Canfranc, crisis, nostalgia y decadencia, por Carlos Canicero

La inmensa estación de Canfranc permanece encerrada en el abandono de los sueños incumplidos.

Carlos Canicero
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Foto: Ximena Maier

Cuando era niño tuve ocasión de recorrer con detenimiento muchos rincones del Pirineo aragonés. El epicentro de esos descubrimientos se situaba en Canfranc Estación. Entonces, poco más que un poblado que arropaba la inmensa y majestuosa estación ferroviaria que estuvo destinada a terminar con nuestro aislamiento, uniéndonos a Europa a través del formidable túnel de Somport que desembocaba en Francia. Las vías españolas, dicen que se hicieron más anchas para conjugar el maleficio de la invasión napoleónica. Al otro lado del túnel no había nada excepto Francia, que era una abstracción misteriosa desde el universo del franquismo. Todo sigue igual pero decadente, como el atrezo de una película inacabada. Al pueblo-estación se accede por la carretera que une Jaca con Canfranc. Después de pasar la Torre de Fusileros, construida en el último tramo del siglo XIX como parte del sistema defensivo que tenía su epicentro en el Coll de Ladrones, se llega al pueblo por sorpresa, después de atravesar un túnel.

Todo sigue prácticamente igual que hace cuarenta años. Sigue el Universo, un bar y casa de comidas en donde almorzábamos los días que no estábamos siguiendo cabras por el monte. Y después, envuelta en el valle, la inmensa estación de Canfranc, encerrada en el abandono de los sueños incumplidos. Solo permanece abierto el pequeño sector que permite arribar los trenes que llegan desde Zaragoza. El resto es una catedral de vacíos imposibles de visitar. Todo intento de rehabilitar este paso fronterizo para abrirnos a Europa fue baldío. Y los proyectos para aprovechar el edificio han resultado fallidos. Fue inaugurada el 18 de julio de 1928 por Alfonso XIII. El resultado actual es la decadencia más absoluta. Ni siquiera se han ofertado disimulos para ocultar el declive. Puertas clausuradas con tablones, como si quisieran burlar ocupas que no existen; alambres de espinas y tristeza envuelven la estación que dejó de servir para cruzar a Francia en 1970, cuando un tren descarriló en lado francés, destruyendo el puente de ‘Estanguet, interrumpiendo el servicio para siempre.

El único rastro de modernidad en la ruta hacia el balneario de Panticosa es el helipuerto que alberga al equipo de salvamento de montaña. Naranja chillón, el aparato grita salvación en medio del paisaje, donde los sarrios, si uno tiene paciencia para verlos, escarpan el paisaje para limpiar los matojos. Al final del empinado camino se llega al balneario, que se remonta a la época romana. Su último intento de resurrección lo llevó a cabo Luis Nozaleda, un indiano asturiano que vino desde México al calor del ladrillo hasta que este le devoró. Invirtió, trabajó y se arruinó. Ahora Panticosa forma parte del escenario de decadencia que generan los proyectos imposibles. La grandeza de sus instalaciones, la pretensión de su lujo y el peso de su historia han sumido al balneario en concurso de acreedores. Los bancos no creen en el beneficio de las aguas termales ni en el prestigio del turismo y escatiman medios para que los huéspedes colaboren en el pago de las deudas. Es ahora el gran hotel un recinto fantasma en donde encontrar un camarero para tomar café es tan difícil como evitar que apaguen la calefacción en la madrugada.

Nostalgia de cuando éramos más pobres, menos pretenciosos, pero más felices. Creo en la maldición aragonesa que ha propiciado la ubicación geográfica en medio de la nada. No tengo mucha confianza en la rehabilitación de una idiosincrasia que nos empuja a hacer las cosas a medias. Miro de nuevo la estación de Canfranc, a la sombra del Collarada, el pico que domina los valles franceses y españoles. Tal vez pesa demasiado este macizo hermoso como para permitir crecer los sueños. Volveré para saber si mis vaticinios están equivocados.