Cambios, sueños, novios y viajeros

Los españoles hemos ido modificando nuestro comportamiento viajero durante los últimos cuatro años. Si en el 2002 un millón de españoles cruzó las fronteras para disfrutar de sus vacaciones, en el 2005 fuimos cinco millones.

¿Viajamos mucho los españoles? Los datos de los últimos años indican que el comportamiento viajero de los españoles se ha modificado como no lo había hecho en las décadas anteriores y han alterado el patrón que indicaba que el español medio viajaba en agosto, a un punto del litoral mediterráneo, en su coche, con su familia, 14 días, a un apartamento o chalé propio o prestado por familiares o amigos, con el propósito de no moverse del sitio. Ahora la mayoría continúa adscrita al mismo perfil, pero se han registrado cambios que obligan a suponer que en algo ha variado el modelo. Por ejemplo, el número de españoles que viaja al extranjero. Hace cuatro años, un millón de españoles cruzó las fronteras para disfrutar de sus vacaciones; este año han sido cinco millones. La fortaleza del euro, la reducción de los precios de los billetes de avión y el desarrollo del mercado de cruceros son algunos de los factores que podrían explicar el cambio, junto con el interés de las ofertas desplegadas por los mayoristas y la fuerte presencia de empresas hoteleras españolas en el Caribe. Pero sólo en parte. Porque estas transformaciones económicas no habrían afianzado la demanda de grandes viajes sin un cambio paralelo en los usos sociales. ¿A qué pareja se le ocurre, ahora, irse de luna de miel a Palma de Mallorca? Demasiado cerca. Ahora se viaja a la Riviera Maya, Bali, Vietnam, Suráfrica o la Polinesia.

Precisamente los viajes de novios suelen ser el primer y más usual banderín de enganche a los grandes viajes. Las jóvenes parejas mantienen la tradición de gastar una fortuna en la celebración de su compromiso y amplían la felicidad de esos días con un viaje en el que tampoco se repara en gastos. La luna de miel es, en muchos casos, la primera gran experiencia viajera de los españoles y convierte las emociones vividas en tiempo tan especial, en otros lugares, en una aspiración que cuando se concreta tiende a convertirse en una adicción, cada año renovada. Viajar, invertir dinero en viajes, se sitúa en las encuestas como uno de los principales deseos de los españoles. Para muchos es algo más que un sueño y coincide con las palabras de Stevenson: "Viajar es una necesidad, vivir no". Un mayorista de viajes británico, Airtours, explicaba en un informe que las agencias tenían que considerar hasta qué punto había cambiado su público objetivo. A juicio de los expertos de esta empresa, un inglés tipo de 40 años había cruzado 15 veces, como mínimo, el Atlántico, conocía los aviones mejor que el jardín de su casa y era capaz de descubrir por Internet combinaciones de viaje más conformes a sus gustos y necesidades que las que le proponían las agencias tradicionales. Los españoles aún estamos lejos de ese patrón de viajero. Las razones de fondo son económicas. Los niveles de desarrollo y las capacidades de consumo en España aún presentan claras desigualdades regionales y no incluyen grupos sociales, como los estudiantes o los jubilados, que en otros países, con más ofertas y mayores niveles de renta desde hace años, se constituyen en importantes agentes de la industria del viaje. La economía manda también en nuestros sueños. Una consultora francesa demostró, hace un par de años, la relación que existía entre la incertidumbre laboral y la tendencia a realizar viajes breves pero intensos. Pero fue la misma consultora la que concluyó que el factor determinante para apreciar la propensión a viajar de un individuo no estaba en sus recursos sino en su formación: a mayor nivel de estudios y de información, mayor era la tendencia a viajar cada año y, repetidamente, a lo largo del año. El dinero operaba, eso sí, a la hora de decidir el medio de transporte, el nivel de alojamiento y el destino. Sólo queda lejos de toda explicación razonable la unanimidad de los viajeros españoles a la hora de expresar el motivo de su viaje: la encuestas siempre dicen que el primer objetivo es "descansar". Da igual el destino elegido. Se viaja, siempre, para "descansar" y, al parecer, se descansa lo mismo en un apartamento en la playa que en Nueva Guinea o en el Transiberiano. En la India, en el amplio panteón de dioses hindúes, hay uno que protege a los viajeros porque es el dios de la curiosidad. Aquí habrá que convenir que o están mal las encuestas o el santo protector de nuestros viajes es el mismo que el de nuestras siestas. Con todo, viajamos. Por la razón que sea. Cada vez más. Este año que acabamos de empezar nos va a proponer largos y fecundos viajes. Para conocer, sentir, explorar, descubrir y vivir más. Y también para descansar. En Benidorm o la Patagonia. Da igual. El caso es viajar.