Valencia: qué bonita eres.
Valencia: qué bonita eres. / Istock / fcafotodigital

Carta de amor a Valencia, mi añorada terreta en la que volverá a brillar el sol

Hoy que tu paisaje nos muestra una herida dolorosa tras la DANA, recordamos todo por lo que eres, y serás, uno de los lugares más especiales del mundo.

Hoy te miro y siento que mis palabras no pueden alcanzar toda la tristeza que se acumula en tus calles y en tus preciosos pueblos. Una imagen que quiero borrar porque, cuando pienso en ti, te imagino repleta de naranjos, de palmeras, de fincas de olivos y mucho olor a Mediterráneo. Y es así como eres: siempre tan valiente, tan abierta, tan dispuesta a enfrentarte a todo lo que viene con una sonrisa. 

Hoy asisto, dolido y aterrado, al silencio de tus calles con imágenes que me desgarran y me preocupan. Esas calles que tanto echo de menos cuando me tengo que despedir de ti, mi siempre querida y añorada terreta, que hoy comparte el sufrimiento con tantos otros pueblos y provincias de España. Vuelvo a tus calles, a tus pueblos, a tus olores y tus colores, a tu luz y a tus paisajes para recordarte que, pase lo que pase, volverás a brillar como solo tú sabes hacerlo.

Tú, tan Mediterránea y tan bonita.

Tú, tan Mediterránea y tan bonita.

/ Istock / MEDITERRANEAN

Basta con recordarte con el latido de tus pueblos, a los que tapiza un manto de naranjos y arrozales que abarcan hasta donde nos da la vista. Con tus domingos por la tarde frente al mar con la brisa acariciándote la cara. Con tus imponentes montañas que custodian algunos de los paisajes más bonitos del planeta. O con esa forma de vida que te hace tan única, esa que solo el Mediterráneo es capaz de alumbrar. 

Eres fuego y color, ese que tan orgullosa muestras al mundo cada año, cuando tus calles se convierten en una celebración repleta de vida, colores y alegría. Eres tus fallas, tus falleras y tus siempre imponentes monumentos falleros. Pero también tus Hogueras de Alicante, a las que el calor del verano acompaña con sus famosas bañás. Y eres, siempre, tus mascletás capaces de erizar la piel. 

Volveremos a sentir el rugir en tus calles.

Volveremos a sentir el rugir en tus calles.

/ Istock

Eres una tarde cualquiera paseando por tus calles, un esmorzaret infinito con amigos, una horchata con fartons, una terraza repleta y un pasadoble tocado por una de tus tan queridas bandas de música. Y eres, sobre todo, el olor de la paella un domingo cualquiera rodeado de tu familia. Eres, y serás siempre, la más bonita de todas las comunidades: esa a la que siempre se quiere volver, la que no se olvida y la que recibe, siempre, a todo el que la visita con los brazos abiertos. 

Eres tu Albufera, con sus imponentes paisajes de arrozales, lagunas y bosques; tu Pou Clar, que siempre sorprende con sus cristalinas aguas; tus Islas Columbretes y tu Sierra de Mariola, donde se suceden algunas de las rutas más apetecibles del mundo. Y eres siempre, tus playas, que aparecen ante nuestros ojos como un paraíso esculpido por los mismísimos dioses. Eres la Granadella, la Devesa, la Racó de Mar, o la de Terranova. Pero también eres el Postiguet, la Malvarrosa o la Playa Norte de Peñíscola.  

Y recordamos tu preciosa Albufera, donde el tiempo se detiene.

Y recordamos tu preciosa Albufera, donde el tiempo se detiene.

/ Istock / Justino Bordallo

Pero eres, ante todo, tus pueblos. Eres Picanya, Catarroja, Torrent, Alfafar, Sedaví, Aldaia, Utiel, Massanassana o Llombai, que viven en estos días el dolor de la pérdida y a los que volveremos para abrazar y recordar todo lo bonito de nuestra tierra. Y eres, también, Chulilla, Xátiva, Guadalest, Altea, Sagunto, Bocairent o Denia, los pueblos que demuestran al mundo que vivimos en “la millor terreta del mon” con su belleza, su gastronomía y su tan cuidada cultura. 

Y así te recuerdo: como uno de los lugares más bonitos del mundo.

Y así te recuerdo: como uno de los lugares más bonitos del mundo.

/ Istock / David Marfil

Y es que, a pesar de que el cambio climático nos esté trayendo algunas de las situaciones más dolorosas de los últimos años en nuestras tierras, hoy venimos a recordarte que volverán a resonar los ecos de las fiestas y de la música en tus calles. Que tus lindes volverán a recibir a quienes van en busca de la paz en tus aguas, tus campos, tus montes y tu cielo. Y, sobre todo, que volveremos a reunirnos en torno a una mesa para recordar todo esto como una lejana pesadilla que, como siempre hacemos, habremos convertido en una anécdota. Porque, ahora más que nunca, es preciso recordar que no hay agua que pueda apagar el fuego de tus calles.  

De mi para mi queridísima y añorada terreta, a la que deseo que vuelva a brillar otra vez con más fuerza que nunca. 

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