Carne de turista, por Jesús Torbado

Jesús Torbado

Con la primavera volvieron a removerse los cimientos del placer viajero. Muchos descerebrados, muchos canallas encuentran fácil utilizar al turista como herramienta de su voracidad y su locura. Y ya ni siquiera guardan las formas de andar por la vida como asaltantes de caminos, ladrones, bandidos. Ahora se disfrazan también con la deleznable túnica del patriotismo o de la religión, con lo cual creen que sus actos son justificados.

Lo de Brasil vibra en todo su esplendor mientras escribo. Se dice que el compañero Lula, el metalúrgico amante de los vinos de precio, quiere tomarse la revancha contra los españoles y aprovecha no sólo para cerrar el paso a turistas sino incluso para retener durante horas a infortunados pasajeros de un avión en estado de emergencia. Las delicadezas políticas, la higiene sectaria de algunos periódicos y radios enrolados en el progresismo ambiente confundieron con su griterío los hechos, relatando verdades a medias y mentiras completas. Todo juicio, pues, debe mantenerse sub specie de información veraz. Mas da la impresión de que una guapa brasileña que llega a Barajas sin dinero, aduciendo novios que le han reservado un hotel impreciso, no es lo mismo que la pareja que aterriza en Bahía en un chárter públicamente conocido para pasar sus nueve días/siete noches de vacaciones.

Brasil es un país precioso, claro, aunque no más atractivo que otros. También un país donde te roban la cartera o el sombrero al menor despiste y nunca sabes lo que esconde una sonrisa artificial. Es posible sobrevivir sin viajar a Brasil, sin dejar allí los ahorros del año. Quizás llega el momento de que el ingenuo turista tome represalias contra países en los que su viaje se torna demasiado azaroso o en el que las autoridades y los indígenas lo tratan de malas maneras. Como en Brasil ahora, a cuenta de esas injustas expulsiones a la llegada. O como Egipto y Marruecos, con sus nubes de mendigos, policías corruptos o comerciantes tramposos.

En muchos, los riesgos son cada vez mayores. Los atracos y secuestros se citan con frecuencia. Por ejemplo, en Colombia y Venezuela todo el mundo lo sabe. Pero también en México, en Guatemala, en la República Dominicana fuera de los guetos de los resorts de lujo. Todos los países llamados occidentales mantienen en sus ministerios de Exteriores listas de lugares no aconsejables según qué momento. O siempre.

Un viajero avezado y voluntarioso suele pasar por alto tales listas y los problemas que le anuncian. Así, en Túnez secuestraron en febrero a dos austríacos y en 2002 mataron en Yerba a 19 turistas europeos. En julio pasado asesinaron también a ocho españoles en Yemen y luego a dos belgas en enero de este año. En diciembre último acribillaron a tiros, mientras comían junto al camino, en Mauritania, a cuatro viajeros franceses, dos de ellos niños. En Egipto han sido recurrentes las matanzas. En Argelia, los islamistas tomaron como rehenes a 32 europeos en el año 2003. Y se podría seguir la penosa lista.

Como se trata de asuntos delicados, políticamente incorrectos (caso de Brasil), los turistas convertidos ya en carne de bandidos o de políticos se desvanecen de los noticiarios, como si hubiesen hecho un viaje efímero a un tanatorio perfumado. Salvo que el suceso sea tan escandaloso como el de nuestros compatriotas sacrifi cados en Yemen. Las agencias de viajes procuran disimular o mirar a otra parte, porque su negocio consiste lógicamente en trasladar a la gente, vaya donde vaya y tenga el capricho que tenga.

Pero quizá ha llegado la hora de tomar precauciones y de pagar con la moneda del desdén a quien ofende tanto al ingenuo turista.