Capital del mundo por Mariano López

Shanghái es la ciudad símbolo de la nueva China: joven, pujante, superpoblada, hiperactiva.

Mariano López

Shanghái fue el puerto más importante de Asia y ahora, con la Expo, ha dado un gran paso para volver a serlo. En el siglo XVI, sus almacenes ya estaban llenos de algodón, telas, perlas y porcelanas. Dicen que fueron los españoles los primeros que llenaron las naos con tesoros de Shanghái y pagaron la carga con opio, la droga de la planta adormidera que florece en mayo, a la que los chinos llamaron o fu jung -"veneno negro"- y los ingleses god''s own medecine -"la propia medicina de Dios"-. Trescientos años después los ingleses dominaron el engaño. Los tesoros de Shanghái eran muchos y el opio una moneda barata para comprarlos. Barata y tóxica.

La adicción a la droga se extendió como una auténtica peste por los garitos, los fumaderos, las casas y las calles. Hubo miles de muertos, todos chinos. El emperador Daoguang rogó por carta a la reina Victoria que no comerciara con drogas, pero la soberana no se conmovió. El gobierno chino prohibió el consumo de opio, se opuso al trueque de la seda por la droga y entonces la reina envió su artillería. Los buques de guerra británicos hundieron de una sola descarga a toda la armada de juncos china. La primera guerra del opio duró poco y se saldó con unos tratados llamados ya en su época "desiguales"; la segunda guerra, causada por los mismos motivos, amplió los agravios. Gran Bretaña ocupó la mejor parte del malecón de Shanghái; Francia se instaló en otra zona próspera de la ciudad, también cerca del río. En el año 1869, los ingleses crearon en Shanghái el parque Huangpu, en el que colgaba un cartel que prohibía la entrada a perros y a chinos. El cine ha dibujado una imagen fascinante de aquel Shanghái, habitado por mafiosos orientales con trajes de raya diplomática, narcotraficantes de refinada maldad, vampiresas de ajustados quimonos, marineros, prostitutas, cabarés con farolillos rojos en la puerta, mercados de gremlins y nidos de espías.

Todas las revueltas de China se cocinaron en esta ciudad. En Shanghái nacieron la Sociedad de la Pequeña Espada, la Sociedad para la Recuperación y la Liga de Sun Yat Sen. También en Shanghái se celebró el primer congreso del partido comunista chino y se firmaron sus estatutos. En la misma urbe donde, el pasado mes, a las puertas de la Expo 2010, un dirigente del partido y del gobierno chinos afirmó que el Estado, en la China actual, no debe inmiscuirse en los asuntos de la economía.

Shanghái, de nuevo, es una de las ciudades más importantes del mundo. Su avenida Nanjing posee más comercios, luces, animación y tecnología que la Quinta Avenida de Nueva York. El Pudong, el barrio del otro lado del río, cuenta ahora con un skyline, una línea de rascacielos, más espectacular o casi que la de Hong Kong. A uno y otro lado del río Huangpu, que comunica a la ciudad con el mar, se levantan la torre más alta de China y la mayor cúpula construida por el hombre. Más que Pekín, Shanghái es la ciudad símbolo de la nueva China: joven, pujante, superpoblada, hiperactiva. Ahora ha organizado una gran fiesta para presentarse en sociedad, ante todos los pueblos del mundo: la Expo 2010. Con una feria universal, como la que dejó en París la Torre Eiffel, Shanghái ha comenzado su carrera para ser la capital del mundo. Lo será. En el siglo XXI o en el XXII, no hay prisa. De momento, la ciudad vive una Expo espectacular. Como dice un gran proverbio chino: "Disfruta hoy; mañana es tarde".