Buda y Pest, por Luis Pancorbo

Luis Pancorbo

Hay a quien le gusta más la colinosa Buda que la señorial Pest, aunque otros nos quedemos con la isla Margit, Margarita, un oasis de verdor en medio del Danubio, el río que separa con su ancho tajo la capital húngara. Si las ciudades son como peras o manzanas, Buda y Pest serían las dos rodajas del gran pimiento rojo de Budapest. Desde luego no falta allí paprika en todas las gamas, polvos y potencias, ni tampoco gulyás, o gulash, que durante décadas fue lo más conocido de Hungría junto a la actriz Zsa Zsa Gabor. La cuestión es seguir investigando y, a ser posible, llegar al postre. Uno también tiene simpatía por el hagymás rostélyos, un filete con cebollas fritas, sobre todo después de haber flotado en alguna de las impresionantes termas de Buda o de Pest, que en ambos lados las hay. O tras haber visitado Bookstation, la librería de viejo que ha abierto Martin en la calle Thököly, cerca de la Estación del Tren (Keleti Paldeuvar), allá por la plaza Baross, nombre de un héroe ahí plantado con estatua de bronce y palomas, tal y como debe ser.
Si las estatuas son para las palomas, los libros de segunda mano son un huerto que algunos cultivamos gracias a gente como Martin, un hombre fornido, con esa punta de risueña acidez de los húngaros y que a él le aflora en cinco o seis idiomas. Dicen que sabiendo húngaro, cualquier otro idioma resulta fácil. Martin tiene una librería con muchos libros en inglés, y algunos en alemán, francés y español, por ejemplo un libro sobre guiones en el que participó García Márquez. Es un sitio ideal para buscar lo que uno se va dejando por el camino. A lo mejor se trata de un libro viajero, siempre que se haga caso a Stendhal cuando decía eso de que "con todos los yos que lleva un libro de viaje la única salvación es que se diga la verdad".
Me cuenta Martin que Hungría está dando tumbos últimamente. Esta tarde ha habido una gran manifestación de cabezas rapadas en la Plaza de los Héroes (Hösök Tere), y con toda la complacencia de la Policía, dado que su pretexto para manifestarse era invocar la patria. Hay en esa plaza una tumba vacía en memoria de los insurgentes de 1956, pero los cabezas rapadas húngaros, que no son alternativos, sino carcas, vibran con cosas tan recientes como el milenario de la nación húngara de 1896. Vuelven los largos y siniestros capotes, y los cráneos pelados que parecen indicar virilidad nacionalista, y ganas de aplastar a alguien ante la indiferencia del arcángel Gabriel, que domina desde lo alto de los 36 metros que mide la gran columna de la plaza. Y es que en tardes así parecen relinchar hasta los caballos de bronce de los siete jefes de las siete tribus magiares, empezando por Árpád, el caudillo del siglo IX que ocupó los llanos de los Cárpatos. La extrema derecha húngara se adueña de las banderas, de las coronas de muertos, y de todas las llamas. Y más si le dejaran. Una tristeza que no se compadece con la belleza de Városliget, el gran parque municipal junto a la Plaza de los Héroes. Városliget tiene de todo para un domingo: un zoo, un castillo de cuento como Vajdahunyad, pistas de patinaje, lagos, paseos, museos, puestos...
Y lo mejor, termas populares como Széchenyi fürdö, inaugurada en 1913 y con instalaciones al aire libre para que la nieve o la lluvia caigan sobre tu nariz mientras tu cuerpo se reblandece en agua caliente. Y hay piscinas a 75º.
Ahí mismo abre sus puertas el Museo de Bellas Artes (Szép müveszeti), donde ponen exposiciones monográficas como una dedicada hace poco a Van Gogh. Nunca cansarán sus zuecos, sus melocotoneros en flor y los beodos que pinta con rayas azules y onduladas, el mismo corazón de la absenta. Pero las colecciones permanentes de esa gran galería magiar también tienen gran interés. Quién sabe por qué vericuetos llegaron a la sección española del museo tantos Goya y Zurbarán, y anónimos y retablos de pintores de Burgos, y de los Balbases, de los siglos XV y XVI... Uno se queda con la Magdalena penitente, de El Greco, con toda la sensualidad del mundo, aunque al final el pintor sintiese miedo y le pusiese una gasa en el pecho que todo lo transparenta. Es la más carnal Magdalena que se puede concebir, y viniendo de El Greco supone casi una noticia. No importa que el resto del cuadro quede bajo un cielo tan azul que no existe, y que encima esté roto para atisbar por un agujero la fantasmagoría del color divino.