Camilo José Cela, el gallego más universal

El Nobel de Literatura fue un viajero de mochila al hombro que anduvo incansable por tierras peninsulares, desde la Galicia donde nació hace cien años hasta el sur andaluz y los paisajes castellanos y pirenaicos.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
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Foto: Viajar

"Soy gallego y así lo pregono orgullosamente, y no me imagino que pudiera haber nacido en cualquier otro lugar del mundo que no fuese Iria Flavia, la aldea en la que empecé a respirar hace ya algunos años". En 1916, el 11 de mayo. La rama paterna de Camilo José Cela era toda gallega; por su segundo apellido, Trulock, se deduce que la madre era extranjera, medio italiana, medio inglesa. Su infancia en la ría de Arosa fue feliz. "Aprendí fabulosas historias de la familia, marinos que habían dado la vuelta al mundo, abuelos que construían ferrocarriles en la India...". El Bachillerato lo cursó en la capital: "Allí descubrí el asfalto y la libertad". Con vocación gamberra desde pequeño, le expulsaron de tres colegios; por las facultades de Medicina y Derecho estuvo de paso; asistía como oyente a clases de Literatura de vez en cuando. Fue soldado en la Guerra Civil, censor y censurado con Franco, senador y padre de la Constitución, la Q de la Real Academia, editor, pintor, marqués y actor; a torero y a cantante de tangos no llegó. El Nobel y el Cervantes sí los consiguió, y no solo por La familia de Pascual Duarte: escribió poesía, teatro, diccionarios... y narrativa de viajes: "Me aburría de estar en Madrid, y entonces lo que hacía era coger la mochila y echarme al camino. Como iba tomando notas, al final salía un libro". Cruzó el charco para dictar conferencias y ambientar alguna novela. Pero lo lejano no le atraía; como los viajeros del 98, se recorrió la Península de abajo arriba. Un viaje que acabó donde empezó, cuando le enterraron en su querida parroquia de Padrón en 2002. "¡Viva Iria Flavia!" fueron sus últimas palabras.

Viaje a la Alcarria (1948) fue el primer "libro de andar y ver por nuestra España vieja" que escribió Camilo José Cela -le siguieron otros 16: Del Miño al Bidasoa,Judíos, moros y cristianos,Viaje al Pirineo de Lérida... -. Entre el 6 y el 15 de junio de 1946, el entonces rubio y espigado autor recorrió las tierras alcarreñas en fatigosas caminatas con morral a la espalda; cuarenta años después las repitió en Rolls Royce. El texto a continuación corresponde a un fragmento de esos primeros vagabundeos por pueblos como Torija, en cuyo castillo el libro y el viaje tienen dedicado un museo.

 

 

"El escritor, aun el que más sedentario pudiera parecer, es siempre un irredento vagabundo y ese es su mayor timbre de gloria y libertad"

El camino se ha hecho para andar y el sentarse al borde del camino, a hablar con la gente, acaba enviciando.

A poco de salir de Durón, antes de llegar al empalme del Tajo, se le echa la noche encima. La oscuridad llega deprisa, casi precipitadamente.

En el empalme, una pareja de la Guardia Civil le pide los papeles.

—¿A dónde va usted de camino a estas horas?

—Quería acercarme hasta Pareja.

—¿Hasta Pareja? Se va a tirar toda la noche andando; hay más de tres leguas, cerca de cuatro. ¡Allá usted! La documentación está en regla...

El viajero y la Guardia Civil andan juntos durante una hora, hasta el puente.

—Nosotros nos quedamos. A Pareja se va todo seguido. En el primer cruce tire usted a la derecha, en el segundo métase a la izquierda.

—Muchas gracias.

—No hay de qué.

Los tres hombres se sientan a fumar un pitillo. Los guardias son simpáticos. Uno es viejo y bigotudo, con aire de guardia civil de tiempo de García Prieto, y cuenta chistes verdes, de una procacidad trasnochada. El otro es joven, casi barbilindo, ponderado, serio, silencioso. A la luz de la Luna, el grupo tiene, probablemente, un aire extraño y fantasmal.

—¿Le molesta a usted, Torremocha? Si le molesta, me callo.

En las palabras del guardia civil de los mostachos queda temblando como un vago deje de burlona y cachondilla ironía.

—No, señor Pérez, siga usted.

El señor Pérez se siente en la obligación de explicar:

—Es que aquí al amigo Torremocha, ¿sabe usted?, se le tornaron las aficiones con el Glorioso Movimiento Nacional. Cambió el servicio de los santos por el servicio de las armas, y para mí que se quedó entre Pinto y Valdemoro.

[...]

 

 

El guardia Pérez se atusa el bigote y chupa del pitillo. Con el mosquetón en bandolera y pidiéndola célula a los caminantes por las carreteras de la Alcarria, el guardia Pérez es un hombre que vive de recuerdos.

Kilómetro medio o dos kilómetros más adelante, en el cruce que lleva a Chillarón del Rey, el viajero desdobla su manta y se echa a dormir al borde de la carretera, al pie de un espino. No hace frío ninguno. La noche está en calma y estrellada. Una lechuza silba desde un olivo y un grillo canta entre los cardos. El viajero, que está cansado, pronto se duerme con un sueño tranquilo, profundo, reparador...

Se despierta aún de noche, bebe un trago de vino, se come dos naranjas y un tranco de pan y echa a andar, quizá más fuerte que nunca, sin notar ni el morral, ni las piernas, ni el camino.

Le sorprende el primer claro del amanecer a la vista ya de Pareja, en un terreno de buena vega y bien cultivada, en un campo rojo de arcilla, lleno de huertas entre las que se ve, de vez en cuando, algún ladrillar con las gentes ya afanadas al trabajo.

Pareja es un pueblo industrioso y grande, con casas nuevas al lado de otras en ruinas y una fonda en la plaza principal. La plaza es amplia y cuadrada, y en el centro tiene una fuente de varios caños, con un pilón alrededor, y un olmo añoso -olma le llaman, porque es redondo-, copudo, matriarcal, un olmo tan viejo, quizá, como la piedra más vieja del pueblo.

 

 

En torno a la fuente, las mujeres aguardan para llenar sus cantarillos y sus botijos. Las mujeres llevan el cántaro en la cadera y una caña hueca al hombro; la caña la usan para guiar el agua que cae de la fuente, a dos varas del borde del pilón. Las mujeres de Pareja tienen una rara maestría en cazar -o mejor, en pescar- el agua sin que se les caiga una gota.

El viajero entra en la fonda; quiere desayunar algo caliente, lavarse y después sentarse a descansar un rato. La fonda tiene unas mecedoras que cautivan y unas chicas coloradas, simpáticas, gorditas, que ríen mientras trajinan afanosas de un lado para otro; llevando unos cacharros, vaciando un orinal, limpiando el polvo de los muebles, haciendo una cama, fregando el suelo, todo al mismo tiempo, todo en desorden, todo con alegría. Una de las chicas se llama Elena y la otra María. El viajero, mientras ve hacer a Elena y a María, nota que le invade un sopor optimista. El desayuno, realmente, está muy bueno. Chillan los gorriones en el olmo de la plaza, ante el balcón abierto lleno de macetas de geranios, y un canario amarillo canta en su jaula, erizando las plumitas de la garganta. Un gato duerme al sol, dentro del cuarto, en la esquina de la esterilla de esparto, y un niño pequeño mea gloriosamente, desafiadoramente, desde el balcón. [...]

A la hora del almuerzo, el viajero comió con apetito y muy abundantemente. Elena y María eran dos buenas amas de casa. El viajero comió sopas de ajo, con dos huevos escalfados, pescadilla frita, que estaba algo pasada, y una pierna de corderito con ensalada de tomates y lechuga.

[...] Hace buena temperatura y el estómago está lleno de nobles y antiguos manjares, de bocados históricos y vetustos como campos de batalla. Si no fuera porque se ha propuesto -y no hay, o no debe haber, quien lo apee de la burra- no dormir nunca dos días seguidos en un mismo pueblo, el viajero hubiera sentado sus reales en Pareja, en la fonda de la plaza, y no se hubiera movido de allí en los días de su vida.

Texto extraído de Viaje a la Alcarria, de Camilo José Cela.

Austral, 2010.