Borregos a bordo, por Jesús Torbado

La comodidad de los aviones hibernios se parece mucho a la de los camiones de transporte de borregos.

Jesús Torbado
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Foto: Raquel Aparicio

Hubo una edad dorada -muchos todavía la recuerdan- en que viajar en avión era un placer elegante y místico. Llegaron empresas aéreas apellidadas low cost y casi todo se ha ido al carajo. Porque han acabado incluso contaminando a las otras empresas, las de la dignidad y el postín.

Me obligan en Barajas a dar vueltas inútiles alrededor de una cinta amarrada a unos postes metálicos, me piden otra vez los papeles, me lanzan a los brazos una bandeja, una doña suramericana gorda y con rostro de Pol Pot empieza a darme órdenes necias, mientras bajo un arco de investigación se me pone delante un tipo de pecho grande y levantado, me ojea fiero y me dice de malos modos que me descalce; yo miro a un guardia civil auténtico, jovencito y peripuesto, como pidiendo ayuda ante aquel matón segurata adornado de emblemas y escudetes, pinta de legionario loco; el guardia no quiere meterse en líos ni apaciguar al energúmeno; mira a otra parte, disimulando, porque tampoco él defiende al ciudadano sino al sistema, o como dios se llame aquel atropello.

Este será el comienzo. Las injurias que vienen a continuación parece que las conoce todo el mundo. Una compañía irlandesa propiedad de un tipo altanero y chulesco ha llenado el verano de anécdotas sin resultado de muerte, para fortuna de todos, pero bien hinchadas de ofensas, maltratos, burlas y desprecios. El Ministerio español de Fomento ha anotado hasta 1.201 incidentes, además de 3.000 quejas de los pasajeros. La señora ministra, que lleva diez meses tan atareada en conseguir que los trenes Ave lleguen hasta la puerta de su casa en Galicia, no ha metido mano en las brutalidades de Ryanair, que es la línea que más personas transporta por España, más que Iberia ahora (el 18% frente al 11%). Podía al menos esa señora controlar que tantas instituciones españolas no subvencionen generosamente a esa pandilla de malevos. Las historietas de los aviones hibernios que vuelan racaneando combustible y cuya comodidad se parece mucho a la de los camiones de transporte de borregos son ya legendarias. A Italia volaron desde Londres con una carga de chinches que torturaron a los viajeros tanto como las azafatas, a las que algunos han considerado miembras de la Gestapo. Otros sangraban por los oídos a causa de repentinas despresurizaciones de los aeroplanos. Muchos se sintieron estafados por repentinos precios engañosos. A otros los hicieron caminar por la pista hacia la terminal para ahorrarse el finger o el autobús.

Los periódicos han estado en verano llenos de cartas inútiles de protesta. Claro que hubo algunos clientes que valoraron por encima de todo los precios. Por menos de lo que se paga por el taxi al aeropuerto era posible, por ejemplo, según explicaba un devoto, desplazarse desde Edimburgo hasta Aquitania para darse una cena de foie. Y eso es mucho mérito. Si la compañía del presuntuoso O''Leary mantiene los estándares de seguridad y los de educación, cortesía mínima y buenos modales, cosa que no suele, que vuele por aquí todo lo que quiera, norabuena.

Los límites, como siempre, los marca el dinero. Y la voluntad de quien lo posea o tenga que escatimarlo. Si esa y otras compañías de bajo coste no te ofrecen ni un vaso de agua, otras muchas corren en un maratón de grandes servicios y lujos inverosímiles. Iberia ofrece menús de ocho estrellas (es decir, confeccionados por chefs estrellados por la Michelin) y aparecen en platillos cosas tan llamativas como croquetas líquidas -¿qué será eso?- y tartar de ostras. La Turkish ha seleccionado a 200 cocineros para llevarlos a bordo y trabajar sur place delicias frescas. Los desahogos de algunas asiáticas (Singapore, Japan, China, Emirates) son deslumbrantes. Siempre en clase business o primera, desde luego. Pero incluso la British ha ofrecido comidas de lujo en clase turista de ciertos trayectos (pocos).

Los precios van incluidos en el billete, por supuesto. Así que el viajero puede entregarse a tan deliciosos despilfarros o aceptar las estrecheces, codazos, chorreos, bingos e insultos de los irlandeses. Mientras las máquinas estén bien cuidadas, los pilotos sepan lo que llevan entre manos, los placeres del vuelo son de libre elección. El buen servicio se paga, aunque también es cierto que hay servicios mínimos, como en las huelgas, y algunos empresarios aéreos no los aportan.