"Buenos Aires, con música en el taxi", por Carlos Carnicero

Son los taxistas quienes transmiten la melancolía y la esparcen por las populosas calles de Buenos Aires. Ahora bien, si se animan y predican el optimismo, seguro que Argentina vuelve a despegar.

Carlos Carnicero

AIl Matarello sólo se debe acceder por la noche, atrincherado en un taxi de confianza. Eso es lo que tiene La Boca: todavía no ha agarrado el ritmo de recuperación de los barrios del norte de Buenos Aires y la exclusión social se manifiesta en sus calles. En Il Matarello -que pasa por ser el mejor restaurante italiano de la ciudad, aunque no el más lujoso- la estrella es la pasta y en especial la lasaña. En Il Matarello se entiende la mixtura de la comida italiana pasada por la tradición de los emigrantes de otras latitudes hasta conseguir ese sabor especial de la comida bonaerense. Pura delicia.

En principio se quiso conservar el sabor de la pasta y de la pizza para dar satisfacción a los inmigrantes italianos que llegaban en oleadas huyendo del hambre. Pero quienes elaboraban los productos, generalmente, eran restauradores españoles, la mayoría gallegos. Los españoles fuimos perdiendo la partida en casi todos los territorios argentinos menos en los fogones. Lo que se entiende por cocina porteña es, básicamente, la mezcla de excelentes materias primas, bien administradas entre procedencias y tradiciones, elaboradas por un gallego.

El conductor del taxi nos dejó en la puerta de Il Matarello a las nueve y media porque la afluencia de parroquianos es condensada. La mesa sólo te aguanta una cortesía de diez minutos porque los siguientes comensales hambrientos vienen empujando. La visita mereció la pena. Todo fue sigiloso y discreto: el servicio, el Malbec -tinto espléndido de Mendoza- y los antipastos que precedieron a una lasaña verde soberbia. Luego hubo que volver a subir al mismo taxi. Adolfo era enérgico pero cumplidor del ritual de todo taxista porteño ante un visitante extranjero: "Argentina fue un gran país; ahora estamos en la mierda". Pertenece Adolfo a la subespecie de radicales expeditivos que quieren arreglar el problema de la droga y de la marginación social por procedimientos militares: "Para empezar, el primer día habría que fusilar a doscientos". Nada que ver con el conductor que nos había llevado de las barrancas de Belgrano, por la mañana, hasta el cruce de Pelegrini y Corrientes. A esa hora los piqueteros habían cortado la 9 de Julio para protestar contra alguna cosa que, en su apretada agenda de activistas, es pura rutina; una forma de vida que ha englobado las protestas en actividades institucionalizadas de un país que no quiere desprenderse de sus ritos iniciáticos del pasado. El reproche, en Buenos Aires, es como un tango que tiene su propia música y sus compases diferentes, pero constantes.

Sonaba también música en la casetera del taxi y la cadencia del tango era dulzón y resentido; ni siquiera se modificó con la parada forzada ante los manifestantes. Le pregunté al conductor quién cantaba. Se volvió con un destello de luz en la mirada. Emocionado, confundió la respuesta, agarrando el estribillo de la última estrofa y cabalgando sobre la canción, con un entusiasmo evidente en quien se reencuentra con su propia voz atrapada en el CD: "Vuelvo tranquilo de mi ayer/ como un triste atardecer/ a la esquina vuelvo viejo, vuelvo vencido/ la vida me ha cambiado y a mi cabello, plata de años le ha dejado...".

La cosa quedó en que nos vendió un CD de su propia producción y nos obsequió con un tarjeta de visita, porque el conductor tenía vida doble, distribuida entre las avenidas de Buenos Aires, manejando un auto, y las noches porteñas, como cantor de tangos, en las casas de quien quería contratarle para llevar la esencia a su propio brasero. Por la noche, en el Club del Vino, en Palermo Soho, tocaba el piano Leo Masliah en un ejercicio de pedagogía musical de vanguardia y versos suyos malintencionados. Allí corrió el vino, y la música y los parroquianos estaban felices porque salir de casa y prender una botella es estar vivo. A la puerta nos esperaba Rubén para transportarnos a nuestra casa. Libertador venía repleto de autos y la noche parecía sencillamente el comienzo de la vida. Al llegar a Belgrano, Rubén nos dio la síntesis: "Aquí todo el mundo tiene plata y nadie labura. Los políticos no terminan de robar; si se contuvieran, sólo un poquito, Argentina sería otra vez grande" . Sonaba la música en el taxi y esta vez "la frente marchita" promovía unas "sienes plateadas" como exhibición de la estética de una nostalgia que agarra a cada argentino en su incredulidad de que las cosas puedan ser distintas. Pero quienes transmiten la melancolía y la esparcen por las calles de la ciudad de Buenos Aires son los taxistas. Al llegar a casa decidí escribir este artículo, sólo para convencer a las autoridades para que cuiden a los conductores de los taxis. Si se animan y predican el optimismo, la mitad del problema está arreglado y Argentina, que ya ha arrancado, seguro que despega de nuevo.