Barcos, por Javier Reverte

No tengo nada contra los cruceros, pero no soporto ver un barco gigantesco asomando en la boca de un canal veneciano.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Amo Italia y amo Venecia, como cualquiera que esté en su sano juicio. Sobre todo por sentimientos estéticos, que son tan nobles como los éticos, según sabían bien los clásicos. Decía John Keats, el poeta romántico inglés, amigo de Shelley y de Byron, que murió en Roma de tuberculosis y allí permanece enterrado en el recoleto cementerio acatólico: "La belleza es verdad y la verdad es belleza: eso es todo lo que necesitas saber en la Tierra". Eso es Italia, un país en donde la belleza se hace norma suprema del vivir y en donde, incluso, la mentira llega a hacerse verdadera.

Por eso no soporto esa fotografía que he visto, durante el verano, en varios periódicos, en la que aparece un ciclópeo moderno crucero asomado a uno de los antiguos canales venecianos. Es el triunfo de la horterada sobre la delicadeza, la victoria de lo vulgar frente a lo sutil. O sea: la negación en Italia y de todo lo italiano. El fin de la estética, en suma. A partir de ahora, vista esa foto, la belleza no será verdad, ni la verdad será bella.

No tengo nada contra los cruceros ni los cruceristas, ¡Dios y el Diablo me libren! Son una manera estupenda de disfrutar las vacaciones, aunque se vuelva casi siempre con varios kilos de más y el viaje sea una extraña manera de dar vueltas como una peonza sobre olas marinas. Los niños tienen mil juegos en los que entretenerse, mientras los padres se tuestan en la piscina. ¡Y no existen en las cubiertas esas horrorosas playas de arena en las que los niños, al correr, te ponen perdido! La ducha está a pie de obra y el camarote, a un paso, como quien dice, para poder echarte la siesta reparadora. Tienen otra ventaja los cruceros de verano para los adultos hartos de niños: que los puedes tirar al agua, si se ponen pesados, con la seguridad de que el capitán parará las máquinas y los monitores los rescatarán con vida. Y a partir de ese momento se volverán niños educados. O sea: los cruceros tienen enormes ventajas educativas y yo no puedo salvo estar a favor.

Pero una cosa es la utilidad y otra la belleza. Me vuelve a la memoria ese crucero gigantesco asomando en la boca de un canal veneciano y siento grima. Esa sí que es la verdadera Muerte en Venecia y no la de Thomas Mann y Luccino Visconti. ¡Pobre Aschenbach, pobre Tadzio!

Los cruceros son, seguramente, los barcos más horrorosos que ha creado la ingeniería naval. Parecen edificios de la banlieu parisina echados sobre el mar, aunque sus interiores sean lujosos. No son largos ni afilados como las elegantes barracudas, sino apelmazados y gordos como sapos de canalón. La estética del mar se ha visto destrozada por los cruceros y los barcos de contenedores: verlos en las abiertas aguas de los océanos es como toparse con un camión cargado de cemento en los bosques libres de Alaska. ¡Ay, aquellos balandros y aquellos clippers! Si me apuran, ¡qué bello era el desdichado Titanic, comparado con uno de estos mastodontes llenos de criaturas que no hacen sino comer, beber, ir a la piscina y, a veces, tirar niños por la borda que luego rescatan los monitores!

Y el caso es que el asunto podría tener un sencillo arreglo. Bastaría con que no entrasen en los canales de Venecia, en el puerto principal de Barcelona, en la bahía de Cádiz y en tantos otros sitios hermosos. Que les hagan estaciones especiales, como a los AVE, y todos estaremos tan contentos de sentir la belleza respetada.

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