Aventuras espaciales, por Mariano López

En los próximos veinte años el turismo espacial representará una proporción sustancial de la industria de los viajes. Donde quiera que haya algo extraño, algo bello o algo nuevo, la gente querrá verlo.

Mariano López

El turismo espacial invita a soñar a un número creciente de posibles viajeros estelares y -también- de empresarios. Eric Anderson, presidente de Space Adventures, la empresa que pondrá este mes en órbita al quinto turista espacial, está convencido de que en los próximos veinte o veinticinco años el turismo espacial representará una proporción sustancial de la industria global de los viajes. Y nadie le quita la razón: el programa de la BBC Tomorrow''s World ha pronosticado que antes del 2050 más de un millón de personas por año elegirán pasar sus vacaciones fuera de la órbita terrestre y la agencia espacial japonesa calcula que el 80 por ciento de los ejecutivos nipones estarían dispuestos a gastarse la cuarta parte de sus ingresos en un viaje más allá de la atmósfera.

"Donde quiera que haya algo extraño, algo bello o algo nuevo, la gente querrá verlo", escribió Arthur C. Clarke, el autor de 2001: una odisea en el espacio. Existe un mercado, nadie lo duda. Pero lo que no hay -casi- es industria. De momento, sólo hay una nave, un aeródromo y un alojamiento espacial. Todo construido por la antigua Unión Soviética. El primer turista espacial, Dennis Tito, salió del aeródromo de Baikonur, en Kazajstán, el mismo lugar del que partieron el primer satélite, el Sputnik, y el primer astronauta, Yuri Gagarin. El aeródromo está en el centro de un área desértica, con temperaturas de 40 grados bajo cero en invierno y 45 sobre cero en verano. El hotel más lujoso que tiene cerca es de cuatro estrellas. Éstas no son las mejores condiciones para atraer turistas millonarios. Cabe suponer que el propietario de Virgin Galactic, Richard Branson, no quiere que los clientes de sus primeros viajeros orbitales y suborbitales, entre los que estarían Brad Pitt, Angelina Jolie, Sigourney Weaver -¿irá vestida de teniente Ripley?-, Robbie Williams y Paris Hilton, se alojen, siquiera por una noche, en un hotel de cuatro estrellas en mitad de la estepa. Virgin Galactic desea crear su aeródromo privado en Nuevo México, Estados Unidos, y es posible que tenga su principal competencia, promovida por Space Adventures, en un futuro puerto espacial de los Emiratos Árabes Unidos. También los rusos desean alejarse de Baikonur, por cuyo alquiler pagan a Kazajstán 100 millones de euros al año. El contrato está firmado hasta el 2050, pero Rusia quiere trasladar cuanto antes las instalaciones de Baikonur a Plésetsk, al norte de Moscú.

Los nuevos aeródromos deberían permitir el lanzamiento de cinco mil turistas espaciales por año, la mayoría en vuelos suborbitales. Los pasajeros de estos vuelos verían la oscuridad espacial y podrían experimentar la ausencia de gravedad durante cinco o diez minutos. Luego la nave aterrizaría como un avión ordinario. El precio de esta aventura estaría ahora en unos 80.000 euros. Según los cálculos de Virgin, dentro de diez años esos vuelos costarán menos de 12.000 euros.

Los vuelos orbitales y suborbitales serían una parte del folleto turístico de las empresas mayoristas del turismo espacial, cuya franja más exclusiva estaría ocupada por las propuestas para dar un paseo espacial o ver la cara oculta de la Luna. Entre los viajes más accesibles se cree que destacarían los vuelos acondicionados para experimentar la ausencia de gravedad. La levedad es una obsesión actual de muchas campañas publicitarias. Una noche o, al menos, unas horas sin gravedad sería la experiencia central que propondrían a las parejas más atrevidas los futuros hoteles espaciales. En el último extremo de la oferta estarían las empresas que ya han empezado a vender el definitivo viaje al cielo: urnas funerarias con cenizas que se lanzarían al espacio para situarse en órbita o viajar indefinidamente entre las estrellas. Las primeras cenizas que han cruzado la atmósfera han sido las de Gene Roddenberry, creador de la serie Star Trek.

Pedro Duque es el único español que ha vivido a bordo de una estación espacial. Tuve el privilegio de charlar con él durante la reciente entrega de los premios de la Sociedad Geográfica Española. Pedro Duque no cree, como Dennis Tito, que el paraíso esté allí arriba; más bien sostiene que lo que llama la atención, en la órbita terrestre, es la belleza y la fragilidad de la Tierra, envuelta por la débil capa del aire que respiramos. Por eso anda ahora ocupado en desarrollar sistemas que midan desde un satélite el alcance y la evolución del cambio climático. Pedro Duque debería tener un monumento, varias calles con su nombre y una página web a la que pudiéramos dirigirle preguntas todos los que soñamos con viajar al espacio. Hay muchas cuestiones para un astronauta. El hombre sólo se ha adentrado en el espacio hasta la altura de los tobillos, decía Carl Sagan. Pero merece la pena el viaje. Ojalá que todas esas empresas turísticas espaciales espabilen y alcancemos a ver sorteos de viajes orbitales en las tapas de los yogures y escapadas a los anillos de Saturno en vuelos de bajo coste. Yo quiero ser turista espacial. Aunque tenga que ir hasta Alfa Centauro en manada, con una cinta atada a la muñeca y detrás de una banderita.