Cabo de Hornos por Javier Reverte

Los marineros que logran doblar el cabo navegando a vela tienen derecho a colocarse en la oreja un aro de metal.

Javier Reverte
?Muchos de quienes, al dejar atrás la infancia, nos apasionamos por los viajes hasta el punto de convertirnos en vagabundos incorregibles -mamá y papá ya no están aquí para reprimirnos los malos hábitos-, uno de los impulsos que nos echó a movernos mundo adelante fue nuestra apasionada lectura de los libros de aventuras. En mi caso, todo empezó con Edgar R. Burroughs, P.C. Wren, Emilio Salgari y Zane Grey. Y luego, según iba creciendo en años y en curiosidades, siguió con Robert Louis Stevenson y Jack London. Si me apuran, fueron ellos quienes me abrieron las puertas de los inmensos tesoros de Homero, Miguel de Cervantes, Stendhal, Joseph Conrad, Graham Greene y Ernest Hemingway, entre muchos otros. Y digo todo esto de forma desordenada, según me vienen nombres a la pluma mientras escribo, porque creo que la lectura y la escritura son dos maneras de aventurarse, aunque lo sean de forma espiritual y no un asunto meramente físico. Dando la vuelta a una famosa frase el explorador antártico Cherry-Garrard, habría que convenir en que la escritura es la expresión intelectual de la pasión física, o más sencillamente, de la actitud viajera. Por mi parte, me gusta decir a menudo que no es casualidad el que exista rima, y además rima de carácter consonante, entre las palabras aventura, literatura y lectura.Muchos eran los mitos que aquellos libros infantiles asentaban en nuestros corazones de niño: los desiertos africanos, las junglas de Asia, las grandes planicies del Oeste americano, los mares del Sur infectados de tiburones, los escenarios de las legendarias batallas en donde se curtió el espíritu humano..., ¡tantas geografías de aventura! Luego, para algunos, surgió el gran empeño de ir a buscar esos lugares, apoyar el pie sobre los territorios en donde creció el mito. Un empeño ciertamente lleno de pasión y de emociones sin cuento.Uno de esos lugares que siempre estuvieron en mi imaginario viajero es el Cabo de Hornos, ese extremo meridional del continente americano en donde se vuelven locos y dan la vuelta, por decirlo así, los más feroces vientos de cuantos soplan sobre nuestro planeta. El lugar en donde, a causa del choque que se produce entre unos y otros, el mar se convierte en un adusto enemigo del hombre. Doblar el Cabo de Hornos nunca ha sido un asunto baladí.Por ello, según se dice, sólo aquellos marineros que habían logrado doblar el cabo navegando a vela tenían el derecho a colocarse en la oreja un aro de latón o de algún noble metal. Lo que no recuerdo es si era en la oreja izquierda o en la contraria.De modo que, en mi empeño por poner el pie en esos lugares en donde ha crecido la leyenda, hace cosa de tres meses me embarqué en una motonave chilena que zarpaba de Punta Arenas, navegando a través del Estrecho de Magallanes y, luego, del Canal de Beagle, con el propósito de alcanzar y doblar el Cabo de Hornos. En previsión de tormentas o cualquier otra dificultad que me impidiera cumplir mi misión, por el momento no me taladré el lóbulo de la oreja ni me compré un aro.Hice bien. Al alcanzar la isla que da nombre al Cabo, el capitán del barco decidió no doblarlo, alegando que el tiempo no era muy favorable para nuestro empeño. De modo que me quedé compuesto y sin aro, como una novia desdeñada, a pesar de que sí pude poner el pie en el hosco suelo de la Isla de Hornos, uno de los lugares más desolados del mundo. Me consuelan, sin embargo, otros mitos cumplidos. En el mismo sentido que el dichoso aro de Hornos, también se decía a principios del siglo pasado que todos los marineros que habían doblado el famoso cabo tenían derecho, mientras comían o bebían con sus colegas en una taberna, a poner uno de sus pies encima de la mesa. Ese privilegio se multiplicaba por dos para el marinero que hubiera navegado por los mares árticos, a quien se permitía poner los dos pies encima de la mesa.Hace dos años navegué los mares árticos, cruzando el llamado Paso del Noroeste entre el Atlántico y el Pacífico. Y hace dos semanas que me echaron de un restaurante de lujo por maleducado. Hay lugares en donde no comprenden el valor del mito.