Bajar a la mina, por Espido Freire

“La historia de la mina de Falun se encuentra entrelazada con leyendas de cabras y jóvenes atrapados en el tiempo ”

Espido Freire
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Foto: Raquel Marín

Cuando la visité no esperaba que la Gran Montaña de Cobre, en Falun, Suecia, me impresionara tanto. Esas minas de cobre nunca fueron pensadas para su explotación al aire libre, aunque podría pensarse que sí, porque ofrecen al curioso un enorme agujero cielo abierto: el día de San Juan de 1687 la mina colapsó. Vivía un momento de esplendor y los avances técnicos permitían que la mina se horadara exhaustivamente. La explotación que se había llevado a cabo desde 700 años antes (hogueras controladas para que la roca se quebrara y los mineros la picaran luego para separar el mineral) no bastaba. Como resultado, los túneles no soportaron más el apuntalamiento y se vinieron abajo.

No es de buena educación entrar en la cueva sin saludar a la cabra

La historia de la mina de Falun se encuentra entrelazada con leyendas. Se descubrió por una cabra. Una Dama, la Gruvfrun, cuida del lugar. Exige algunas normas básicas en sus dominios: los mineros no pueden jurar, no pueden tampoco silbar. No es de buena educación entrar en la cueva sin saludarla. Si está satisfecha, las vetas aparecen con facilidad, los mineros pican sin problemas y los ayudantes andan ágiles. Pero si la desafían, el horror aguarda en ese agujero negro de 300 metros de profundidad. La Gruvfrun de Falun resulta más enigmática de lo que podría parecer: permitió aquel terrible derrumbe, pero en un día del año de descanso total, mientras los mineros celebraban el Midsommer. Y el desprendimiento permitió que se pudiera acceder a zonas de explotación que en aquellos momentos resultaban recónditas. ¿Estaba satisfecha o furiosa?

Más o menos por esa época ocurrió otro episodio ambiguo. Mientras accedían a nuevas galerías, apareció el cadáver de un joven sumergido en agua. Aquello no resultaba inusual: más de 800 personas permanecen sepultadas en la Gran Montaña. Corría el año 1719, y nadie reconoció a aquel muchacho, que salvo por sus piernas amputadas parecía dormido, petrificado. El cuerpo se expuso, y la ciudad primero y luego la región desfiló ante él, hasta que una mujer, Margaret Olsdotter, lo reconoció como su prometido. Se lo había tragado la mina 42 años antes, antes incluso del gran colapso de la mina.

Se escribieron dramas sobre el joven minero atrapado en el tiempo

Mats Israelsson recuperó su nombre y se convirtió en una atracción: el famoso naturalista Carl Linneo acudió a inspeccionarlo, y anunció que lo que lo mantenía eternamente joven, el vitriolo, el sulfato de cobre, poco a poco se disiparía y perdería su capacidad conservante. Aún así, Fet-Mats continuó expuesto, enterrado, desenterrado  y convertido en una atracción local, hasta que descansó en el cementerio local en 1930. ¿Era amado por la Gruvfrun o, por el contrario, atrajo su maldición? Esa historia atrajo a autores románticos como E. T. A. Hoffmann o Heinrich von Schubert, que escribieron dramas sobre el minero atrapado en el tiempo. Wagner le dedicó un libreto, y las minas se convirtieron en una atracción turística popular. Grabados del siglo XVIII y XIX muestran a gráciles damas con sombrillas en el mirador que ahora pisamos los visitantes. Abajo, un corazón gigantesco y palpitante de mineral se pierde entre las rocas.