Bond viajero, por Mariano López

Ian Fleming, el creador de 007, no amaba los viajes. Solo dos destinos: los casinos y Jamaica

Mariano López
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Foto: Sergio Feo

Al creador de James Bond, Ian Fleming, no le gustaba viajar. No hay razones para reprochárselo. Cuando escribió las primeras aventuras del más famoso de sus personajes, la vida del turista era limitada e incómoda. A principios de la década de los 50, el número de turistas en todo el mundo no superaba los 25 millones y la mayoría, casi el 90 por ciento, concentraba sus viajes en solo 15 destinos. Antes de 1952, el año en que se publicó Casino Royale, Fleming había tenido la oportunidad de viajar por medio mundo gracias a su trabajo como periodista de la agencia Reuters y a su posterior empleo, durante la guerra, en la División de Inteligencia Naval del Almirantazgo. Pero ni los viajes de prensa ni sus aventuras en la Marina le habían conferido un ánimo viajero, un impulso nómada. No amaba los viajes. De todos los destinos del mundo, solo le atraían dos: los casinos y Jamaica.

Fleming escribió la mayoría de los relatos de Bond en su casa de Jamaica, llamada Goldeneye en honor a una novela (Reflections in a Golden Eye) de la americana Carson McCullers. El escritor británico había recalado en Jamaica durante sus años en la Marina y se había prometido que algún día viviría junto a aquellas playas de arena dorada y palmeras sacudidas por la brisa, así que cuando tuvo una oportunidad, levantó Goldeneye. No era el primer famoso atrapado por los encantos de la isla. Su admirado Errol Flynn había vivido junto a una playa del norte; Katharine Hepburn, Elizabeth Taylor, James Mason y Laurence Olivier visitaban la isla con frecuencia y el dramaturgo británico Noel Coward pasaba largas temporadas en una mansión vecina. A Fleming le gustaba visitar a Coward a bordo de su bote Octopussy.

La casa de Fleming es, hoy, una atracción turística, que forma parte de una propiedad más extensa, con un hotel y varios bungalós, perteneciente a Chris Blackwell, el fundador de la discográfica Island Records. Su madre, Blanche Blackwell, inspiró a Fleming el personaje de Ho-neychile Rider, que interpretó Ursula Andress. El hotel es un lugar exquisito, habitualmente ocupado por magnates y estrellas del espectáculo. El cantante Sting escribió allí su tema más conocido: Every breath you take. Para Jamaica, la herencia de Fleming, y de 007, es una bendición. El año pasado, el gobierno jamaicano bautizó con el nombre de Ian Fleming el aeropuerto más cercano a Goldeneye, el aeródromo de Boscobel, en Oracabessa.

Ian Fleming amaba vivir en Goldeneye, envuelto en humo -fumaba tres paquetes diarios de cigarrillos- y animado por los efectos cotidianos del whisky. En una carta al diario The Guardian, de Manchester, el 5 de abril de 1958, explicaba que el martini con vodka era una ocurrencia que había tenido cuando buscaba singularidades para su personaje. "Probé esa bebida unos meses más tarde -dijo-, y, francamente, la encuentro difícil de aceptar". Su comida preferida eran los huevos revueltos, pero también aquí entendió que su personaje debía acceder también a otros platos, de alta cocina. "Teniendo en cuenta la frecuencia con que nos ha salvado de la destrucción, y que le pueden matar cualquier noche, parece justo -pensé- que su última cena no sea una hamburguesa".

El periódico The Sunday Times quiso aprovechar el éxito de las primeras novelas sobre Bond y ofreció a Fleming, en 1959, la posibilidad de recorrer varias ciudades del mundo para publicar una serie de crónicas viajeras. Fleming dudó. Se sentía, dijo, "el peor turista del mundo". En algún artículo anterior había recomendado poner patines a la entrada de los museos para recorrer las salas a una velocidad que evitara el aburrimiento. Con todo, tras varios regateos sobre las condiciones -y el presupuesto- de cada viaje, Fleming aceptó. Tomó el avión y se fue a Las Vegas y a Montecarlo. También conoció Hong Kong (luego utilizaría sus experiencias en este viaje para el relato Solo se vive dos veces), Macao, Los Ángeles, Chicago, Nueva York y, en Europa, varias capitales que recorrió con su automóvil, un Ford Thunderbird de cuatro puertas. Sus crónicas recogidas posteriormente en un libro titulado Ciudades emocionantes no fueron un modelo de periodismo viajero. El presidente de The Sunday Times, Roy Thomson, quería prorrogarle el contrato y enviarle a las capitales de América del Sur, pero el director del periódico, Harry Hodson, consideró que los lectores serios agradecerían al periódico que prescindiera de las crónicas de Fleming, calificadas, en otros periódicos, como "propias de un reportero de segunda fila", "llenas de los típicos prejuicios de un pomposo británico de clase media" y "escritas en un tono provinciano".

Así que Bond, el Bond de Fleming, viajó poco. Como su creador, solo gozaba del pasaporte cuando aterrizaba en un casino o en su querida Jamaica. Pero con el cine Bond dejó de pertenecer a su autor. Y comenzó a viajar. Las 23 películas de 007 han convertido a Bond en un personaje universal, y ese personaje es, al menos desde Goldfinger, un consumado viajero, que ha recorrido todas las mecas del turismo, nos ha animado a viajar por destinos exóticos y nos ha descubierto sitios fantásticos, entre los que me gusta especialmente incluir los Callejones de Las Majadas, en Cuenca, que aparecen al principio de El mundo nunca es suficiente.

En Operación Trueno, el personaje de Pat Fearing pregunta a Bond: "Exactamente, ¿qué es lo que haces?", y 007 responde: "Bueno, yo viajo...". Hay que celebrarlo. El agente estrena película cuando el mundo suma el turista mil millones. Feliz 50 cumpleaños, mister Bond. Es usted un gran viajero. A pesar de su padre.