Ballenas y reeencuentros, por Mariano López

La ayuda internacional -escribe Buphendra, desde Katmandú- también se necesita para el turismo.

Mariano López

La península Valdés es un accidente con forma de punta de flecha que le nace a la costa argentina a medio camino entre la desembocadura del río de la Plata y el fin del mundo. Es una tierra dura, árida, un desierto salpicado por cantos rodados y arbustos espinosos, la pura imagen de la nada que fascinó a Darwin. También posee un tesoro: dos bahías que, por razones que algún día tendrán explicación pero de momento resultan misteriosas, atraen a las ballenas. Este año, los cetáceos han llegado en mayo, con tres meses de adelanto sobre la fecha por acostumbrada prevista. No se sabe el porqué. Pero se las ve felices, según me escribe mi amiga Marina, que ya las ha visto: "Tenés que venir, Mariano, es un espectáculo. Además, se ha botado un submarino amarillo, ¿no conocés?, con ventanas de vidrio y un hidrófono para escuchar cómo cantan". Chatwin creía que las ballenas se guiaban por la música y que eran capaces de atraer nuestro pensamiento, de atrapar a quienes las miraban en un estado de paz y admiración, cercano a la felicidad. Quizá su retorno constante, este año adelantado, a Península Valdés esté relacionado con la felicidad.

Retornar es un arte mayor en los viajes. No suele figurar en los catálogos, en la publicidad. No se pide Vuelva a República Dominicana o Repita este año también en Austria, pero es un hecho que gran parte de los viajeros vuelve, cada año, al mismo lugar donde fueron y continúan siendo razonablemente felices. El lugar no es, no puede ser, exactamente el mismo. Cambia, todos los años, como el viajero, y por la misma razón. "El tiempo -explicaba Borges- es un tigre que nos devora y nosotros somos ese tigre". Pero los cambios que acompañan al encuentro con un lugar conocido y querido no tienen por qué perjudicar la experiencia; al contrario: la enriquecen. "La vida -decía Vinicius de Moraes- es el arte del reencuentro".

Conforme voy sumando años, me gustan cada vez más los retornos, las relecturas, los reencuentros. En mi lista de deseos, de urgentes intenciones, se encuentran algunos libros hace años leídos y algunos destinos a los que diría, si se me permite, que necesito volver. El primero de todos, Nepal. Fui feliz en Nepal. Difícil no serlo, en una tierra de gente tan extraordinariamente amable, tan dispuesta a convertir a los visitantes en algo más que amigos, en familia. Han pasado más de quince años desde que visité Nepal, pero aún mantengo correspondencia con algunos amigos que conocí allí, junto al techo del mundo. Todos están bien, salvados por fortuna de los terremotos. Me escribe Bhupendra, desde Katmandú, para confirmarlo, y para explicar cómo se encuentran, él y sus vecinos, poco antes de que lleguen los monzones. Su carta comienza con namasté, el saludo típico de Nepal. Sirve como hola, adiós o bienvenido, aunque significa "te reverencio" o, mejor, "saludo a la luz de Dios que hay en ti". Es un precioso saludo, repetido por Bhupendra, que continúa: "La ayuda internacional está siendo muy importante, también se necesita para el turismo. Hay monumentos destruidos, pero la mayoría está en pie. Podemos enseñarles los monumentos antes del terremoto y cómo han quedado después. Cuando me acuerdo, me pongo a llorar. Pero así es nuestra historia, de momento. Puede mejorar. Espero que regrese el turismo a Nepal".

Llevo años queriendo volver a Nepal, pero quizá ahora sea un buen momento para adelantar el retorno. Como las ballenas que ya han llegado a Península Valdés: seguro que piensan que no es la mejor época, pero también saben que merece la pena el adelanto, que serán felizmente compensadas. Namasté, Nepal. Es un buen momento para el reencuentro. El primer destino de mi lista, el más importante.