Candados en las montañas, por Javier Reverte

Un amigo me ha propuesto dar la vuelta al mundo por tierra sin tomar un solo avión. Y comenzamos a mirar un mapa...

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Hace cosa de veinticinco años, no recuerdo en qué libro leí una frase que me llamó la atención.: "Ahora que las fronteras están casi todas abiertas y que hay muchos vuelos baratos, ¡aprovechad y viajad!". Acababa de concluir la Guerra Fría, el muro de Berlín había caído y en Moscú avanzaba la Perestroika. Las sórdidas aduanas que cerraban las puertas de medio mundo, de pronto se disolvían como azucarillos. Los ciudadanos del planeta querían conocerse los unos a los otros, indagar en las culturas y creencias ajenas. El integrismo islámico apenas se vislumbraba. Y países que habían permanecido cerrados durante siglos, como nuestra España, abrían sus puertas a los aires de afuera, al tiempo que los españoles se convertían en devoradores insaciables de catálogos de las agencias de viaje.

Mi generación había viajado por medio mundo con la mochila a cuestas. Solo por medio mundo, claro, porque el otro medio estaba cerrado. Si ahora miro uno de mis pasaportes de aquellos, me puede dar tanta pena como risa: en ellos se especificaba cuáles eran los países a los que el Estado español te prohibía viajar. El lector puede imaginar fácilmente cuáles podían ser: los de la órbita comunista. Lo triste y cómico del asunto es que para prohibirte ir a la URSS o a China, por ejemplo, no se tomaba en cuenta si los soviéticos o los chinos te iban a vetar o permitir la entrada. Así era el franquismo, un régimen que, entre otras cosas, tenía prohibido el suicidio. Imaginen...

Pero en los 80 del siglo pasado todo cambió y en España, que había alcanzado un relativo nivel de pujanza económica, vivían muchos ciudadanos, de cualquier clase o condición, hambrientos de conocer mundo. A nadie le interesaba aquel eslogan de Fraga que rezaba que España es diferente porque los españoles no queríamos ser diferentes. Y lo mismo las amas de casa que los intelectuales, los obreros del metal que los ingenieros de Caminos, los funcionarios que los mecánicos se echaban a los caminos del mundo con anhelo de conocerlo. Ahora, por ejemplo, mi madre, que había nacido en 1917 y padecido la guerra y pasaba de los sesenta años de edad, viajaba sin pausa con un grupo de amigas de la misma quinta. Ahorraba todo el dinero que podía para largarse a cualquier rincón de la Tierra.

Y de pronto ahora, aunque los vuelos siguen siendo baratos y existen las llamadas compañías aéreas de low cost, el mundo empieza a cerrarse y crecen los muros de las fronteras. A mí me dan pavor las imágenes de vallados como los de Melilla o, más lejos, los de la frontera de EE UU con México. ¿Son el preludio de un mundo repleto de alambradas? Y pienso en los peces y en las aves que recorren océanos y cielos sin fronteras. Envidio a las gaviotas y a los atunes.

Hace poco, un amigo me proponía dar la vuelta al mundo por tierra y usando de autobuses, trenes, caballos y barcos, sin tomar un solo avión. No estoy muy decidido, pero comenzamos a mirar un mapa, por curiosidad. ¿Y cómo cruzamos Siria, Irak y Afganistán?, ¿y cómo entrar en el Tíbet?, ¿y podemos recorrer Egipto e Israel sin que nos pongan de patitas en la frontera?, ¿y qué hacemos con el norte de Mali y Mauritania?... y así.

A este paso, solo nos van a quedar Benidorm, las islas Seychelles, la Riviera Maya y Tailandia. Y los viejos libros de viaje, claro.

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