Brujas

Brujas es la ciudad que más se parece a Venecia de todas las que en Europa juegan a ese palo (Ámsterdam, Estocolmo...).

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

Brujas, las de Caro Baroja, solapadas en los aires hispanos. Otra cosa es Bruges-la-morte (1892), una novela de Georges Rodenbach, traducida al español por Rafael Cansinos Assens -a quien Borges llamaba "maestro"- con el título más apaciguado de La ciudad de las aguas muertas. En cualquier caso pinta a Brujas con tal carga de melancolía que parece destilar humedad y bronquitis por todas sus páginas. Y verdín, nieblas y fantasmas tras los cristales de casas picudas, ennegrecidas, y tal vez deshabitadas.

Hoy Brujas es una ciudad capaz de hacer un museo de la patata frita y quedarse tan ancha. Enseñan fotos de cómo siembran las papas los quechuas de Perú, saltando sobre una reja a la pata coja. Algo serio en medio de la degustación de frites y la holganza de Brujas. En De Halve Maan (La media luna) hay un pequeño museo de la cerveza, cuya historia se remonta a 1564, para acabar catando caldos con espuma. Uno se llama Straffe Hendrick, (El fuerte Enrique), y tanto que lo es. Por lo demás, la ciudad de Brujas propone un museo de diamantes y otro del chocolate, encajes de bolillos y tapices. En los meses de invierno ponen una pista de patinaje en la Plaza Mayor, y en verano hay cruceros por los canales. Todo en el ramo de revitalizar una ciudad hasta el punto de que a veces resulta trepidante. Pero das una vuelta a trasmano o a deshora y compruebas que es la ciudad que más se parece a Venecia de todas las que en Europa juegan a ese palo (Ámsterdam, Estocolmo...). El asunto es perfilar la personalidad huidiza de Brujas. O inventársela. Rodenbach encontró el punto extremo de decadencia y misterio que tiene, con el pasado que vuelve contra los vivos. Esa visión pudo haber influido en Vértigo, de Hitchcock, como analiza Ana González Salvador, experta en literatura belga y francesa. Otras facetas de Brujas menos enigmáticas nos llevan a España. En el número 9 de Spanjaardstraat vivieron el fundador de los jesuitas, Ignacio de Loyola, y el humanista Luis Vives. Este último tiene un busto en la entrada del puente de San Bonifacio: la ciudad no olvida su tratado del año 1525 para luchar contra la pobreza. Un buen intento. El que no cuenta en esta pequeña lista hispana es Carlos V, que era de Gante, cerca de Brujas, pero no lo suficiente.

Sin embargo, hay quienes aún tratan de encontrar la Brujas estancada en las aguas amargas del poeta Juan Rembrandt, el protagonista de la novela de Rodenbach. El poeta Juan Rembrandt -admirador de Rembrandt Van Ryn, el gran pintor holandés- se enamora de María, una beguina, una de esas doncellas de Brujas que sin tomar los votos hacían vida de novicias en la penumbra de los beaterios hasta que la piel se les ponía del color de sus rígidas tocas de lino blanco: "Y el convento seguía siempre igual, inmutable e indiferente, y le miraba con sus ventanas, blancas por los visillos, como con los ojos de una muerta".

Otras veces, el poeta Juan Rembrandt dirigía su obsesión a los campanarios de la ciudad de Brujas, que parecían librar una guerra sin cuartel. Por un lado, la torre del Ayuntamiento, "monumento de la Libertad". Y por otro, la Catedral, "llevando en su costado su amasijo de torrecillas como las erizadas flechas de una aljaba". Una batalla de siglos, y de símbolos enemigos, que "tenían la misma fuerza y el mismo orgullo". Parejas de signos, por supuesto, pero que tienen más enjundia que la de los mejillones al vapor y las patatas fritas, o que la del chocolate y la cerveza. Sin olvidar que para dípticos -y trípticos- inolvidables, ahí están los de Memling.