Beirut, ¿real o imaginaria?, por Javier Reverte

La capital libanesa te hace sentir que estás en el umbral de ese espacio en el que lo humano ya no tiene ninguna cabida.

Javier Reverte

Hace unos meses, en un descanso de entreguerras, de algunas de las guerras cíclicas que atenazan a ese desdichado y voluntarioso país que es el Líbano, me asomé a Beirut, su capital, y creo que puedo decir, sin exageración, que se trata de una de las ciudades más extrañas que he visitado en toda mi vida.
En el centro de la urbe, las huellas y cicatrices de la guerra asoman en un edificio mientras que en el solar de al lado trabajan las grúas para levantar un rascacielos de diseño vanguardista. En el Beirut Este, cerca de donde se inicia el hermoso Paseo de la Corniche hacia el Beirut Oeste, los escaparates de las tiendas de moda de las grandes firmas muestran sus diseños más atrevidos y costosos junto a un control militar con alambrada y sacos terreros que vigilan niños entrenados para matar. Te cruzas en las calles con muchachos y muchachas tan hermosos que parecen diseñados por una campaña publicitaria, todos esos deslumbrantes chicos y chicas que no encuentras en las calles de Miami ni de Los Ángeles, ni de Barcelona ni de París, y que sin embargo andan por Beirut luciendo sus escotes y musculaturas al aire cálido del Mediterráneo. Unos metros más adelante, doblas una esquina y te topas con un grupo de mujeres cubiertas con chadores negros de los pies a la cabeza y que incluso se tapan los ojos con un velo del mismo color.
Hay restaurantes japoneses y chinos, franceses e italianos y, por supuesto, orientales y los omnipresentes McDonald''s. Corren la cerveza, el vino y los whiskys de doce años en los mostradores de bares de diseño junto a los cutres cafetines en donde se bebe el té, se fuman pipas de agua y está prohibido servir alcohol.
En los lugares en donde antaño se alzaban barriadas que arrasaron las guerras civiles a cañonazo vivo se levantan ahora inmensas construcciones de nueva planta diseñadas con gusto y, sin duda, con una voluminosa inversión de dinero. Y, sin embargo, casi nadie las habita, quizás porque todos saben que, con la llegada de una nueva guerra -algo que siempre resulta posible en la capital libanesa- será el primer lugar hacia donde apunten todos los cañones.
El Líbano es así, quizás porque es la única nación, junto con Somalia, que puede sobrevivir sin un jefe de Estado -algo que le sucede a menudo-, aunque sea por causas muy diferentes. Se le define como un país que cuenta con tres millones de habitantes, cuatro millones de automóviles, cinco millones de teléfonos móviles, seis millones de armas fuera de control y siete millones de exiliados, una buena parte de ellos millonarios. O sea: un desmadre de país o, quizás, una extravagancia de la naturaleza humana. Son esos millones de libaneses que viven más allá de sus fronteras quienes envían ríos de dinero a esa patria que aman a pesar de todo y que, con su inmensa riqueza y variedad cultural, no es capaz de lograr escribir, en el libro de su propia historia y de una vez para siempre, la hermosa palabra Paz.
Paseando sus calles hace unos meses, yo no sabía bien si me encontraba en una ciudad real o en una ciudad virtual, en las calles de una urbe habitada por seres humanos o en el espacio de un sueño de Walt Disney convertido de pronto en un pedazo de tierra poblado por seres vivos. Y desde la Corniche, un atardecer luminoso, de sol azafranado y el mar añil, volví la espalda a la tierra y pensé si no estaría en ese confín del mundo a partir del cual el planeta se derrumba en un abismo cósmico y todo se encamina hacia la nada. Beirut te hace sentir que estás en el borde del fin de la Historia, en el umbral de ese espacio en el que lo humano ya no tiene cabida.
¿Virtual o real? Ese atardecer no me atreví a tirar ni una sola fotografía a la ciudad, no fuera que, al mirar la pantalla de mi cámara, el paisaje no tuviera perfiles ni se mostrase siquiera negro o blanco, sino simplemente vacío.
Estas cosas absurdas son, al cabo, pesadillas salidas de las pavorosas guerras.