Aventuras africanas de Manuel Iradier

Inspirado por exploradores como Livingstone o Burton, el africanista español se aventuró en el continente africano cuando aún era un mapa repleto de misterios que las potencias europeas se estaban repartiendo.

Meritxell Álvarez Mongay

Un consejo de Stanley

Puede que sus exploraciones por África no sean comparables a las de sus homólogos británicos, pero hay que tener en cuenta que Manuel Iradier (Álava, 1864-Segovia, 1911) se fue a Guinea con solo 20 años, y que su inexistente equipo expedicionario, formado por la esposa y la cuñada que le acompañaban, no daba para grandes hazañas. En su primer viaje no contó con ninguna ayuda oficial; en otras cosas andaba el Gobierno de España, con guerras en ultramar y en casa, así que el joven se tuvo que financiar con 10.000 pesetas de su cartera. El proyecto inicial lo tenía claro desde los 14 años: atravesar el interior del continente -un mapa en blanco a finales del XIX- desde Ciudad del Cabo al Mediterráneo. Fue el propio Stanley quien le convenció de que esa ambiciosa idea era un error: el periodista que había encontrado al Dr. Livingstone en el Congo -supongo...- estaba en Vitoria cubriendo la tercera guerra carlista, y sabía que nadie sufragaría una aventura tan costosa a un muchacho sin experiencia. "¿Por qué no empieza usted por el Golfo de Guinea, frente a las posesiones de España?". Entre 1875 y 1876 recorrió el país del río Muni tomando datos antropológicos, geográficos, botánicos... en su diario. Contrajo las mismas fiebres que mataron a su hija y algunos caníbales casi acaban con su vida -por suerte, el hombre blanco no era un manjar apreciado, demasiado amargo...-; aun así, en 1884 regresó a África con algo más de apoyo institucional, en una misión colonial que consiguió para España 14.000 km² de territorio. En esta porción del pastel -irrisoria, le reprocharon- quedó el sueño africano del último explorador romántico español.

Las exploraciones de Manuel Iradier fueron decisivas para la presencia española en el África subsahariana. Fue el alavés quien, con una orden oficial de ocupación, consiguió para España un territorio equivalente al doble de su País Vasco, negociando la cesión de soberanía con un centenar de jefes indígenas. Es lo que pudo hacer con 27.000 pesetas de presupuesto en los cinco meses que estuvo recorriendo la cuenca del río Muni, hasta que, atacado de nuevo por las fiebres, regresó gravemente enfermo a la Península. El texto que se reproduce a continuación está extraído de la entrada del 13 noviembre de 1884 de su diario "África".

"Las selvas africanas son la desesperación del viajero"

La noche avanza con rapidez; es preciso que salte a tierra y me albergue en una choza. Veo dos pueblos, llamados Munuñu-muañongo. Los negros salen a la ribera y agitan sus brazos. A lo lejos puedo distinguir sus delantales de hojas amarillas. Al doblar la punta Botika aparece otra aldea. Es Combo. En ella pienso hacer noche. Mando recoger los fusiles y hago tres descargas. Es el saludo que doy al rey; pronto me contestará. Llego a la orilla; una porción de curiosos me contempla. Antes de llegar al pueblo, para subir al cual hay un sendero pendiente, tortuoso y resbaladizo, veo venir cuatro hombres armados de carabinas; se colocan a mi lado y de frente, con el aplomo de viejos militares; sin mover apenas una ceja, hacen tres descargas, durante las cuales nadie se ha movido de su puesto ni ha hablado una palabra. El rey vico me recibe como amigo, porque contesta a mi saludo. Aún no se ha disipado el humo de los últimos tiros cuando toda esta gente se ha puesto en movimiento, gritando desaforadamente al pronunciar los nombres de mis criados, a quienes conocen. Comienza la ascensión: tras de mí sube empujada por cinco hombres una pipa de ron de cien litros, que destino al cambio de gomas. En el bote queda uno de mis sirvientes guardando las otras mercancías. La aldea de Combo tiene ocho chozas bajas, toscas y sucias; forman toda una calle y yo ocupo una de las últimas. Me entretengo en enseñar a los circunstantes algunos juegos de manos. Al principio se muestran sorprendidos, pero luego los miran con indiferencia. Poco tiempo después me obsequian con una gallina y un trozo de yuca. Correspondo con una cabeza de tabaco y dos pipas. Retiro al centinela del bote y mando subir el resto del equipaje para colocarlo en mi choza. La lluvia que cae en este momento es torrencial (...).

Los vicos forman una tribu extendida por la orilla izquierda del río Muni, desde su desembocadura hasta la confluencia del Utamboni. Se extienden también por el interior y forman los pueblos ribereños de la parte meridional de la bahía de Corisco hasta la punta Madekele, inmediata a la boca del Munda. Algunos descontentos de esta tribu han fundado pueblos en Yeke, orilla derecha del Muni, y en el punto donde confluye con el mar. La capital del país es Ulombe, situada en la parte culminante de punta Botika y en la que reside el rey Gaandu, viejo desdentado y perverso, capaz de mandar cortar la cabeza al que le diga que ya vivirá pocos años, a causa de su edad. A pesar del poder absoluto del rey, el gobierno es patriarcal, y si una familia no cree conveniente obedecer las órdenes del soberano de Ulombe, sale del territorio y se establece fuera de los dominios vicos, obrando independientemente. Forman pueblos pequeños, aunque agrupados. Son del mismo origen que los vengas, y su idioma apenas se diferencia del que hablan los naturales de Corisco. La religión es la misma que la de aquellos y no hay choza de la que no pendan multitud de fetiches. La agricultura se reduce al cultivo de plátanos y yucas; la industria, a la extracción de aceite de palma, de la goma elástica, y a la construcción de canoas y chozas. El comercio es poco activo; cambian los productos de su industria por artículos europeos. Son fuertes y desarrollados; usan delantales de hojas y brazaletes de piel de mono; se dejan en la parte anterior de la cabeza un mechón de pelo, que peinan con cuidado.

En los bosques del interior, donde abundan mucho los elefantes, tienen que valerse de medios ingeniosos para proteger sus plantaciones. Generalmente colocan una valla de bejuco, de la cual penden varios caracoles vacíos. El viento los tiene en continua oscilación, chocan entre sí y el ruido producido, extraño a los animales de la selva, es suficiente para impedir que se acerquen. Otras veces colocan un centinela, que está dando voces y pegando en un palo con otro. El país es húmedo, pantanoso y malsano, especialmente en las riberas del Ugobo.

Estas son las noticias que puedo adquirir de mis acompañantes, a quienes despacho sin ceremonia, porque necesito descanso. Sigue lloviendo sin cesar. El prolongado ruido del agua al chocar con las paredes de la choza que me alberga hace que quede dormido en poco tiempo. A medianoche cayó el mosquitero; los mosquitos me acribillaron; al amanecer tengo el pescuezo, la cara y las manos hinchadas. Me restrego con zumo de limón y me alivio momentáneamente. La picadura que producen estos insectos es tan molesta que sobrevienen fiebres, vómitos y hasta mareos.

Aún no ha empezado el crepúsculo matutino y estoy en pie; son las cinco de la mañana. El trueno se oye por Oriente; sigue lloviendo. Determino visitar al rey Gaandu antes de partir para el Bañe. Estoy seguro de captarme las simpatías de este reyezuelo descalzo, y bueno es dejar amigos por donde uno tiene que volver. Rodeado de mi gente, acompañado de algunos vicos de Combo, vestido con mi mejor americana azul y con el pantalón más blanco, parto para la visita real (...).

Texto extraído del diario de Manuel Iradier "África". Viajes y trabajos de la Asociación Euskera la Exploradora.