Bendito mar, por Javier Reverte

Sin el mar no podemos explicarnos a nosotros mismos. Y le debemos mucho más de lo que creemos.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Por estos días anda media humanidad española achicharrándose en las playas del norte, el sur y el este, y yo me he ido a una montaña cercana a Madrid en donde las noches son frescas y el viento trae el aroma de los pinos calentados por el sol del mediodía. Detesto las playas abarrotadas y las multitudes que combaten con ferocidad por colocarse en la primera línea de la playa. Pero eso no significa que deteste al mar. Ni mucho menos. Al contrario: lo amo profundamente. Y no solo por la sensación de eternidad que me comunica su vastedad sino por su tremenda relación con mi naturaleza de ser humano. Sin el mar no podemos explicarnos a nosotros mismos. Y le debemos mucho más de lo que creemos.

Todo empezó con un arca, la de Noé, que nos salvó de perecer ahogados y desaparecer como especie. Puede que la historia del arca sea leyenda, como muchas otras historias relacionadas con los océanos. Pero después de haber visto lo que pueden hacer un tsunami o un terremoto, la historia del diluvio no se nos antoja tan inverosímil.

Del mar nos vienen muchos de los grandes mitos de la humanidad: las columnas de Hércules, Jonás y el gigantesco Leviatán, el Coloso de Rodas, el reino de Thule, el continente perdido de Lemuria, Tartesos, el fuego de Santelmo, la Atlántida, el Triángulo de las Bermudas... y al mar le debemos las primeras leyendas que alimentaron la imaginación de los hombres: Gilgamesh, Jasón y los argonautas, Simbad el marino, San Brandán... Y los mitos que siguieron, como el del Holandés Errante.

Y al océano le debemos también viajes literarios. Sobre todo, los de Ulises, en ese gran viaje que es La Odisea, considerada por muchos, yo entre ellos, como la obra fundacional de la literatura europea. Hay que recordar al héroe en las playas del país de los lotófagos, en la isla de los vientos, en la isla de la maga Circe, y en Ogigia, junto a las Sirenas, y en Feacia, y, por supuesto, en su Ítaca natal. Tanto y tanto mar en una obra literaria monumental que no ha perdido un ápice de valor durante los casi treinta siglos que nos ha acompañado. Lawrence Durrell considera que cuando Ulises, en la isla del cíclope, burla a Polifemo y le grita: "¡Mi nombre es nadie!", lo que en realidad está lanzando a los aires es el primer gran grito de la historia de la literatura.

Y a La Odisea le han seguido fastuosas historias de la mar: los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift, o el viaje de Gordon Pymm, de Allan Poe, o el de La Isla del Tesoro, de Robert Louis Stevenson, y, cómo no, sobre todos, la monumental Moby Dick, de Herman Melville, el enorme relato marinero que inaugura la vigorosa narrativa norteamericana. ¡Ah, el vengativo capitán Ahab y la asesina ballena blanca!

Y las hazañas: los vikingos en Groenlandia, el paso del Noroeste, el Cabo de Hornos, el Cabo de las Tormentas... Y las grandes batallas: Salamina, Lepanto, la Armada Invencible, Trafalgar, Jutlandia, Midway... Y las tragedias: el Titanic, el Lusitania, el Essex... Y los náufragos como Robinson Crusoe... y los piratas como Barbanegra... y tantos seres fantásticos como las Sirenas.

Cuando me encuentro cerca del mar, pienso en todo ello: en la mar, esa "madre y amante del hombre", como la llamó el poeta inglés Swinburne. Y por eso no me gusta ir en el verano a sus playas, convertidas en una suerte de verbena y carnaval por donde desfilan chichas y michelines, varices y celulitis, barrigas y hermosos senos de mujer... y también riadas de niños transformados por unos días en verdaderos salvajes que te ponen perdidos de arena.