Australia: sueños y expolios, por Luis Pancorbo

Hace medio siglo que no se veía en Londres una exposición tan completa de tema aborigen como "Australia Indígena".

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

Emociona ver el escudo Gweagal en madera de eucalipto, y no tanto porque mida metro y medio, sino porque los aborígenes australianos lo usaron en su primer choque contra los blancos. Fue en Botany Bay, en 1770, cuando los hombres de Cook repelieron al clan Gweagal (Fuego). Ese escudo, que acabó en Londres, tiene un agujero de una bala de mosquete. Se supone que su portador aborigen también fue traspasado por el plomo de Su Majestad. Se trata de una pieza vinculada con certeza a Cook, pero son muchas las obras de arte en Australia Indígena, soportando la civilización, una exposición que suscita interés y controversia. Está en el British Museum hasta agosto y en noviembre pasará a Camberra, donde algunos sospechan que las piezas sean reclamadas por los aborígenes. Es decir, se teme que alguien pueda hacer un bumerán cultural de largo alcance. En Londres son conscientes de la polémica. Primero se devuelve el escudo que cogió Cook y se acaba teniendo que reintegrar a Grecia los mármoles del Partenón. Y otros museos occidentales también recelan lo suyo: cuántos tesoros perderían si se popularizara la idea de la devolución. Ahí es nada, cobrarse la injusticia histórica. Quizá para eso habría que hacer un Museo Universal, si no dar marcha atrás a la máquina del tiempo.

Pero Australia indígena... triunfa. Hace medio siglo que no se veía en Londres una exposición tan completa de tema aborigen. Ponen cuadros de corteza fundamentales, como los pintados por la tribu Dja Dja Wurrung. En1850, el granjero escocés John Hunter Kerr los vendió al British Museum. Uno muestra un barramundi, un pescado australiano que puede competir en carne blanca y suculenta con el besugo hispánico y el dorado polinesio. Otra pintura clave enseña una caza del canguro. Y sorprende la calidad de la talla de un emú. Pero los aborígenes australianos, más que obras de arte, lo que reclaman son los cráneos de sus antepasados. Se guardan en diversas instituciones británicas y uno de ellos es el de Jandamarra, un rebelde a quien un policía disparó el 1 de abril de 1897, lo decapitó y envió su cabeza a Londres. Como trofeo de la supremacía cristiana, blanca y naturalmente british, sobre todas las olas y los arroyos.

En materia de expolios, ¿qué país en Occidente está en condiciones de decir que él no ha sido? Australia aborigen... es un gozo para los ojos y da que pensar. No solo reúne obras de arte del tiempo del ensueño, sino otras tan actuales como Kungkarangkalpa (Siete hermanas). Es un acrílico que narra un songline, un trazo de la canción, como los que fue encontrando Chatwin en su viaje australiano. Unas mujeres modernas de Spinifex retoman, con puntos negros y líneas rojas, la historia de las siete hermanas que escaparon de su perseguidor Nyiru, una pitón, transformándose en estrellas que enseñan el camino.

Dentro de ese pasado nebuloso hay una realidad próxima. Los aborígenes spinifex y otros del Gran Desierto Victoria fueron evacuados en los años 50 y 60, cuando sus territorios fueron teatro de experimentos atómicos. Aunque la penúltima porfía no va por ahí. Es porque la exposición del Museo Británico esté patrocinada por la BP (British Petroleum). El dinero sirve también para cultura, pero a veces suscita aprensión quién es el mecenas. En el propio museo ha habido una sonora protesta del grupo ecologista BP or not BP, un nombre que da la vuelta al ser o no ser de Hamlet. Y esa es la cuestión, si somos o no somos, y no solo en los solsticios.

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