Bangkok, el alma escondida de Asia, por Carlos Carnicero

Para entender lo que sucede en Bangkok hay que abstenerse de prejuicios y detenerse en los detalles.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

Bangkok está escondida en un laberinto tridimensional. Delimitada por un cielo contaminado y espeso, de puro smog; por las autopistas que cruzan encima de la ciudad, saturadas de vehículos atascados en pisos sucesivos, y por la sempiterna sonrisa de sus moradores, que irradian ternura y amabilidad por muy trágica que pueda ser su existencia. La ciudad establece un juego endemoniado para garantizar que los visitantes que superen las primeras trampas puedan cruzar la única puerta de Asia donde los elegidos quedan atrapados para siempre.

Para los europeos la trampa es el consumo. Muchos enloquecen en los mercados que se expanden por la ciudad, sumergidos en la ensoñación de sorprender a un comerciante tailandés: regatear es el deporte nacional y ellos disfrutan haciendo creer que han sido engañados por el turista. Nunca pierden.

Las cosas rara vez son como parecen. Para empezar, no es tan fácil diferir en la encubierta disparidad de los rostros asiáticos. El físico no es determinante en una ciudad compleja, llena de visitantes con rostros aparentemente similares. Los japoneses, sobre todo ellas, son delicados y sutiles; sus comportamientos son elegantes. Silenciosos, podría decirse que inmateriales y tenues. Los chinos actúan como conquistadores, sin dar las gracias por lo que pueden obtener por su dinero líquido. Los europeos son excepción en este universo en donde los recuerdos de colonización se han disipado; actúan con el recelo que convocan culpas ancestrales: Asia ha tomado el mando y ahora se expande; acabará colonizando a los colonizadores, si no lo está haciendo ya.

El lujo desborda su lugar. El hotel Mandarín Oriental permite disfrutar de las atmósferas descritas por W. Somerset Maugham en sus novelas orientales. Una evocación de Asia que ya no existe más que en guetos de lujo. Sus sofisticados centros comerciales, como Siam Paragon, pueden echar un pulso a los de Nueva York, Londres y París. Los mercados flotantes permiten la ensoñación de un modo de vida amenazado. La calle Kao Shan es el pequeño universo de los europeos que están huidos de sus realidades, apenas sin dinero, buscando una identidad que no podrán encontrar más que en la escapada permanente. Entre el escondite de quienes buscan sexo barato o experiencias genuinas y la cima de la pirámide del consumo, la ciudad está estratificada. La originaria, alrededor de sus canales y del río Chao Phraya. Sus monumentos, templos y palacios entusiasman a quienes practican safaris fotográficos de culturas ancestrales. La nueva ciudad se erige en rascacielos impúdicos construidos en torno a las orillas del río.

Para entender algo de lo que aquí sucede hay que reposar la llegada. Abstenerse de prejuicios, convocados sobre todo por el caos de la ciudad. Enfocar con gran angular para usar después los teleobjetivos del detalle. La mirada amplia es desconcertante; si no fuera porque los coches circulan por la izquierda -como consecuencia fútil de que las primeras compras de vehículos, al final del XIX, fueron británicas, con el volante a la derecha-, podría pensarse que este caos es simétrico al de México DF, Panamá o cualquier ciudad eclosionada desde la diáspora del mundo rural. Pero debajo de las autopistas elevadas se esconden realidades invisibles desde fuera. Encontrar los resquicios de autenticidad es atreverse a comer en los puestos de la calle, hacerse entender por quienes no conocen el inglés y armarse de paciencia en un universo sin prisas.

Bangkok dificulta la síntesis como ocurre con casi todas las emociones, carentes de sustrato racional. La única conclusión posible se deriva del estado de ánimo con el que se aborda el vuelo de regreso. Alivio o nostalgia prematura. Esas son las opciones. Por eso, esta puerta de Asia es tramposa y subrepticia. Si aparece la tentación de no regresar jamás, ni siquiera para cobrar una herencia, el viajero estará atrapado por la llamada de Asia. Entonces, en la primera conexión a Internet se manifestará esa persistente llamada del continente amarillo. Y la vuelta servirá, para los elegidos, en la búsqueda inmediata de vuelos de regreso para, atravesando la puerta enigmática de Asia, que es la ciudad de Bangkok, permanecer para siempre sumergido en una nueva vida, con la obsesión de encontrar lo que todavía es distinto y pretende perdurar. Si usted, viajero, reconoce estos síntomas, sepa que no existe vacuna para la llamada de Asia.