Buenos Aires, entre las ‘cuevas' y el tango, por Carlos Carnicero

La moneda argentina se desliza por la pendiente de la depreciación y por eso hay que darle uso con rapidez.

Carlos Carnicero
 | 
Foto: Ximena Maier

Julio Cortázar y Jorge Luis Borges determinaron que la literatura es el oxígeno que permite la vida en Buenos Aires. Desde entonces, los porteños sienten la necesidad vital de conceptualizar su existencia con retórica; cada día acuñan nuevos léxicos para describir su existencia. Quien no los conoce no entiende nada. Cuevas, en este nuevo ideario implantado por la presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, son la realidad que permite sortear el cepo cambiario -que impide el libre cambio de la moneda local con el dólar americano- y, en consecuencia, ahorrar sin depreciación o gastar con soltura. Depende de la dirección del cambio de moneda, si es desde el dólar al peso, o viceversa.

En el centro de la capital argentina, en la calle Florida, cada quince metros suena la canción "dólar, real, peso chileno". La proclaman a ritmo de milonga depredadores de extranjeros que incitan a un cambio de moneda arriesgado; lo sensato es buscar una oficina que se precie que reclame ofertas de servicios financieros. Esa es una cueva de garantía. Esa esencia de italianos, gallegos y judíos determina la enorme capacidad de los porteños para sortear lo prohibido. Sobre todo, pero no solo, en lo relativo al negocio y al dinero. Ahora, el que tenga dólares en metálico es un auténtico privilegiado que puede cambiar la moneda del norte con un diferencial superior al treinta y cinco por ciento sobre el cambio establecido. Buenos Aires es buena, si la bolsa suena. Y quien la visita tiene un doble atractivo: la aventura, que no es tanta, de cambiar plata en una cueva; y la alternativa de soltar el dinero con complacencia.

En una ciudad que se está poniendo extraordinariamente cara, el cambio blue, el que se realiza en las cuevas, permite tener un presupuesto extra para disfrutar del amplio ofrecimiento de la ciudad. A finales de marzo, el dólar blue se pagaba por encima de los ocho pesos, mientras que el oficial apenas superaba los cinco. Hagan la cuenta.

Bajo el eufemismo de servicios financieros existe una multitud de establecimientos, cuevas, en donde se puede realizar el cambio y salir cargado de un fajo de billetes de 100 pesos, que es el valor máximo del papel moneda argentino. Calculen que cien pesos son apenas, en ese cambio, 12,50 dólares. Preparen ropa de bolsillos amplios, mochilas, bolsos o bolsones.

Los chorros, los descuideros, conocen perfectamente esta realidad y observan con detenimiento quién sale con una mochila o una bolsa de una cueva. Y procuran aliviarle el peso de la moneda si uno no está avispado. ¡Aquí son rápidos!

La inflación deja de ser un estorbo para quien tiene dólares y se regala la vida con pagos en efectivo. La moneda se desliza por la pendiente de la depreciación y por eso hay que darle uso inmeditamente. Da igual que sea en un restaurante, en un café en la vereda, en cuero curtido de aquella manera o en noches de tango por los arrabales. Pero el dinero ya pesa demasiado en los bolsillos y el grito que lanza la ciudad, desde sus rincones más increíbles, parece decir ¡gástalo, que mañana vale menos!

Viajar por el interior, como en Buenos Aires denominan lo que no es la ciudad, es una opción asequible para quien llega bien surtido de moneda extranjera. Fuera de la gran ciudad todo resulta mucho más barato, desde los hoteles y los restaurantes hasta las compras.

He vuelto a la Patagonia, de cuyo viaje daré cuenta en próximas entregas, y la verdad es que la experiencia recuperada no ha podido ser más gratificante sin desgarrar el bolsillo.

No sé cuánto tiempo durará este cambio blue; por lo menos hasta que se vuelva a liberar el dólar. Quien no haya conocido la Argentina, tiene una buena razón para hacerlo ahora; las cuevas se encuentran repletas de pesos y agradecen el alivio de los dólares. Y una estadía en la Argentina siempre tiene un motivo agregado.