Bangkok, el eterno verano, por Luis Pancorbo

El templete de Erawan, ese centro ideal e imposible de Bangkok, está devorado por los rascacielos y un tráfico espeluznante.

Luis Pancorbo

angkok es como una explosión de amebas que se van desagregando y reformando, de manera que si faltas de allí un par de años no reconocerás casi nada. Antaño el templete de Erawan suponía, al menos para uno, esa especie de centro ideal, imposible, de Bangkok. Ahora esa plazoleta con una pequeña estatua del dios Phra Prom, la versión tailandesa del hinduista Brahma, se ve devorada por los rascacielos, los centros comerciales y un tráfico espeluznante. Cada año que pasa me parece más pequeño el dios del lugar, ése que no se inmuta con cuatro caras de metal dorado. Pero a la gente de Bangkok le da igual el tamaño del dios y los alrededores. Phra Prom tiene poder para hacer realidad los deseos. No hay más que ver su poder de convocatoria cuando hay sorteo de lotería. Para apoyar la petición personal se alquilan las bailarinas del templete, ocho si se tiene dinero, dos si no alcanza el presupuesto. Son mujeres maquilladas, con lujosos trajes y gorros puntiagudos como los chedis que rematan los templos thais. Bailan en torno a Phra Prom con unos movimientos insinuantes, aunque la música apenas se oye entre los escapes de las motos y las toses de los autobuses. Lo importante, dicen en Erawan, es hacer un acto que acarree buenas consecuencias para el karma. También vale poner guirnaldas al dios, quemar incienso o liberar pájaros de una jaula tras comprar previamente su libertad.

La primera vez que fui a Erawan fue en 1973 al regreso de un Vietnam aún en guerra. La penúltima vez fue anteayer, pero ya ese sitio no me da la idea de calma ni la idea de centro de Bangkok. Para eso es mejor quedarse en la terraza del Oriental, hotel donde dicen que paró Joseph Conrad. Sería más sensato poner un cartel de "Conrad nunca estuvo aquí", como ya han hecho en muchos sitios con Hemingway. Aparte de eso, la terraza del Oriental es una joya. Crees que sopla algo de viento mientras pasan las gabarras por el agua de chocolate del río Chao Prahya. Salvando las distancias, es como la terraza del Hotel Gritti de Venecia, aunque en Bangkok no va bien degustar un prosecco sino un vaso de té helado, con algo de limón y hojas de hierbabuena. Si todavía te queda apetito con los calores, no molesta un sándwich de rúcula y langosta. Y un poco de pan con semillas de ajonjolí.

No queda lejos el barrio Shilom, donde empiezo a reconocer un par de calles tras décadas de pasar por ellas. Todo el comercio de una acera se concentra en piedras preciosas y semipreciosas. Y las tiendas luego se especializan, por ejemplo, en turquesas y sus imitaciones, o en corales y sus sustitutos. Las de más allá tienen todo en bisutería fina, y tibetana, kilos de piedrecillas y arrobas de pedruscos de colores, botones, gemas reales y de pega que vienen de Tíbet y Nepal. A lo mejor en alguna buena joyería te venden el zafiro genial, o un rubí sangre de pichón como los que tenían los rajás.

Bangkok no se resume con facilidad, sus templos y budas, sus sedas y lujurias, y su buena gente que come un tazón de algo para meterse jornadas laborales que van de sol a sol. Si uno se empeña en llevarse a casa una imagen comprensiva de Bangkok siempre puede acercarse al Wat Phra Keo, el Templo del Buda Esmeralda, la gran estrella del Palacio Real. Con suerte se divisará entre las nucas del gentío la pequeña estatua del Buda Esmeralda, que en realidad es de jade, sobre un altar dorado de 11 metros. Aún más difícil resulta observar las bolas de cristal que simbolizan el sol y la luna y que han puesto al lado del Buda. Tres veces al año, en el comienzo de las tres estaciones básicas del país, el rey de Tailandia cambia la ropa al Buda Esmeralda: una túnica de diamantes para la estación caliente, una túnica dorada y azul para la estación de las lluvias y otra ropa esmaltada en oro para la estación fría, si es que hay algo así en la capital tailandesa, que uno nunca lo ha visto.

Tampoco había visto un calentamiento global tan persistente como el que tenemos montado, con sus vaivenes, pero que no ocultan un pernicioso acabamiento de las estaciones. Por eso cada vez que se descubre un matiz vivo en el mundo hay que celebrarlo, no sólo las solemnes hogueras del solsticio.