Buenos Aires, donde las cebras embisten, por Carlos Carnicero

En Buenos Aires los pasos de cebra existen, y eso es lo peor: no hay un solo conductor porteño que los respete.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

Haré una declaración institucional aunque innecesaria, para proclamar de nuevo mi amor incondicional por Buenos Aires. Y digo: fundamentalmente me tiene atrapado por una mixtura de contradicciones que se me hacen irresistibles. Modernidad y antigüedad; encrucijada tejida por el origen de sus moradores entre Europa y la América andina. Simpatía y falta de eficacia. Cultura, erudición y suburbios insondables. Pero, sobre todo, caos, mucho caos. Y una debilidad que hace a los porteños entrañables, porque son capaces de presumir de ser los mejores con un chauvinismo insoportable y maldecir a su país en una sola frase.

A quienes acuden por primera vez a la capital del Río de la Plata, algunos consejos. Lo usual es caer presos de una fascinación instantánea. Esas largas y anchas avenidas tan parisinas. Los bosques y los parques en una ciudad que tiene tanto pulmón como para albergar un hipódromo y un aeropuerto en el centro de la urbe. El caos insoportable del tráfico. Los taxistas, la mayoría de los cuales conducen como si llegaran tarde a la boda de una hija o al parto de un nieto, mientras dictan lecciones de economía y de ciencia política con un léxico y una profundidad encomiable. Pero no se desmayen con los fallos de servicio, el horrible funcionamiento de los bancos, las precauciones con la delincuencia, los precios europeos y los servicios tercermundistas. Pero mi mayor advertencia, porque puede ir en ello la vida, se refiere al tráfico; y más concretamente a los pasos de cebra. Tranquilícense, existen; y eso es lo peor. Extremen el cuidado: no hay un solo conductor porteño que los respete. Los pasos de cebra son mucho más peligrosos que los chorros, es decir, los delincuentes, y las inundaciones de Belgrano cuando llega la sudestada.

Seré más gráfico y preciso. En las calles normales, que no tienen semáforos, ni pongan un pie en la calzada a no ser que el vehículo que enfile más próximo esté a por lo menos quinientos metros. Si les ven que se van a arriesgar, acelerarán para por lo menos poderles increpar aunque no les alcancen. Peor es cuando el semáforo está verde para los peatones y amarillo para los coches. Entonces, ellos, que no tienen corridas de toros, cimbrean a los peatones a diez centímetros, como haciendo una manoletina, para provocar el pánico. La preferencias de mano a la derecha no existen. Es un espectáculo los cruces de calles a donde se acercan los coches transversales y mete el morro el más macho, que se cuela aunque no les corresponda la preferencia de la derecha. Así es, aunque les cueste creerlo. Téngalo presente en su primer viaje.

Todo esto es cierto solo para la capital federal de la Argentina. En el resto del país, que es otro país, la locura porteña está amortizada por una amabilidad y una sencillez incomparable.

Como a Argentina no se puede viajar para conocer solo Buenos Aires, les aconsejo que si no salen lesionados por el tráfico viajen al sur, ahora que es otoño austral. El espectáculo del glaciar Perito Moreno vale tres noches en El Calafate, que es como un pueblo de campo sin asfaltar en el que no hay otra cosa que hacer que perseguir lagos y glaciares.

Si regresan al aeropuerto de Ezeiza para enfilar hacia España y han sentido estas sensaciones, prepárense para volver a la ciudad de la palabra, donde hay más consultas de psicoanalistas que pizzerías. Que no es poco.