedrales en el corazón o en la curiosidad de la gente de hoy. Y que se gaste dinero en conservarlas. Y no resulta exagerado el comportamiento de algunos viajeros, como aquel con el que hace tres veranos tropecé en Amiens, frente al edificio gótico más grande de Francia, pespunteado de grandes estatuas bíblicas antaño policromadas. Contaba con mucho sosiego y convicción el turista que llevaba más de veinte años dedicando sus vacaciones exclusivamente a disfrutar de las grandes catedrales europeas. Una sabia pasión, desde luego.