Buenos Aires es también Argentina por Carlos Carnicero

En esa pulsión con sexo que es la primera noticia de la ciudad de Buenos Aires, no hay espacio para la inconformida.

Carlos Carnicero
Dicen que los porteños solo son imposibles cuando no están en su ciudad, tal vez porque su alma, mitad encanallada por el tango y mitad arrastrada por sus orígenes europeos, no les permiten el sosiego ni la calma. Maquinan haciendo circular la palabra como exordio y epílogo simultáneo en una sintaxis imposible. "Palabra", "excesos", "altivez" y "exageración" son las caras básicas de un poliedro cultural que siempre se desborda por las veredas de la capital. Es verdad que en Buenos Aires siempre está primero el verbo. Todo, el respirar mismo, requiere una explicación brillantemente expuesta en un español que se reclama diferente, por el gusto de llamar la atención al mundo sobre la inconformidad con toda forma de disciplina académica. La fusión originó la ciudad, y la diversidad la manifiesta. Si una población tan extendida y heterodoxa como Buenos Aires aceptara generalidades para formular una descripción, ésta sería el desconcierto de unos habitantes tan tozudos como los españoles, tan expresivos como los italianos, tan complejos como los centroeuropeos y tan altivos como los alemanes. Y, además, tan introspectivos como los judíos. Observaba el paisaje humano de los asistentes al concierto de Daniel Pipi Piazzola, nieto del maestro, en el Teatro Gran Rex. Allí estaba conducida la heterodoxia sin llegar a constituirse en herejía. El nieto del maestro quería ajustar las cuentas con su sangre, homenajear al viejo para que los porteños no jodan más y le dejen hacer su propia música. Los asistentes estaban dispuestos a recordar la pelea que tuvo el agitador del tango con quienes siempre quieren encerrar los conceptos para que no se desparramen. "El chico", como te dicen acá hasta que cumples los 90, sobrecumplió, que es un concepto comunista para reconocer el saldo de una deuda. Empecemos por decir algo del aposento. El Gran Rex es un eterno punto de reencuentro con la ciudad. Pocas ciudades tienen la voracidad cultural de Buenos Aires. La cultura se hace hueco a mordiscos al borde del Río de la Plata. Por el Gran Rex pasan todos los grandes. Llenar su gran aforo es el reto de quien se precie.Como tantos edificios de la capital de la República, tiene historia, técnica, sentido utilitarista y belleza. De estilo racionalista, fue construido en 1937 con la rapidez que se constituía la Argentina en capital consagrada de un mundo en ebullición. Sus autores, Alberto Prebisc y Adolfo T. Moret, fueron el aviso de que la síntesis latina y germánica de Argentina iba a tener un toque francés. Este espejo convexo de uno de los países más fluctuantes del mundo tiene todas las cualidades de una amante insaciable. Cuando llegas por primera vez, te atrapa y no te deja respirar. Ese abrazo apasionado no tiene la geometría del tango en contra de lo que siempre se ha dicho: el apretón es mitad arrabalero, mitad aristócrata sin renta. En esa pulsión con sexo que es la primera noticia de la ciudad, no hay espacio para la inconformidad. La averías se detectan con el tiempo. Entonces comienzas a verle sus arrugas, los incordios y las infidelidades. Perplejo, acabas por decidir que la prefieres compartida antes que perder su vida. Entonces salió Paquito D'Rivera, el maestro, cubano y jodedor, que se metió al público en el bolsillo la primera vez que se echó el saxo a la boca. Como en la ciudad es imposible cerrar la puerta a la palabra, quien actúe en el Gran Rex sabe que ha de tener talento con su obra y también saber explicarla con ingenio. Pero no hay obstáculo, porque la noche porteña está diseñada para que ninguna circunstancia la malogre: en consecuencia, los fanáticos del Gran Rex tienen una querencia natural al entusiasmo. Anochecía mientras el público pedía más. Y salían una y otra vez el nieto de Piazzola con sus chicos, solo para que le dejaran en paz de recordarle a su abuelo y permitirle construir su camino. Desaguó el Gran Rex por esos vomitorios de racionalismo inteligente que son sus accesos, y comenzó la pelea por un taxi. La ciudad ni siquiera se había desmaquillado, no preparaba el sueño, porque esta amante se encuentra dispuesta a cualquier hora, en una guardia permanente por si la sobrexcitación de la madrugada requiere sus caricias. Esta capital así desbordada, también es Argentina.