Bernalda de Coppola, por Luis Pancorbo

El quinto hotel que abre el director de "El Padrino" está en un palacio del siglo XIX en Bernalda, un pueblo cerca del Mar Jónico.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

Cuando Francis Ford Coppola echa el ojo a algo puede acabar transformado en una película maestra, o en un hotel de campanillas. El quinto establecimiento hotelero que abre el demiurgo de El Padrino es un palacio del siglo XIX en Bernalda, un pueblo de unas diez mil almas en los montes de la Lucania (Basilicata), cerca ya del Mar Jónico. Desde allí emigró su abuelo Agostino a Nueva York en 1904. Más de un siglo después, el nieto triunfador de aquel recio lucano que salió de su país con una mano delante y otra también, pudoroso, trabajador y siempre nostálgico de su "Bella Bernalda", ha comprado el Palazzo Margherita para convertirlo en un lujoso hotel con toques de belle époque a la lucana. Todo sugerido, silencioso, lleno de sombras, en un sitio adonde nadie va sin necesidad. Su hija Sofía ha ido hace poco, pero para casarse con Thomas Mars, del grupo de rock Phoenix, y aprovechar la Nº 4, una de las nueve suites de un hotel que es todo él una remembranza. Coppola tiene intuición vinícola, como ha demostrado con su viñedo en el valle californiano de Napa, y olfato hotelero: ahí están sus dos establecimientos en Belice, y los de Guatemala y Buenos Aires. Para volver al país de sus raíces, y rehabilitar un palacete sin hacer un cromo, ha recurrido a un gran decorador de interiores como Jacques Grange. A éste se debe la elección de las telas de las paredes de Le Manach, y los azulejos blanquiazules en forma de espina de pescado en los suelos, y los frescos pintados en techos y paredes, como en las viejas casas magrebíes (una abuela de Coppola era de Túnez). Todo se conjuga con el murmullo de la fuente en el jardín donde recordar otra vez más (y ya van cuarenta años) cuando Al Pacino le dice a Freddo: "Me has roto el corazón". Lo cual no es una elegía al tiempo perdido aliándose con los televisores Loewe con HD y 3D, y los aparatos con Blu Ray y DVD que hay en cada estancia. Pero si la soledad ataca, hay en el salón del hotel una gran pantalla de cine donde se proyectan, digitalizadas, clásicas películas italianas.

Luego están las excursiones: ir a los montes del Parque Nacional Pollino, casi a tiro de piedra. O a las playas rubias, como la más cercana, la de Riva dei Ginepri. La localidad marina de Metaponto, a una docena de kilómetros, es ideal para evocar en sus templos a la Magna Grecia que dio lustre a esta zona de la Lucania. Y a Pitágoras, aunque no su posible final -dejarse morir de hambre- con el buen pescado del día que asan a la parrilla en ese hueco de la bota italiana.

Sin embargo, Coppola guarda otro as. Matera, la Jerusalén del cine, dista unos cuarenta minutos de su hotel. Ahí rodó Pier Paolo Pasolini El Evangelio según Mateo (lo de San Mateo fue impuesto por la censura hispánica), y últimamente Mel Gibson dirigió La Pasión de Cristo. Matera, la vieja, constituye toda una sucesión de sassi, viviendas trogloditas (más de un millar), y un centenar largo de iglesias rupestres, un conjunto fantasmal arruinado por los terremotos y las miserias. "Vivo fantasma horriblemente herido", le cantó Alberti. Especialmente Sasso Caveoso y Sasso Barisano, entre los habitáculos sobre el cañón del río Gravina, "...tienen la forma con la que en la escuela imaginábamos el Infierno de Dante", escribía Carlo Levi cuando fue confinado por el fascismo en Lucania. Y concretamente en Aliano, un pueblo similar a Bernalda, donde las gentes al llegar el domingo de Resurrección decían: "Domenica è Pasqua/ ogni verme in terra casca" ("Mañana es Pascua/ todo gusano muere por tierra).

Hoy Matera revive incluso en una cueva, que llaman la Cripta del Pecado Original. Los frescos del siglo IX, ángeles y santos pintados al estilo griego, recuerdan a los monjes de fe ortodoxa que se refugiaron en esa especie de Tebaida lucana. Pero Coppola sabe que los que van a su Bernalda necesitan templar el cuerpo, no solo el espíritu. En Palazzo Margherita no dan clases de cine, que eso se aprende viendo sus películas, sino de cocina de la profunda Basilicata. Vino e olio generosos no faltan. Ni involtini, o rollos, con carne de caballo. Y a galopar con el tomate fresco.