Catalina de Erauso, la monja alférez

La donostiarra fue una novicia sin orden ni religión que huyó de la clausura en que vivían las mujeres del siglo XVII para correr mil aventuras como el más aguerrido y valiente de los hombres. Adoptó una apariencia masculina y, armada de espada y de valor, trajinó su suerte por el viejo y por el nuevo mundo, donde luchó como alférez en las Guerras de Conquista. 

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
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Se hizo llamar Alonso Díaz Ramírez de Guzmán, Francisco de Loyola, Pedro de Orive…: Pídenme el nombre y digo: el diablo. Siempre fue una persona problemática esta Catalina de Erauso, que es como la bautizaron cuando nació en San Sebastián, Guipúzcoa; según ella, en 1585. Al poco, con 4 años, la enclaustraron; pero con 15 se fugó del convento, tiró el escapulario y se mudó como un muchacho. Me corté el cabello, partí allí y acullá; me embarqué, aporté, trajiné, maté, herí, maleé, correteé…”. ¡Ni por mientes pensó nadie que fuese una chica aquel grumete!

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Atracó en América sin rumbo fijo: ejerció de mercader en Panamá y Perú, de soldado en Chile, de donjuán entre las piernas de las doncellas y de pendenciero doquiera tuviera unos naipes y la espada presta. Así se cargó a once hombres (escabechinas de mapuches aparte). Huyó de la justicia cruzando los Andes. Por una de sus muchas trifulcas le sometieron a tortura; por otra, le condenaron a la horca. Salvó el cuello de una enésima afrenta delatándose: “Que soy mujer”. Desde entonces, todos admiraron a la monja alférez. El rey la distinguió con una renta y el Papa, que la recibió en Roma, le dispensó su bendición para andar en hábitos de varón. De esta guisa se estableció como arriero en México, donde fue Antonio de Erauso hasta que se la llevó el diablo.

La daga y la pluma

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Catalina de Erauso fue una mujer de acción, no de letras, más diestra con la daga que con la pluma. Sin embargo, sus memorias constituyen uno de los testimonios más interesantes de la crónica de Indias, a medio camino entre la autobiografía picaresca y la novela de aventuras. El texto a continuación, publicado por la editorial Hiperión, narra el capítulo donde la protagonista hiere a su propio hermano de muerte. Valga decir como atenuante que fue un fraticidio involuntario y que el occiso nunca llegó a conocer la verdadera identidad de aquel vasco a quien todos creían castrado, porque a su bigote no se asomaban más que unos pelillos escasos.

“A mí me parece, señor, que no tengo otra cosa buena sino ser español”

Estábame quieto en la Concepción, y hallándome un día en el campo de guardia, entreme con otro amigo alférez en una casa de juego. Pusímonos a jugar, fue corriendo el juego, y en una diferencia que se ofreció, presentes muchos alrededor, me dijo que mentía como cornudo. Yo saqué la espada y entrésela por el pecho. Cargaron tantos sobre mí, y tantos que entraron al ruido, que no pude moverme. Entró el auditor general, Francisco de Párraga, y zamarreábame haciéndome no sé qué preguntas. Entró en esto mi hermano, y díjome en vascuence que procurase salvar la vida.

El auditor me cogió por el cuello de la ropilla; saqué la espada; cargaron muchos sobre mí, y me retiré hacia la puerta, allanando algún embarazo que había, y salí, entrándome en San Francisco, donde supe que quedaban muertos el alférez y el auditor. Acudió luego el gobernador, Alonso García Remón, y cercó la iglesia con soldados, y así la tuvo seis meses. Echó bando prometiendo premio a quien me diese preso y que en ningún puerto se me diese embarcación, y avisó a los presidios y plazas e hizo otras diligencias, hasta que con el tiempo, que lo cura todo, fue templándose este rigor, y fueron arrimándose intercesiones, y se quitaron las guardas, y fue cesando el sobresalto, y se fue cayendo en la urgente provocación del principio y en el aprieto encadenado del lance.

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A este tiempo, y entre otros, vino un día don Juan de Silva, mi amigo, alférez vivo, y me dijo que había tenido unas palabras con don Francisco de Rojas, del hábito de Santiago, y lo había desafiado para aquella noche, a las once, llevando cada uno a un amigo, y que él no tenía otro para eso sino a mí. Yo quedé un poco suspenso, recelando si habría allí forjada alguna treta para prenderme. Él, que lo advirtió, me dijo: Si no os parece, no sea; yo me iré solo, que a otro no he de fiar mi lado”. Yo me dije en qué reparaba, y acepté. En dando la oración, salí del convento y me fui a su casa. Cenamos y parlamos hasta las diez, y en oyéndolas tomamos las espadas y capas, y salimos al puesto señalado. Era la obscuridad tan suma que no nos veíamos las manos; y advirtiéndolo yo, hice con mi amigo, para no desconocernos en lo que se pudiera ofrecer, que nos pusiéramos cada uno en el brazo atado su lenzuelo.

Llegaron los dos, y dijo el uno, conocido en la voz por don Francisco de Rojas: “¿Don Juan de Silva?” Don Juan respondió: “¡Aquí estoy!“ Metieron ambos mano a las espadas y se embistieron, mientras estábamos parados el otro y yo. Fueron bregando, y a poco rato sentí que se sintió mi amigo la punta que le había entrado. Púseme luego a su lado, y el otro al lado de don Francisco. Tiramos dos a dos, y a breve rato cayeron don Francisco y don Juan; yo y mi contrario proseguimos batallando, y entrele yo una punta, según después pareció, por bajo de la tetilla izquierda, pasándole, según sentí, coleto de dos antes, y cayó. “¡Ah, traidor –dijo–, que me has muerto!” Yo quise reconocer el habla de quien yo no conocía; preguntele quién era, y dijo: “El capitán Miguel de Erauso”. Yo quedé atónito. Pedía a voces confesión, y pedíanla los otros.

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Fui corriendo a San Francisco, y envié dos religiosos, que los confesaron. Dos expiraron luego; a mi hermano lo llevaron a casa del gobernador, de quien era secretario de Guerra. Acudieron con médico y cirujano a la curación, e hicieron cuanto alcanzaron; luego hízole lo judicial, preguntándole el nombre del homicida; y como él clamaba por un poco de vino y el doctor Robledo se lo negaba, diciendo que no convenía, él porfió, el doctor negó y él dijo: “Más cruel anda usted conmigo que el alférez Díaz”, y de ahí a un rato expiró.