Con los beduinos en el desierto de Jordania

En la Reserva Natural de Dana se puede vivir por unos días con estas poblaciones seminómadas ancladas en el origen de los tiempos.

Noelia Ferreiro
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Foto: Mytho/istock

Como en aquellos tiempos en que las largas caravanas de camellos atravesaban el desierto rojizo, como aquellos ecos de Lawrence de Arabia en su épico viaje sobre la arena, existe un lugar en Jordania en el que uno puede sentirse por unos días como un auténtico beduino. Se trata de la Reserva Natural de Dana, esa extensión de dunas y montañas como de cartón piedra que se desparrama por el norte de Petra, desde la parte superior del Rift hasta el desierto de Wadi Arab. Un conjunto de valles pedregosos calcinados por la violencia del clima, donde nada en sus alrededores parece indicar que haya vida.

Sí la hay, sin embargo, oculta entre los recovecos de piedra, en casas improvisadas como tiendas de campaña que evidencian ese ir y venir de al menos unos 900.000 beduinos seminómadas que pueblan este lugar. Son los habitantes nativos de Dana, la amable y hospitalaria tribu de Ata’ta que mantiene viva la tradición de un asentamiento que comenzó por este territorio hace más de seis mil años.

Allí su día a día se desliza como en el principio de los tiempos: aferrados a la tierra y desprovistos de las comodidades modernas, normalmente asientan sus jaimas de pelo de cabra en una zona determinada, acompañados de sus enseres y animales (ovejas, dromedarios…). Pero ocurre que el pasto comienza a escasear y entonces se trasladan a otro lugar, permitiendo de esa manera la regeneración del suelo anterior.

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Junto a ellos, muy al fondo de uno de estos valles por los que hay que avanzar en vehículos 4x4, capaces de lidiar con los saltos y desniveles del terreno, se erige Feynan Ecolodge. Se trata de una edificación que se define a sí misma como un alojamiento ecológico y que exhibe el mismo diseño que los históricos caravasares, allí donde los mercaderes encontraban reposo en la famosa Ruta de la Seda y que por su función de paso (pernoctar, alimentar a los animales…) pueden considerarse los antecedentes de los hostales de carretera de hoy en día.

Aquí se puede vivir una aventura genuinamente beduina. Una experiencia primigenia como la que desempeñan desde tiempo inmemorial estos árabes nómadas que habitan las zonas desérticas (y no sólo las de Jordania; también las de Arabia Saudita, Siria, Irak e Israel). No en vano, el nombre de beduino quiere decir “morador del desierto” o, concebido en lengua más vulgar, “allí donde no existe una población fija”.

Feynan Ecolodge es el mejor refugio para escapar a la ajetreada vida urbana. Para regresar a la sencillez de las pequeñas cosas, dejar atrás la civilización, olvidarse del whatssap y contagiarse de la calma de un paisaje lírico, mientras se disfruta de la hospitalidad de esta tribu. Porque como los caravasares de antaño, tampoco este alojamiento dispone de electricidad, sino que obtiene su energía del sol. Y todo en su funcionamiento es environmentally friendly, como proclaman con orgullo. Su peculiar filosofía, basada en la sostenibilidad y en los hábitos ecológicos, persigue estas tres premisas: contribuir a la conservación, beneficiar a los habitantes locales y generar el mínimo impacto posible al medio ambiente.

Premisas que para nada están reñidas con el confort. Feynan Ecoldge está ideado para que, incluso sin aire acondicionado, no falten las comodidades. Sus gruesos muros contribuyen a preservar el frescor, al tiempo que sus patios interiores proporcionan sombra y brisa fresca. En la noche, cuando la luz de las placas solares deja de ser efectiva, el hotel se inunda de cientos de velas, envuelto en una iluminación dramática. Una imagen inolvidable en este pliegue perdido del desierto.