Los destinos costeros que enamoraron a Borges, uno de los escritores más influyentes del siglo XX
Los ratos de ocio y océano de un escritor inacabable.

Jorge Luis Borges (1899–1986) descubrió tempranamente en el mar un confesionario de lo vasto, de lo excedente, algo muy distinto a las bibliotecas que ocuparían su vida adulta. A los veinte años, recién instalado en Mallorca junto a su familia (1919–1921), escribió y publicó su primer poema en la revista ultrista Grecia, de Sevilla: “Himno del mar” apareció el 31 de diciembre de 1919. Esa edición, correspondiente a la primera época de la revista, marcó el debut público del joven Borges.
El poema, de tono exaltado, buscaba emular a Walt Whitman, aunque el Borges maduro lo vio como parte de su época de "equivocación ultraísta". En su Autobiographical Essay recordó que, en aquel momento, “la gente me consideraba un cantor del mar” porque era el único poema que había publicado. Este vínculo tempranero no fue pasajero: nadaba en las mañanas de Portopí y Ses Illetes, despertando una pulsión sensorial que iluminó su voz poética, aunque más tarde relegada.

Décadas después, ya ciego y adscrito a su papel de genio porteño, Borges volvió a visitar el mar, esta vez en Mar del Plata. En agosto de 1981, acompañado por el periodista Ignacio Zuleta, caminó frente al océano antes de una conferencia. En la entrevista, Borges reflexionó: “el mar… mágico… movedizo, cambiante… un símbolo de nuestra vida, un signo de los tiempos”. No se trata de mera retórica: fue una confesión urgente de quien agradecía la presencia del mar como compañía física y simbólica.
Zuleta y otros testimonios resaltan que en Playa Grande Borges recuperaba hábitos de la juventud: nadaba con Adolfo Bioy Casares en aguas profundas, “disfrutaba de la natación… flotaba en el océano, le restituía la levedad que su ceguera le quitaba”. Así, ese océano atlántico compartía con ese joven de Mallorca una austeridad que alimentaba su mirada interior.

Aunque su obra posterior se nutriera más de laberintos, espejos y arquetipos, el mar no desapareció de su rico universo de símbolos. En entrevistas tardías, Borges lo ubicó como un “símbolo de nuestra vida” y un llamado a lo mistérico, lo inabarcable. Así, lo marino se transformó en algo sutil pero constante, presente en sus poemas tardíos, como los que escribió en su libro El otro, el mismo.
El mar marcó dos momentos esenciales en Borges: el inicio de su carrera de joven poeta vibrante, y el acompañamiento íntimo de un viejo ciego que no necesitaba ver para recordar cómo el agua alberga una forma de libertad. Borges atravesó el mundo con un libro bajo el brazo, pero que nunca olvidó el rumor de las olas.
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