Dos estatuas, un antes y un después. Por: Javier Reverte

Los “Bronces de Riace” son dos de los escasísimos ejemplos de esculturas griegas del periodo clásico y las mejor conservadas

Javier Reverte
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Foto: D.R.

Regio de Calabria es una ciudad provinciana y bonita situada en la punta de la bota italiana, frente a la isla de Sicilia. La vida discurre en la localidad en un ir y venir por la calle principal, que a lo largo de casi cuatro kilómetros corre en paralelo a la costa separada del mar por suntuosos edificios decimonónicos. Es una urbe juvenil y luminosa, arrimada al Mediterráneo más azul. Resulta llamativo que los chicos y chicas veinteañeros vistan en su mayoría de negro cuando salen de farra, ellos con corbata y ellas por lo general con falda: quizás sea por influencia de la poderosa y siniestra mafia calabresa, la ’Ndrangheta, heredera de las más terribles tradiciones de la siciliana. Supongo que vestir a lo mafioso da allí prestigio y rango. O quizás sea un simple rasgo de paletería.

Hace poco anduve por aquellos pagos. Y la razón de mi viaje desde la lejana Roma –699 kilómetros justos– no era otra que contemplar los dos Bronces de Riace, dos piezas escultóricas únicas en el mundo. Tengo que decir que recorrer 1.398 kilómetros para verlos es un esfuerzo que merece la pena. Al menos, para mí.

Las esculturas representan a dos hombres desnudos y están en perfecto estado de conservación. Los llaman El Joven y El Viejo y miden respectivamente 2,05 y 1,98 metros. Los estudiosos sitúan su edad en 2.500 años (pertenecerían, pues, al Siglo de Pericles) y se les han atribuido numerosas personificaciones, entre otras, al Joven, la de Milcíades, el vencedor de los persas en la batalla de Maratón. Hay quien afirma que el autor de la primera estatua fue Fidias, el más grande escultor de todos los tiempos junto con Miguel Ángel.

La importancia de los dos Bronces de Riace para la historia del arte radica en que son dos de los escasísimos ejemplos de esculturas griegas del periodo clásico y, sin duda, las mejor conservadas, ya que tan solo El Viejo aparece mutilado de la falange del dedo índice de la mano derecha y tuerto del ojo izquierdo. Junto con el Poseidón conservado en el Museo Arqueológico de Atenas y el Auriga de Delfos, no hay otras piezas de tanto valor del clasicismo como estas obras.

Si El Viejo resulta una maravilla, El Joven es excepcional, en particular por su rostro. Largos cabellos formando bucles caen sobre sus hombros fornidos; la barba es rizada; la córnea de los ojos está hecha con calcita blanca, que hoy ha cobrado un tono amarillento; los labios, entreabiertos, han sido cincelados con cobre, para darles un brillo rojizo, y una fina capa de plata cubre sus dientes.

Las estatuas fueron encontradas por un buceador en agosto de 1972, a ocho metros de profundidad, en la costa de la localidad de Riace, a unos doscientos metros de tierra firme. Es probable que fueran trasladadas desde Atenas en barco para adornar algún templo de la Magna Grecia, los antiguos territorios del sur de Italia ocupados por colonias griegas, y que la nave naufragara.

Entré en la sala que las guarda con paso calmo, sabiendo ya lo que me esperaba dentro del recinto. Era casi la hora del cierre y me encontraba tan solo acompañado por la vigilante. Y durante veinte minutos paseé entre ellas, observé la exactitud de sus líneas, el dibujo de sus venas, la flexibilidad de sus músculos..., la perfección del trabajo de los artistas que las modelaron. Y lloré emocionado.

El poeta Keats dijo en un verso que “la Belleza es Verdad y la Verdad Belleza”. Pocas veces en la Historia las obras de los hombres han estado tan cerca de los dioses.