Bacalar por Luis Pancorbo

El lago Bacalar, en la frontera entre México y Belice, parece el Caribe y lo llaman "el lago de los siete colores".

Luis Pancorbo

Desde las almenas del fuerte San Felipe, el lago Bacalar parece el Caribe. Un mar sin pelícanos ni olas, aunque no veas el final y todo se funde en verde. O en azul, o en gris, o en turquesa. Lo llaman el lago de los siete colores por su prodigioso calidoscopio. Bacalar al alba juega a ser un lago finlandés, y al atardecer se convierte en un lago dorado como los de Uganda. Entre tanto, el lago yucateco, un camaleón de agua en la frontera entre México y Belice, recorre los matices de siete o más colores, sin que le falten cascadas y manglares. Por tener, tiene más mosquitos que peces, y a su vera se abre el Cenote Azul.

Los cenotes, pozas de agua dulce, a veces ríos subterráneos, eran sagrados para los mayas dentro de un pensamiento que hace divino a todo lo bueno, el maíz, el chocolate y, cómo no, la lluvia (un dios como Chaac). Si es por eso, pueden ser diosas las flores rojas de los flamboyanes que alfombran Bacalar, un pueblo donde la gente, poca, pausada, y tan real como en las Mañanitas de México, de D.H. Lawrence, suda con felicidad porque no hay mucho más que hacer. De pronto ves que por allí van caminando unos menonitas con sus trajes anacrónicos, como si este fuese un buen rincón del mundo para alejarse de él. A veces dejan sus granjas, y sus caballos, y se atreven a acercarse al pueblo a vender quesos y a comprar alguna cosa con tal de que no sea demasiado moderna.

En el 435 de nuestra era llegaron a Bacalar (en maya Bakhalal, que significa "lugar de los carrizos") los itzáes, rama de los putunes, o mayas chontales, originarios de la confluencia de los ríos Usumacinta y Grijalva, al sur del Estado de Tabasco. Más tarde se instalaron los mayas del cacique de Uaymil. Cuando llegó Alonso Dávila, capitán de Francisco Montejo, había dieciséis cacicazgos en la zona. Dávila hace un primer asentamiento en la Villa Real, cerca de Chetumal, pero pronto se va al traste por la resistencia de los indígenas, y hasta 1544 no se funda la flamante Salamanca de Bacalar, la de los flamboyanes y el lago de los setenta veces siete colores.

Desde ahí los españoles repelieron los ataques de los indios, y de los piratas ingleses, ávidos de palo de tinte. Era un árbol que valía como oro en la Europa del XVIII para teñir telas desde el azul oscuro al negro. Bacalar defendía el palo de tinte, la caoba y todo lo demás ante la amenaza de invasión desde la Honduras británica, o Belice, nombre que viene de la corrupción del apellido del corsario escocés Peter Wallace, que se estableció al sur de Río Hondo. Por eso en 1733 el mariscal Antonio de Figueroa, capitán general de Yucatán, trajo colonos de las Canarias a Bacalar y mandó levantar un fuerte potente, el de San Felipe.

Llegada la independencia de México, Yucatán seguía siendo un territorio demasiado lejano. En 1859 los mayas rebeldes se apoderaron del fuerte de Bacalar. Fue un hito en su proyecto de crear un juan o chaan, un Estado maya independiente en Yucatán. Desde Bacalar los mayas controlaban Chetumal, la última población mexicana, y el río Hondo que forma la frontera con El Corozal, la primera villa beliceña. De ahí les venía el apoyo inglés, balas y rifles. A los ingleses no les habría importado tener un Estado maya independiente al otro lado del río Hondo.

En el centro de Bacalar se alza el fuerte de San Felipe, bien restaurado y convertido en museo. Sus cañones oxidados sirven para que los pájaros hagan nidos en sus bocas. Dentro han puesto un mural impresionante, donde un indígena maya muere de forma no muy distinta a la de los fusilados de Goya. También exhiben artefactos prehispánicos, metates de piedra cristalina para moler maíz o un ave fálica de barro que hace volar la imaginación. Un viaje muy largo, hacia cuando los mayas se bastaban solos en su bella Yucatán.