Carta desde Lhasa por Alexandra David-Néel

La orientalista y exploradora francesa fue la primera mujer occidental en aventurarse por las inhóspitas montañas del Himalaya y entrar en la ciudad prohibida de Lhasa para estudiar la cultura tibetana.

Valiente y aventurera

Hay un pequeño Tíbet en Occidente y se encuentra en Dignes-les-Bains, en el gompa que Alexandra David-Néel (1868-1969) se construyó en los Alpes franceses. Un Himalaya para liliputienses que la orientalista bautizó Samten Dzong (fortaleza de la meditación) y decoró con los recuerdos de sus viajes por India, China, Corea y Japón. Como exploradora, la parisina fue realmente precoz: tenía dos años la primera vez que se fugó. Pero su gran evasión de adolescente fue a Holanda e Italia, donde se largó con las máximas de Epícteto y un impermeable como único equipaje. Esto fue antes de escaparse en bicicleta a España. Una decepción de hija para su madre beata, que siempre quiso tener un niño para ordenarlo obispo y se tuvo que conformar con Alexandra, la primera mujer occidental en ser recibida por el Dalai Lama y la primera también que puso los pies en la ciudad prohibida de Lhasa. El viaje que la llevó a la fama lo inició en 1911. Por entonces, la ex cantante de ópera estaba casada; pero, asqueada de la vida matrimonial, dejó a su marido en casa durante los ¡catorce años! que estuvo errando por Asia. En su peregrinaje místico, Lámpara de Sabiduría -así la llamaban los budistas- recibió las enseñanzas esotéricas de un anacoreta en una cueva a 4.000 metros de altitud, donde se instaló todo lo cómodamente que pudo. Viajaba a la inglesa, sin privarse de su ducha diaria en una bañera de cinc que sus sirvientes arrastraban por donde ella y Yongden -inseparable criado al que acabó adoptando- se aventuraban. Falleció con casi 101 años en su pequeño Tíbet de Dignes-les-Bains, poco después de renovar el pasaporte con la intención de dar la vuelta al mundo con su secretaria como chófer.

"La aventura será mi única razón de ser"
*Texto extraído de "Diario de viaje: Cartas desde la India, China y Tíbet", de Alexandra David-Néel. Ediciones B, 1999 (págs. 504-506).

Lo que iban a ser tres meses de travesía hasta Lhasa se convirtió en un arduo viaje de tres años vagando por Asia. Los extranjeros tenían prohibida la entrada, de modo que Alexandra David-Néel -que, poco amiga del corsé de sus coetáneas, viajaba ataviada con una túnica de lama naranja- tuvo que disfrazarse de mendiga para colarse en la ciudad santa: improvisó una peluca con pelo de yak y se embadurnó la cara con hollín y grasa. ¡Ni su marido Philippe la hubiera reconocido así! El siguiente texto corresponde a fragmentos de las cartas que le escribió a su esposo tras su llegada a la capital tibetana.

Lhasa, 28 de febrero de 1924. Queridísimo amigo, ha transcurrido bastante tiempo desde la última vez que te escribí y he hecho bastante camino durante este tiempo. Lo primero que te diré es que he realizado satisfactoriamente (tan satisfactoriamente como el más exigente puede soñar) el paseo que inicié cuando te mandé la última carta. Esa excursión se hubiera considerado sumamente audaz para un hombre joven y robusto, y el hecho de que una mujer de mi edad la emprendiera podría calificarse de pura y simple locura. Mi éxito, sin embargo, ha sido completo, aunque si me ofrecieran un millón para que repitiese la aventura en las mismas condiciones, creo que lo rechazaría. Te daré los detalles de mi viaje un poco más adelante, cuando pueda hacértelos llegar por una vía que me ofrezca garantías contra las indiscreciones oficiales y de otro tipo. De momento confórmate con saber que llegué a Lhasa hecha un auténtico esqueleto. Cuando me paso una mano por el cuerpo, encuentro apenas una fina capa de piel cubriendo los huesos. Aparte de eso, no estaba enferma al llegar, pero por aquí corre una especie de gripe y, después de aproximadamente una semana, el muchacho y yo la pillamos, él más fuerte que yo. La fiebre ha pasado, aunque seguimos teniendo una horrible tos acompañada de intensos dolores; con todo, no parece que sea grave. Lo más molesto es mi delgadez y mi estado general de debilidad, si bien hasta ahora no lo he notado mucho gracias a la ingestión de estimulantes. Debo recuperarme, dormir y comer durante un mes largo como mínimo cuando esté fuera del Tíbet, que no será antes de unas seis semanas, porque todavía queda por recorrer un trecho bastante largo desde Lhasa hasta la frontera, y a continuación hay que cruzar la frontera del Himalaya.

Ahora se plantearán varias cuestiones difíciles. Mis peregrinaciones han finalizado. Las he coronado dignamente, creo, con esta última excursión que me ha llevado a través de una región por donde, según las mejores informaciones,ningún viajero de raza blanca ha pasado jamás y donde los propios tibetanos apenas se adentran, debido a la mala reputación de las tribus que la ocupan. Voy hacia la India, y todas mis colecciones, mis libros, mis objetos de toda clase están en China... Esta vez no se trata de cosas bien embaladas y a punto para ser enviadas por barco, como los que tú recibiste, sino de múltiples paquetes postales depositados en la legación de Pekín, en el Banco de Shanghái, en casa del obispo, en Yunnan-fu, en casa de misioneros franceses de Sichuan y en más sitios... Hay sesenta o más, sin contar con el grueso del equipaje. Todo ello representa una cantidad de dinero considerable y una cantidad más considerable aún de esfuerzos y dificultades para recoger los libros, manuscritos antiguos y diversos objetos interesantes desde el punto de vista del orientalismo. ¿Tendré que regresar a China para embalarlo todo después de haber agrupado los paquetes?... Tal vez sea indispensable. Había pensado ir por tierra, pasando de la provincia de Assam a Yunnan, pues podría resultar económico ahora que el precio de los pasajes por mar es exorbitante; pero dudo que mis fuerzas me permitan actualmente afrontar un viaje tan fatigoso y tan largo a través de regiones donde reina la guerra civil y el bandidaje. [...]

12 de marzo. [...] Planeo marcharme de Lhasa en breve. La ciudad no tiene mucho interés. Estoy harta de visitar lamaserías, ¡he visto tantas!... El famoso templo del Djo-o no tiene nada de maravilloso. La decoración interior del palacio del Dalai Lama, muy lujosa en algunas estancias, es toda de estilo chino, pero no tiene nada particularmente especial. En la ciudad, los comerciantes exponen montones de cacerolas de aluminio como si fuesen objetos exóticos... resulta más bien desconcertante. De todas formas, Lhasa no despertaba en mí ninguna curiosidad. He venido porque se encontraba en mi camino y también porque es un juego muy parisiense para aquellos a los que se les prohíbe entrar. Lo que me ha entusiasmado es la visita a lo que se les pueden llamar los valles cálidos de un país frío. He visto un Tíbet que los exploradores no conocen, he contemplado paisajes extraordinarios que superan en esplendor todo lo que he visto en el Himalaya y fuera de él, y he podido prender en mi bolsa una rama de orquídeas silvestres en flor en el mes de enero. ¿Quién piensa en un país así cuando se habla del Tíbet glacial que bordea el Himalaya o el Turkestán chino? Solo se nos ha hablado de ese, y yo misma no conocía otro, aparte de la región de Kham. Creo que, hoy por hoy, de todos los viajeros blancos soy la que conoce mejor el Tíbet.

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