Cartagena y Alejandría comparten mar y poetas, una columna de Patricia Almarcegui

"Al final de la calle había una puerta metálica e intenté subirme por un lateral para mirar, pero no tenía donde agarrarme. Por encima sobresalían las copas de los árboles."

Columna de Patricia Almarcegui para Viajar.
Columna de Patricia Almarcegui para Viajar. / Ilustración de Raquel Marín

Hacía muchos años que no iba a Cartagena. La única vez fue de adolescente. Viajé desde Zaragoza en autobús y bailé con el Ballet Clásico de Zaragoza, dirigido entonces por Cristina Miñana, en el Nuevo Teatro Circo. En aquella época estaba preparando también un trabajo de poesía para la asignatura de literatura en el instituto. Tenía que elegir a dos poetas, y uno fue José María Álvarez. El poeta, perteneciente a la corriente de los Novísimos, había nacido y vivía en Cartagena.

Mi profesor lo conocía y me dio su número de teléfono. Lo llamé. Entre un ensayo y otro, y muy nerviosa. Nos vimos en un bar al lado del teatro y le dije cómo lo admiraba y cómo había ido viendo, escuchando, seguido a todos los autores que citaba al principio de sus poemas. Me pidió mi dirección para enviarme sus libros y me dio la suya. Me sorprendí cuando la leí. Vivía en la calle Kavafis. “No sabía que hubiera una calle con ese nombre en el país”, dije. No la había, me explicó, pero era tanto su deseo de vivir en ella que preguntó en el ayuntamiento si podía ponerle nombre a la calle donde había construido su casa y le dijeron que, si pagaba, podía darle el nombre que quisiera. Y le puso el nombre del gran poeta griego nacido en Alejandría, y cuyo mar Mediterráneo compartían. Álvarez lo había traducido para la editorial Hiperión (también lo haría con Hölderlin y Shakespeare) y la influencia fue definitiva en sus versos.

Cené enfrente del Faro de Navidad, visité de nuevo el poblado de la Algameca Chica y me bañé en la playa de Portús. Era Cartagena pero también era Alejandría

Hace unas semanas volví a Cartagena. Me invitaron a la sección literaria del festival La Mar de Músicas, que celebra ya su 29 edición. José María Álvarez acababa de fallecer. Y allí, en la habitación del hotel, todo volvió de pronto. Busqué la calle Kavafis en Google Earth y apareció una calle de casa bajas que terminaba en un amplio tejado rodeado de vegetación. Fui a la mañana siguiente. Al final de la calle había una puerta metálica e intenté subirme por un lateral para mirar, pero no tenía donde agarrarme. Por encima sobresalían las copas de los árboles. Caminé siguiendo el muro y rodeé la propiedad. Era grande, lindaba con las Vías Verdes del Barrio del Peral y seguía sin saber si era esa la casa del poeta. De pronto vi el nombre en la parte superior: Villa Gracia.

Y me acordé de un poema donde el poeta la citaba. Aceleré el paso, casi corrí, y volví a la puerta principal. Quería recorrer la propiedad de nuevo. Entonces se abrió una puerta y salió un joven. Me acerqué, “¿es esta la casa de...?”, pregunté, y no me dejó acabar la frase. “Sí”, dijo. “¿Quiere que avise a su mujer?”, y entró de nuevo sin que me diera tiempo a contestar. A los pocos minutos salió la fotógrafa Carmen Marí. Delgada, morena, de piel tersa y con el cabello recién lavado. Se excusó por no tener tiempo para atenderme, tan reciente la muerte del poeta, y le conté rápidamente qué habían significado sus versos.   

Fueron días cálidos, fraternos, de una costa y un mar deslumbrantes. Cené enfrente del Faro de Navidad, visité de nuevo el poblado de la Algameca Chica y me bañé en la playa de Portús. Era Cartagena pero también era Alejandría, José María Álvarez lo había escrito hacía tiempo: “En las noches de luna paseo por mis jardines / sobre el puerto contemplo las estrellas / y el mar en calma. / Ah cómo me recuerda Alejandría, / el aire trae los mismos / aromas y la misma frescura, / y a veces imagino que ante mis ojos / son sus alegres calles las que duermen”. 

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